Textos extraídos del Misalito «Sobre tu Palabra» julio-agosto de 2023
20.º domingo del Tiempo Ordinario (C)
4.ª sem. salt.
PRIMERA LECTURA
Del libro del profeta Jeremías (Jr 38,4-6.8-10)
En aquellos días, los jefes dijeron al rey: «Hay que dar muerte a Jeremías, precisamente porque él desanima a los guerreros que quedan en esta ciudad y desanima a todo el pueblo diciéndoles palabras semejantes, pues este hombre no busca el bienestar del pueblo, sino su mal». El rey Sedecías respondió: «Ahí lo tienen, en sus manos; porque el rey no tiene poder contra ustedes». Entonces tomaron a Jeremías y lo arrojaron al aljibe de Malquías, hijo del rey, que se encontraba en el patio de la prisión. Bajaron a Jeremías con cuerdas. En el aljibe no había agua, sino barro, y así Jeremías se hundió en el barro. Ebedmélec salió del palacio real y dijo al rey: «Oh rey, mi señor, esos hombres han obrado mal haciendo lo que hicieron con el profeta Jeremías, arrojándolo al aljibe. Allí morirá de hambre, porque ya no hay pan en la ciudad». Entonces el rey dio esta orden a Ebedmélec, el etíope: «Toma contigo tres hombres de aquí y saca al profeta Jeremías del aljibe antes de que muera». – Palabra de Dios.
Comentario a la primera lectura
Quien es alcanzado por la inquietud de amar a Dios escribe páginas de esperanza. Es el caso de Jeremías, profeta incomprendido y perseguido. Habla en nombre de Dios, pero encuentra acusaciones, resistencias y corazones endurecidos; el fracaso y la derrota parecen inminentes. Sin embargo, Dios vela por su profeta y lo salva providencialmente de una muerte segura: un esclavo extranjero, de espíritu recto y compasivo, se hace cargo de su suerte e intercede por su liberación. Ser coherente y hablar en nombre de Dios siempre genera enemistades y conflictos a nuestro alrededor. De ello dan testimonio los profetas, que con su vida ponen de manifiesto que a las personas no les gusta que les digan la verdad, sobre todo cuando resulta incómoda y pone de relieve las incoherencias en las que viven. Para ser profetas hoy en día no es necesario decir palabras extraordinarias. Ya vivir coherentemente los valores en los que se cree se convierte en una advertencia silenciosa. Así comienzan los conflictos y los intentos de silenciar estas voces auténticas. Pero no debemos dejarnos dominar por el temor: Dios llevará a cabo su obra y llegará, de todos modos, al corazón de muchos.
SEGUNDA LECTURA
De la carta a los Hebreos (Heb 12,1-4)
Hermanos, también nosotros, rodeados de tal nube de testigos, desprendiéndonos de todo peso y del pecado que nos asedia, corramos con perseverancia la carrera que tenemos por delante, manteniendo fija la mirada en Jesús, quien da origen a la fe y la lleva a su cumplimiento. Él, ante la alegría que se le proponía, soportó la cruz, despreciando la ignominia, y está sentado a la derecha del trono de Dios. Piensen atentamente en aquel que soportó contra sí una hostilidad tan grande por parte de los pecadores, para que no se cansen ni desfallezcan. Todavía no han resistido hasta la sangre en la lucha contra el pecado. – Palabra de Dios.
Comentario a la segunda lectura
Seguir a Jesús sin llevar la cruz es imposible. De ello está convencido quien hace del Evangelio su regla de vida. Instruido por los ejemplos de quienes han luchado por la fe, también él lucha sin tregua contra el pecado, adhiriéndose con plena confianza a Jesús crucificado y resucitado, de quien obtiene la fuerza para vencer las adversidades y avanzar con rapidez en la vida buena del Evangelio. Nuestra vida está llena de acontecimientos: algunos alegres e importantes, otros más cotidianos y monótonos, y otros dolorosos. Pero en esta riqueza de experiencias debemos tener siempre ante nosotros la meta; es decir, debemos apartar la mirada de lo que estamos viviendo y dirigirla a Cristo. Solo así podemos perseverar en la vida cristiana y obtener la verdadera victoria en la carrera. Por naturaleza, fijamos la mirada en otras cosas, no en Cristo. Para poder correr con perseverancia, debemos apartar los ojos de aquello que nos distrae de alcanzar la meta y fijar la mirada en Cristo. Solo fijando nuestros ojos en Jesucristo seremos capaces de afrontar cualquier prueba con paso decidido y firme.
EVANGELIO DEL DÍA
Del Evangelio según san Lucas (Lc 12,49-53)
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «He venido a arrojar fuego sobre la tierra, ¡y cuánto desearía que ya estuviera encendido! Tengo que recibir un bautismo, ¡y qué angustiado estoy hasta que se cumpla! ¿Piensan que he venido a traer paz a la tierra? No, les digo, sino división. De ahora en adelante, si en una familia hay cinco personas, estarán divididas tres contra dos y dos contra tres; se enfrentarán el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra». – Palabra del Señor.
Comentario al Evangelio del día
A menudo nos acercamos al Evangelio buscando únicamente un Dios consolador, un apoyo para nuestro anhelo de vivir tranquilamente y en paz. El Evangelio promete la gloria del cielo y la paz interior; sin embargo, el precio es la verdadera conversión a Cristo, la aceptación de la cruz como instrumento de salvación, la disponibilidad y la prontitud para afrontar las pruebas y las persecuciones. Jesús no vino a crear división y disputas en las familias, pero de su venida resultarán inevitablemente división y conflicto, porque pone a las personas ante una elección fundamental: o a favor de él o contra él. Ante la necesidad de decidirse, sabemos que el ser humano, creado libre, reacciona de maneras diversas y variadas. La palabra del Señor y su misma persona sacan a la luz lo que está más oculto en lo profundo del corazón humano. El Evangelio no es un libro de consolaciones. Es el anuncio de que somos amados por Dios desde la eternidad y de que él quiere salvarnos. Es una llamada a luchar contra el pecado, el mal y todo compromiso con ellos. La paz de Jesús es fruto de una elección y requiere la disposición a arriesgarse hasta dar la vida. Su mensaje es feliz, pero no fácil. Acogerlo es gracia y da paz.

