Textos extraídos del Misalito «Sobre tu Palabra» enero-febrero de 2024
2.º domingo del Tiempo Ordinario (B)
2.ª sem. del salterio
PRIMERA LECTURA
Del primer libro de Samuel (1Sam 3,3b-10.19)
En aquellos días, Samuel dormía en el templo del Señor, donde se encontraba el arca de Dios. Entonces el Señor llamó: «¡Samuel!», y él respondió: «Aquí estoy»; luego corrió hacia Elí y le dijo: «¡Me has llamado, aquí estoy!». Él respondió: «No te he llamado, vuelve a dormir». Volvió y se puso a dormir. Pero el Señor llamó de nuevo: «¡Samuel!»; Samuel se levantó y corrió hacia Elí diciendo: «¡Me has llamado, aquí estoy!». Pero él respondió de nuevo: «No te he llamado, hijo mío, vuelve a dormir». En realidad, Samuel aún no conocía al Señor, ni se le había revelado todavía la palabra del Señor. El Señor volvió a llamar: «¡Samuel!» por tercera vez; este se levantó nuevamente y corrió hacia Elí diciendo: «¡Me has llamado, aquí estoy!». Entonces Elí comprendió que el Señor llamaba al joven. Elí dijo a Samuel: «Ve a dormir y, si te llama, dirás: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”». Samuel fue a dormir a su lugar. Vino el Señor, se detuvo junto a él y lo llamó como las otras veces: «¡Samuel, Samuel!». Samuel respondió enseguida: «Habla, que tu siervo escucha». Samuel creció y el Señor estaba con él, y no dejó que ninguna de sus palabras cayera en saco roto. - Palabra de Dios.
Comentario a la primera lectura
El Señor no se conforma con darnos leyes que debemos seguir para luego retirarse a los cielos y esperarnos después de la muerte para ver si hemos puesto en práctica esas leyes o no y calificarnos. No: en el Sinaí da la Ley y luego entra en relación con cada persona. Esto será más verdadero y evidente en el Nuevo Testamento, con Pentecostés, pero también en el Antiguo Testamento hay algunos a quienes Dios se dirige directamente para conferirles una misión especial. La vocación de Samuel tiene lugar por completo en la pronunciación del nombre. No nos parezca poca cosa. Dios exclama: «¡Samuel!» y espera. Dice el nombre, nos conoce. No somos hombres indistintos en la masa, porque Dios no ama a la humanidad genérica, sino a cada persona, haciéndola «capaz de Él». Un muchacho no se enamora del género femenino, sino de una muchacha concreta y precisa; quiere vivir por ella, hacerla feliz. Así es Dios: al decir nuestro nombre, es como si ya nos confiara una misión, la de ser amados y conocidos por Él y la de amarlo de nuevo con todo el corazón. Si estamos en Dios, el amor es nuestro destino.
SEGUNDA LECTURA
De la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (1Cor 6,13c-15a.17-20)
Hermanos, el cuerpo no es para la impureza, sino para el Señor, y el Señor es para el cuerpo. Dios, que resucitó al Señor, también nos resucitará con su poder. ¿No saben que sus cuerpos son miembros de Cristo? Quien se une al Señor forma con él un solo espíritu. ¡Aléjense de la impureza! Cualquier pecado que comete el hombre queda fuera de su cuerpo; pero quien se entrega a la impureza peca contra su propio cuerpo. ¿No saben que su cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en ustedes? Lo han recibido de Dios y ustedes no se pertenecen a sí mismos. Pues han sido comprados a un precio muy alto: ¡glorifiquen, por tanto, a Dios en su cuerpo! - Palabra de Dios.
Comentario a la segunda lectura
¿Qué es, en realidad, nuestro cuerpo? ¿Es el bien gracias al cual poseemos el mundo y las cosas, el medio y el instrumento con el que nos relacionamos con los demás? No, es mucho más. Es incluso el lugar y el templo de Dios. Si hemos recibido el Espíritu Santo, debemos creer que Dios ya no está aislado en lo alto de los cielos, ni mucho menos es una idea a la que adherirse o no, sino que es la presencia divina misma en nosotros: si somos uno con Cristo, también somos objeto del amor del Padre, continuo e irreversible. Estamos en la luz de la gracia, somos felices, buenos y generosos, porque participamos de las gracias divinas. Pero si desechamos esta grandeza entregando nuestro cuerpo a la impureza, nos arruinamos a nosotros mismos, porque profanamos la presencia divina de Dios en nosotros, que ya no lograremos percibir. Pero ¿cómo podremos vivir sin el Bien supremo? Y es hermoso saber que no nos pertenecemos a nosotros mismos, sino que hemos sido «comprados». Quien nos posee es Aquel que nos creó; quien nos compró es Aquel que murió de amor por nosotros. El cuerpo se convierte, por tanto, en instrumento de gracia cuando se conserva como templo santo del Señor.
EVANGELIO DEL DÍA
Del Evangelio según san Juan (Jn 1,35-42)
En aquel tiempo, Juan estaba con dos de sus discípulos y, fijando la mirada en Jesús que pasaba, dijo: «¡Este es el Cordero de Dios!». Y sus dos discípulos, al oírlo hablar así, siguieron a Jesús. Entonces Jesús se volvió y, al ver que lo seguían, les dijo: «¿Qué buscan?». Ellos le respondieron: «Rabí -que traducido significa Maestro-, ¿dónde vives?». Él les dijo: «Vengan y lo verán». Fueron, pues, y vieron dónde vivía y aquel día se quedaron con él; eran alrededor de las cuatro de la tarde. Uno de los dos que habían oído las palabras de Juan y lo habían seguido era Andrés, hermano de Simón Pedro. Él encontró primero a su hermano Simón y le dijo: «Hemos encontrado al Mesías» -que se traduce Cristo- y lo llevó a Jesús. Fijando la mirada en él, Jesús dijo: «Tú eres Simón, hijo de Juan; serás llamado Cefas» -que significa Pedro-. - Palabra del Señor.
Comentario al Evangelio del día
Hoy leemos en el Evangelio el primer encuentro de los dos primeros apóstoles con el Señor Jesús. Nadie lo conocía todavía. El Bautista lo señala: «¡Es él!», pero nadie se estremece, nadie se emociona. Esta revelación debería haber vaciado inmediatamente el discipulado del Bautista y haber llenado «el aula» de la escuela de Cristo. Pero no; solo dos se ponen en camino y ni siquiera ellos saben bien qué hacer o decir. Lo siguen y basta, tanto que Jesús se vuelve y les pregunta qué buscan, qué quieren. Por tanto, no nos sorprendamos si parecen pocos los que siguen al Señor. Con el tiempo, estos hombres, instruidos por la gracia divina y colmados de la amistad de Dios, convencerán al mundo. Todo depende, sin embargo, de ese tímido avance inicial, de la firme decisión de dejar al antiguo maestro, que ya ha cumplido su función, y acercarse al nuevo, que no es un simple maestro, sino el Salvador de todo mal. «Toda la nobleza del hombre consiste, desde hace veinte siglos -escribe Domenico Giuliotti-, en adquirir la libertad haciéndose esclavo del Señor Jesús». Hacerse esclavo significa, paradójicamente, adquirir la libertad. Extraño, pero es precisamente así: es la verdad, en efecto, la que nos hace libres.

