Textos extraídos del Misalito “Sobre tu Palabra” septiembre-diciembre de 2023
28.º domingo del Tiempo Ordinario (A)
4.ª semana del salterio
PRIMERA LECTURA
Del libro del profeta Isaías (Is 25,6-10a)
Preparará el Señor de los ejércitos para todos los pueblos, en este monte, un banquete de manjares suculentos, un banquete de vinos excelentes, de alimentos sustanciosos, de vinos refinados. Él arrancará en este monte el velo que cubría el rostro de todos los pueblos y la manta extendida sobre todas las naciones. Eliminará la muerte para siempre. El Señor Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros, y hará desaparecer de toda la tierra la afrenta de su pueblo, porque el Señor ha hablado. Y se dirá aquel día: «Aquí está nuestro Dios; en él esperábamos para que nos salvara. Este es el Señor en quien esperábamos; alegrémonos y regocijémonos por su salvación, porque la mano del Señor se posará sobre este monte». – Palabra de Dios.
Comentario a la primera lectura
Dios, para hacer comprender a su pueblo cuánto desea su bien y cuántas bendiciones quiere derramar sobre él, utiliza la imagen del banquete. Esta imagen, por tanto, es un símbolo sumamente elocuente de la bondad y la longanimidad de Dios, que desea celebrar una fiesta con todos los hombres. Para el pueblo judío, el almuerzo solemne era mucho más que simplemente consumir una comida. Significaba reunirse para celebrar y compartir la alegría: Dios nos llama a su fiesta, donde ya no hay lugar para el dolor ni para el llanto, porque quiere donarnos una alegría plena y sin fin. Esta imagen alcanzará su culmen en la persona de Cristo: gracias a él, Dios celebrará su banquete de bodas con toda la humanidad. Por medio de él, también la muerte será vencida para siempre. Por tanto, todo lo que Dios te pide es que aceptes celebrar la fiesta con él; si aceptas, ni siquiera la muerte tendrá ya poder sobre ti.
SEGUNDA LECTURA
De la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses (Flp 4,12-14.19-20)
Hermanos, sé vivir en la pobreza y sé vivir en la abundancia; estoy acostumbrado a todo y a cualquier cosa: a la hartura y al hambre, a la abundancia y a la privación. Todo lo puedo en aquel que me da fuerzas. En todo caso, hicisteis bien en compartir mis tribulaciones. Mi Dios, por su parte, colmará todas vuestras necesidades según su riqueza con magnificencia, en Cristo Jesús. A Dios, nuestro Padre, sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén. – Palabra de Dios.
Comentario a la segunda lectura
El apóstol Pablo, al hablar de su experiencia personal, nos recuerda que el Señor nos sostiene siempre en nuestra debilidad mediante el don de la fortaleza. Hay momentos difíciles y situaciones extremas en las que este don se manifiesta de manera extraordinaria. Es el caso de quienes deben afrontar experiencias particularmente duras y dolorosas, que trastornan su vida y la de sus seres queridos. Pero no debemos pensar que el don de la fortaleza solo sea necesario en algunas ocasiones o situaciones particulares: debe constituir la nota de fondo de nuestro ser cristiano, en la normalidad de nuestra vida cotidiana. Cuando afrontamos la vida ordinaria, cuando llegan las dificultades, recordemos que el Señor nunca deja de darnos su fuerza y no nos prueba más allá de lo que podemos soportar. Él está siempre con nosotros. No nos desanimemos e invoquemos al Espíritu Santo, para que, con el don de la fortaleza, pueda levantar nuestro corazón y comunicar nueva fuerza y entusiasmo a nuestra vida y a nuestro seguimiento de Jesús.
EVANGELIO DEL DÍA
Del Evangelio según san Mateo (Mt 22,1-14)
En aquel tiempo, Jesús volvió a hablar en parábolas [a los sumos sacerdotes y a los fariseos] y les dijo: «El reino de los cielos se parece a un rey que celebró una boda para su hijo. Envió a sus siervos a llamar a los invitados a la boda, pero estos no quisieron ir. Volvió a enviar a otros siervos con esta orden: Decid a los invitados: “Mirad, tengo preparado el banquete; mis toros y animales cebados ya están sacrificados y todo está a punto; venid a la boda”. Pero ellos no hicieron caso y se fueron, uno a su campo, otro a sus negocios; los demás agarraron a los siervos, los insultaron y los mataron. El rey se indignó: envió sus tropas, acabó con aquellos asesinos y prendió fuego a su ciudad. Luego dijo a sus siervos: “La boda está preparada, pero los invitados no eran dignos; id ahora a los cruces de los caminos y a todos los que encontréis, llamadlos a la boda”. Los siervos salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos, y la sala de bodas se llenó de comensales. El rey entró para ver a los comensales y allí vio a un hombre que no llevaba traje de boda. Le dijo: “Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el traje de boda?”. Él enmudeció. Entonces el rey ordenó a los servidores: “Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas; allí será el llanto y el rechinar de dientes”. Porque muchos son llamados, pero pocos elegidos». – Palabra del Señor.
Comentario al Evangelio del día
Los fariseos y los jefes del pueblo estaban demasiado ocupados discutiendo sobre los detalles de la Ley para darse cuenta de que Jesús, en cambio, les estaba presentando la alianza con Dios en términos completamente distintos. En el Evangelio de este domingo, Jesús se dirige a ellos con una parábola que describe y condena su comportamiento. La parábola, en efecto, nos habla de la respuesta que se da a la invitación de un rey (Dios) a participar en su banquete de bodas (la íntima comunión de amor con él). La invitación tiene tres características: gratuidad, amplitud y universalidad. Dios es bueno con nosotros, nos ofrece gratuitamente su amistad, su alegría y la salvación; sin embargo, muchas veces no acogemos sus dones, ponemos en primer lugar nuestras preocupaciones materiales y nuestros intereses, y cuando el Señor nos llama parece que nos molesta. Ante el rechazo de los primeros invitados, Dios no se desanima, sino que amplía la invitación más allá de todo límite razonable. El Evangelio, rechazado por algunos, encuentra una acogida inesperada en muchos otros corazones. La bondad de Dios no tiene fronteras ni discrimina a nadie: por eso el banquete de los dones del Señor es universal, para todos. Hay una sola condición que cumplir: llevar el traje de boda, es decir, dar testimonio de la caridad hacia Dios y hacia el prójimo.


