Textos extraídos del Misalito “Sobre tu Palabra” julio-agosto de 2024
15.º domingo del Tiempo Ordinario (B)
3.ª sem. salterio
PRIMERA LECTURA
Del libro del profeta Amós (Am 7,12-15)
En aquellos días, Amasías, [sacerdote de Betel,] dijo a Amós: «Vete, vidente, retírate a la tierra de Judá; allí comerás tu pan y allí podrás profetizar, pero en Betel no vuelvas a profetizar, porque este es el santuario del rey y el templo del reino». Amós respondió a Amasías y dijo: «Yo no era profeta ni hijo de profeta; era pastor y cultivaba sicómoros. El Señor me tomó, me llamó mientras seguía al rebaño. El Señor me dijo: Ve, profetiza a mi pueblo Israel». – Palabra de Dios.
Comentario a la primera lectura
Hay profetas solícitos en ofrecer palabras de aliento y esperanza cuando el pueblo de Dios está abatido por el dolor y las pruebas, desanimado porque no ve salidas, sin ninguna posibilidad de salir de situaciones dramáticas. No así Amós, a quien correspondió la difícil tarea de reprender a un pueblo incrédulo, con gobernantes orgullosos, seguros de sí mismos e indiferentes al mal que estaba a punto de abatirse con la llegada de los ejércitos enemigos y del terremoto. Una palabra dura, la del profeta, pero pronunciada siempre para suscitar el regreso a Dios. Es más, varias veces se presentará como intercesor ante el Señor, para que no lleguen las calamidades. Pero Amós no solo no es escuchado, sino que incluso es expulsado, para que no hable más ni vuelva a hacer oír la llamada de Dios, como «león que ruge». Incluso allí donde se honra a Dios, donde están los hombres del culto, se le impide hacer oír su voz. Por tanto, surge espontáneamente la pregunta: ¿qué utilidad puede tener el templo si no se quiere escuchar la auténtica palabra de Dios, transmitida con valentía por el profeta enviado?
SEGUNDA LECTURA
De la carta del apóstol san Pablo a los Efesios (Ef 1,3-14)
Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda bendición espiritual en los cielos. En él nos eligió antes de la creación del mundo para que fuéramos santos e intachables ante él por el amor, predestinándonos a ser para él hijos adoptivos por medio de Jesucristo, según el designio amoroso de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, con la que nos ha favorecido en el Amado. En él, por su sangre, tenemos la redención, el perdón de las faltas, según la riqueza de su gracia. Él la ha derramado abundantemente sobre nosotros con toda sabiduría e inteligencia, dándonos a conocer el misterio de su voluntad, conforme a la benevolencia que se había propuesto en él para la administración de la plenitud de los tiempos: recapitular en Cristo, única cabeza, todas las cosas, las del cielo y las de la tierra. En él también hemos sido constituidos herederos, predestinados -según el proyecto de aquel que lo realiza todo conforme a su voluntad- a ser alabanza de su gloria, nosotros, los que ya antes habíamos esperado en Cristo. En él también vosotros, después de haber escuchado la palabra de la verdad, el Evangelio de vuestra salvación, y haber creído en él, habéis recibido el sello del Espíritu Santo prometido, que es prenda de nuestra herencia, a la espera de la redención completa de aquellos que Dios ha adquirido para alabanza de su gloria. – Palabra de Dios.
Comentario a la segunda lectura
La elección de la Iglesia como nuevo pueblo de Dios no fue una improvisación divina, un producto contingente de la historia, sino que nace desde la eternidad como proyecto primordial, que ocupaba en la mente divina un lugar anterior y superior al mismo plan de la creación del mundo y que tiene como finalidad la reunificación de todas las cosas en Cristo, «única cabeza». La Iglesia es el espacio en el que los hombres se convierten en hijos adoptivos de Dios, adhiriéndose al Evangelio del único Hijo, Jesús, quien con su sangre purifica a los creyentes de las miserias del pecado que impiden la plena realización. Así, el hombre agraciado seguirá la voluntad de Dios libre y alegremente; purificado de toda mancha y consagrado con el sello del Espíritu Santo, comparado con la prenda de un contrato de compraventa, para que constituya la garantía del mundo futuro al que anuncia y ofrezca la seguridad de la herencia eterna, como anticipo que da certeza y esperanza. La Iglesia tiene la misión de proclamar este maravilloso designio de Dios, para que los creyentes puedan decir en voz alta: «Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo».
EVANGELIO DEL DÍA
Del Evangelio según Marcos (Mc 6,7-13)
En aquel tiempo, Jesús llamó a los Doce y comenzó a enviarlos de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus impuros. Y les ordenó que no llevaran nada para el camino, excepto un bastón: ni pan, ni mochila, ni dinero en la faja; que llevaran sandalias y que no vistieran dos túnicas. Y les decía: «Cuando entréis en una casa, quedaos en ella hasta que os marchéis de allí. Y si en algún lugar no os reciben ni os escuchan, al marcharos sacudíos el polvo de los pies, como testimonio contra ellos». Ellos salieron a predicar la conversión, expulsaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban. – Palabra del Señor.
Comentario al Evangelio del día
El pasaje evangélico se detiene en las indicaciones que Jesús dirige a los Doce antes de enviarlos. Él no quiere realizar su misión solo, sino que desea implicar en su actividad liberadora a las personas que ha elegido y ha puesto junto a sí. Aunque ellos son los protagonistas, dependen totalmente de Cristo y su manera de actuar se refleja en sus modos de proceder. Él los designó; junto a él fueron formados y preparados; él los envió; de él recibieron el poder sobre los espíritus inmundos; él estableció su equipamiento, pobre y esencial, para que se manifieste únicamente la riqueza recibida y que, llevándola consigo, deben comunicar a los demás; él les propuso una conducta desinteresada y libre, no sujeta a los condicionamientos del alojamiento, sino dispuesta y disponible para el anuncio. Unidos firmemente a Cristo, no pueden separarse de él. Por eso, terminado su cometido, volverán a él para contarle lo que han hecho y proclamado. Fuera de su persona, no puede existir ningún sentido válido para los Doce, que pretenden llevar la salvación concreta allí donde los hombres viven y sufren.


