Textos extraídos del Misalito “Sobre tu Palabra” noviembre-diciembre
33.er domingo del Tiempo Ordinario (B)
1.ª sem. salterio
PRIMERA LECTURA
Del libro del profeta Daniel (Dn 12,1-3)
En aquel tiempo, se levantará Miguel, el gran príncipe, que vela por los hijos de tu pueblo. Será un tiempo de angustia, como no lo hubo nunca desde que surgieron las naciones hasta aquel tiempo; en aquel tiempo se salvará tu pueblo: todos los que se encuentren inscritos en el libro. Muchos de los que duermen en la región del polvo despertarán: unos para la vida eterna y otros para la vergüenza y la infamia eternas. Los sabios brillarán como el resplandor del firmamento; y los que hayan conducido a muchos a la justicia brillarán como las estrellas por toda la eternidad. - Palabra de Dios.
Comentario a la primera lectura
¿Nos encaminamos hacia el final o hacia la finalidad? La segunda opción es la verdadera. Las palabras del profeta Daniel nos proyectan hacia el tiempo final: después de un período de gran angustia, Dios salvará a su pueblo y concederá la salvación a cuantos estén inscritos en el “libro de la vida”. Nuestra historia camina hacia una plenitud que es el encuentro definitivo con el Señor de la historia, un encuentro que es a la vez salvación y juicio. Aquí se habla de resurrección y de destino final: la vida eterna o la muerte eterna. “¡Tertium non datur!”. ¡No existe una tercera posibilidad! «En aquel tiempo se salvará tu pueblo: todos los que se encuentren inscritos en el libro»: recogemos en estas palabras proféticas una gran promesa que nos asegura que el mal no tendrá la última palabra. Aunque es verdad que a veces nos parece que Dios deja al mal un margen excesivamente amplio, no obstante, la historia no se le escapa de las manos. No miramos hacia el final, sino hacia la finalidad. Si queremos hablar de verdad del “fin del mundo”, hay uno que debe cumplirse cada día: el de nuestro mundo malvado, que construimos sin Dios.
SEGUNDA LECTURA
De la carta a los Hebreos (Heb 10,11-14.18)
Todo sacerdote se presenta día tras día para celebrar el culto y ofrecer muchas veces los mismos sacrificios, que nunca pueden eliminar los pecados. Cristo, en cambio, después de ofrecer un único sacrificio por los pecados, se sentó para siempre a la derecha de Dios, esperando desde entonces que sus enemigos sean puestos como escabel de sus pies. En efecto, con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los que son santificados. Ahora bien, donde hay perdón de estas cosas, ya no hay ofrenda por el pecado. - Palabra de Dios.
Comentario a la segunda lectura
Los sacrificios que se ofrecían en el templo de Jerusalén eran un grito, una súplica de perdón, pero no eran capaces de obtener una verdadera santidad interior, tanto es así que el pecado permanecía y la ofrenda de los sacrificios debía renovarse continuamente. Ahora, en cambio, Cristo Jesús, con su sangre, con el sacrificio de sí mismo, realiza plenamente su sacerdocio llevando a toda la humanidad hacia Dios. La ofrenda que el Padre acepta no es la de los animales sacrificados, sino la del “Cuerpo de Cristo”, es decir, la vida de su Hijo unigénito acogida como acto de obediencia a su voluntad, por medio de la cual la humanidad pecadora es santificada «para siempre». Todos estamos salvados, pero la salvación concedida debe ser acogida, para que todo pecado sea destruido y redimido no solo en su realidad, sino también en su posibilidad. La victoria del Señor, único Sumo Sacerdote que nos conduce a la salvación, ahora «sentado para siempre a la derecha de Dios», asegura nuestra victoria.
EVANGELIO DEL DÍA
Del Evangelio según san Marcos (Mc 13,24-32)
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «En aquellos días, después de esa tribulación, el sol se oscurecerá, la luna no dará ya su resplandor, las estrellas caerán del cielo y las potencias celestes se estremecerán. Entonces verán al Hijo del hombre venir sobre las nubes con gran poder y gloria. Él enviará a los ángeles y reunirá a sus elegidos desde los cuatro vientos, desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo. Aprendan de la higuera esta parábola: cuando sus ramas se ponen tiernas y brotan las hojas, saben que el verano está cerca. Así también ustedes: cuando vean que suceden estas cosas, sepan que él está cerca, a la puerta. En verdad les digo que no pasará esta generación antes de que todo esto suceda. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. En cuanto a aquel día o a la hora, nadie lo sabe, ni los ángeles en el cielo ni el Hijo, excepto el Padre». - Palabra del Señor.
Comentario al Evangelio del día
Las palabras de Jesús son una invitación para los discípulos de todos los tiempos a no tener miedo, sino a afrontar cada cosa perseverando en la fe en Dios. El cielo y la tierra están destinados a “pasar”; el universo entero está destinado a “pasar”. Toda la creación lleva en sí el signo de la finitud. Lo que, en cambio, no “pasa” son las palabras de Jesús: como están del lado del Creador, son eternas. Las palabras de Jesús son las que recibió del Padre y que, por amor, nos entregó: «Las palabras que me diste, yo se las he dado a ellos», dirá Jesús en la gran oración de oblación e intercesión en la hora del sacrificio (Jn 17,8). Jesús es el «Hijo del hombre» que, uniendo presente y futuro, permanece como el punto firme en medio de las convulsiones del mundo. En él ya no tememos nada y también quedamos liberados de la curiosidad acerca de fechas y acontecimientos del “fin del mundo”, tema que suelen explotar los falsos profetas de turno. Lo que le importa es indicarnos el camino correcto que debemos recorrer para entrar en la vida eterna: «Yo soy el camino» (Jn 14,6), que conduce a la verdad y a la vida. En el rápido transcurrir de todas las cosas, la palabra de Dios, inmutable, ilumina nuestros pasos y seremos juzgados según nuestra respuesta a ella.

