Textos extraídos del Misalito «Sobre tu Palabra» mayo-junio de 2024
11.º domingo del Tiempo Ordinario (B)
3.ª sem. del salterio
PRIMERA LECTURA
Del libro del profeta Ezequiel (Ez 17,22-24)
Esto dice el Señor Dios: «De la copa del cedro tomaré un ramito, de sus ramas más altas arrancaré un brote y lo plantaré en una montaña elevada y majestuosa; lo plantaré en la montaña alta de Israel. Echará ramas y dará fruto y se convertirá en un cedro magnífico. Debajo de él habitarán todos los pájaros, y toda ave reposará a la sombra de sus ramas. Y todos los árboles del bosque sabrán que yo soy el Señor, que humillo al árbol elevado y elevo al árbol humilde, seco el árbol verde y hago florecer el árbol seco. Yo, el Señor, lo he dicho y lo haré». – Palabra de Dios.
Comentario a la primera lectura
Las palabras de esperanza del profeta Ezequiel resuenan más inesperadas que nunca en el corazón del pueblo de Israel, que se percibe cada vez más como un árbol talado, destinado a la esterilidad. Israel está exiliado en Babilonia, ya no tiene un templo donde ofrecer sacrificios a Dios, ya no tiene una tierra prometida, ya no tiene ante sí una perspectiva de vida futura. Solo queda la memoria de las grandes obras de Dios, pero en el presente no queda más que un tronco estéril, sin vida. En esta experiencia tan triste y resignada, el Señor viene a ofrecer una nueva esperanza a su pueblo: «De la copa del cedro tomaré un ramito… y lo plantaré en la montaña alta de Israel». Ese “ramito” somos precisamente nosotros; el profeta nos habla a nosotros y de nosotros, somos nosotros la parábola que el Señor vuelve a contar, a nosotros y al mundo entero, para devolver la esperanza a todos. Que el Señor nos ayude a leer cada momento de nuestra vida y de la historia que vivimos a la luz de su amor fiel, que hace brotar de nuevo hojas y frutos en las ramas de nuestros árboles resecos, incluso cuando la esterilidad parece ser el único destino inevitable.
SEGUNDA LECTURA
De la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios (2 Cor 5,6-10)
Hermanos, siempre llenos de confianza y sabiendo que estamos exiliados lejos del Señor mientras habitamos en el cuerpo –pues caminamos en la fe y no en la visión–, estamos llenos de confianza y preferimos exiliarnos del cuerpo y habitar junto al Señor. Por eso, ya vivamos en el cuerpo o nos exiliemos de él, nos esforzamos por agradarle. Porque todos debemos comparecer ante el tribunal de Cristo, para recibir cada uno la recompensa por las obras realizadas mientras estaba en el cuerpo, tanto buenas como malas. – Palabra de Dios.
Comentario a la segunda lectura
¿De qué confianza habla el apóstol Pablo? En el contexto de la segunda carta a los Corintios que hoy nos ofrece la liturgia, la confianza se refiere al deseo de «habitar junto al Señor». Este deseo no nos distrae del presente, sino que, por el contrario, nos hace vivirlo sabiamente, como espacio de nuestra maduración, con vistas a «la recompensa por las obras realizadas». Cuando la meta está clara y tenemos la certeza de que la ayuda del Señor precede a todo nuestro esfuerzo, entonces el viaje ya no puede generar ninguna angustia. No solo eso, sino que puede vivirse en paz y con apertura a los hermanos y hermanas que caminan con nosotros, sabiendo bien que, aunque todos vivamos «en la fe y no en la visión», somos una tierra amada y fecundada, próxima a germinar. Al final de la vida, cuando comparezcamos ante Cristo, seremos juzgados por el amor que iluminó nuestra existencia aquí abajo; por eso, el tiempo presente, aunque se viva exiliados lejos del Señor, es el tiempo de la fe, de la esperanza y de la caridad.
EVANGELIO DEL DÍA
Del Evangelio según san Marcos (Mc 4,26-34)
En aquel tiempo, Jesús decía [a la multitud]: «El reino de Dios se parece a un hombre que echa semilla en la tierra; duerma o vele, de noche o de día, la semilla germina y crece. Cómo, él mismo no lo sabe. La tierra da fruto por sí sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano lleno en la espiga; y cuando el fruto está maduro, enseguida se mete la hoz, porque ha llegado la siega». Decía: «¿Con qué podemos comparar el reino de Dios? ¿Con qué parábola podemos describirlo? Es como un grano de mostaza que, cuando se siembra en la tierra, es la más pequeña de todas las semillas que hay en la tierra; pero, una vez sembrado, crece y se hace más grande que todas las plantas del huerto y echa ramas tan grandes que los pájaros del cielo pueden anidar a su sombra». Con muchas parábolas semejantes les anunciaba la Palabra, según podían entenderla. Sin parábolas no les hablaba, pero en privado, a sus discípulos les explicaba todo. – Palabra del Señor.
Comentario al Evangelio del día
Hay una pequeña semilla que puede confundirse con la de una hortaliza y que, una vez sembrada, en poco tiempo crece mucho más que una hortaliza y se convierte en un arbusto-árbol capaz de albergar el nido de los pájaros. Jesús siembra una pequeña semilla y esta crece desmesuradamente, más allá de toda expectativa humana. El tiempo presente es tiempo de siembra y el crecimiento de la semilla está asegurado por el Señor. Como enseña san Ignacio de Loyola, a cada cristiano se le pide actuar como si todo dependiera de él, sabiendo, sin embargo, que en realidad todo depende de Dios. Esta es la conciencia que nos sostiene en las fatigas de cada día. Si la parábola de la semilla centra la atención en el dinamismo de la siembra y en los mecanismos del crecimiento que escapan a nuestro control, la del grano de mostaza nos hace partícipes del asombro ante las dimensiones de este crecimiento. Esta actitud de asombro debió de ser ciertamente la de la primera comunidad cristiana, que en solo treinta o cuarenta años alcanzó los confines del Imperio romano. Lo que Jesús percibía como esperanza, los discípulos lo constatan como presente y se proyectan hacia un futuro aparentemente de crecimiento imparable.


