6.º domingo del Tiempo Ordinario (B)
Liturgia de las horas, 2.ª semana del salterio
Textos extraídos del Misal “Sobre tu Palabra” – enero-febrero de 2021.
Es el último domingo de esta primera parte del Tiempo Ordinario. El miércoles por la tarde, con la celebración de la imposición de las Cenizas, comenzará ya el tiempo de Cuaresma. El Evangelio de hoy nos habla de la curación de un leproso. Esto nos hace tomar conciencia de una curación aún más grandiosa que puede suceder en nosotros: la liberación del pecado y de la muerte, que se repite cada vez que nos confesamos, reconociendo nuestro mal y escuchando al sacerdote decirnos: «Yo te absuelvo de tus pecados», lo que equivale, en el plano espiritual, a: «Quiero, queda purificado». A veces, para confesarnos y obtener esta maravillosa curación del alma, debemos superar nuestra resistencia interior, la vergüenza, el desánimo y también el respeto humano ante una sociedad que trivializa el pecado. El leproso obtiene la curación porque tiene el valor de salir de la forma de pensar común e invocar del Señor la curación. ¿Y nosotros tenemos ese valor?
PRIMERA LECTURA
Del libro del Levítico (Lv 13,1-2.45-46)
El Señor habló a Moisés y a Aarón y les dijo: «Si alguien tiene en la piel del cuerpo un tumor, una pústula o una mancha blanca que haga sospechar una plaga de lepra, será llevado ante el sacerdote Aarón o ante alguno de los sacerdotes, sus hijos. El leproso afectado por llagas llevará las vestiduras rasgadas y la cabeza descubierta; se cubrirá hasta el labio superior e irá gritando: “¡Impuro! ¡Impuro!”. Será impuro mientras dure en él la enfermedad; como impuro, permanecerá solo y habitará fuera del campamento».
Comentario a la primera lectura
El Señor Dios habla a Moisés y a Aarón refiriéndose a la lepra, una enfermedad muy frecuente y extendida también entre el pueblo judío. En el contexto del Antiguo Testamento, el enfermo era llevado ante los sacerdotes, considerados testigos de su impureza moral. De hecho, según la mentalidad de la época, una enfermedad física y exterior era considerada, sin duda, signo de un pecado interior. No existía la medicina tal como la entendemos nosotros, sino que la única solución consistía en aislar a los enfermos, sobre todo a quienes manifestaban heridas contagiosas. En el Evangelio de hoy vemos cómo todo se invierte y finalmente se llega a la posibilidad de una auténtica curación. El leproso, objeto de la compasión de Jesús, es acogido e incluso -algo inconcebible en el Antiguo Testamento- tocado, para después poder escuchar la palabra eficaz del Señor. Profundizando más, descubrimos que no es sanado solo el hombre considerado contagioso, sino también toda la comunidad, llamada a acoger de nuevo y hacerse cargo del hermano. Dejémonos interpelar por esta lectura y preguntémonos si en el enfermo vemos solo una carga inútil o una persona a la que acoger, hacia la cual tener la misma compasión que Jesús.
SEGUNDA LECTURA
De la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (1 Cor 10,31 - 11,1)
Hermanos, ya coman, ya beban o hagan cualquier otra cosa, háganlo todo para la gloria de Dios. No sean motivo de escándalo ni para los judíos, ni para los griegos, ni para la Iglesia de Dios; así como yo me esfuerzo por agradar a todos en todo, sin buscar mi propio interés, sino el de muchos, para que alcancen la salvación. Sean imitadores míos, como yo lo soy de Cristo.
Comentario a la segunda lectura
«Háganlo todo para la gloria de Dios», así nos exhorta san Pablo. Toda vida, toda existencia tiene, por tanto, un objetivo bien determinado: la gloria de Dios. «Para la mayor gloria de Dios» es el lema de la Compañía de Jesús, la congregación fundada por san Ignacio de Loyola; los jesuitas, de hecho, suelen anteponer a sus obras precisamente las siglas A.M.D.G. (del latín “para la mayor gloria de Dios”). Esta intuición tiene un significado muy profundo: la actividad apostólica adquiere valor de fe cuando está dirigida a Dios. En el Antiguo Testamento, la “gloria” se expresa mediante una palabra cuyo significado está muy relacionado con el de “peso”: en concreto, puede significar relevancia social, riqueza, fuerza y poder, belleza, esplendor y magnificencia. En realidad, el significado auténtico de la gloria, en toda la Biblia, señala la naturaleza propia de Dios. La expresión sobre la que estamos meditando nos ayuda, por tanto, a volver a la admiración por todas las obras realizadas por el Padre en nuestra vida y a la adoración de Aquel que es fuente de toda bondad. Buscar y dar testimonio de la gloria de Dios es, entonces, una actitud fecunda que puede guiar toda nuestra vida.
EVANGELIO DEL DÍA
Del Evangelio según san Marcos (Mc 1,40-45)
En aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso, que le suplicaba de rodillas y le decía: «Si quieres, puedes purificarme». Él se compadeció, extendió la mano, lo tocó y le dijo: «Quiero, queda purificado». Y enseguida la lepra desapareció de él y quedó purificado. Advirtiéndole severamente, lo despidió enseguida y le dijo: «Mira, no digas nada a nadie; pero ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que Moisés prescribió, como testimonio para ellos». Pero él se alejó y comenzó a proclamar y difundir el hecho, de modo que Jesús ya no podía entrar públicamente en una ciudad, sino que permanecía fuera, en lugares desiertos; y acudían a él de todas partes.
Comentario al Evangelio del día
«Si quieres, puedes purificarme», le dice el leproso a Jesús. Estas palabras pueden considerarse una hermosa y eficaz oración de súplica e invocación por parte del hombre enfermo no solo en el cuerpo, sino sobre todo en el corazón y en el alma. El hombre, mediante la oración incesante, llega a tocar el corazón de Dios. Vemos, como en los peldaños de una escalera, que el amor de Dios desciende desde sus entrañas paternas y maternas: Jesús extiende la mano acercándose al enfermo, incluso lo toca y manifiesta la eficacia de su poder mediante la palabra: «Quiero, queda purificado». A veces nos preguntamos cuál es la voluntad de Dios para nosotros, pero permanecemos atrapados en el laberinto de nuestros pensamientos confusos. Si fuéramos más humildes, conscientes de nuestro pecado y de nuestras limitaciones, nos costaría mucho menos confiar en su voluntad. De hecho, en la frase dirigida al leproso, Jesús expresa su voluntad de purificación y salvación para todo hombre arrepentido. El que había sido leproso, como de un salto, en virtud de la Palabra recibida, no se presenta ante los sacerdotes que podrían haber certificado su curación, sino que, «enseguida», comienza a anunciar la Buena Noticia.

