Ascensión del Señor (s) (B)
propia
Textos extraídos del Misalito «Sulla Tua Parola» mayo-junio de 2021
En este domingo celebramos la Ascensión del Señor. Jesús se sustrae a nuestra mirada para estar presente de una manera aún más profunda, porque ahora está presente dentro de nosotros por medio de su Espíritu y es visible a los ojos de la fe. Jesús, aunque llevado al cielo para interceder por nosotros a la derecha del Padre, vive en nosotros, está con nosotros, allí donde dos o tres están unidos en su nombre (Mt 18,20).
PRIMERA LECTURA
De los Hechos de los Apóstoles (Hch 1,1-11)
En el primer relato, oh Teófilo, traté de todo lo que Jesús hizo y enseñó desde el comienzo hasta el día en que fue llevado al cielo, después de haber dado instrucciones a los apóstoles que había elegido por medio del Espíritu Santo. Él se les mostró vivo después de su pasión, con muchas pruebas, durante cuarenta días, apareciéndose a ellos y hablando de lo referente al reino de Dios. Mientras estaba a la mesa con ellos, les ordenó que no se alejaran de Jerusalén, sino que esperaran el cumplimiento de la promesa del Padre, «la que -les dijo- oyeron de mí: Juan bautizó con agua, ustedes, en cambio, dentro de pocos días serán bautizados en el Espíritu Santo». Los que estaban con él le preguntaban: «Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino para Israel?». Pero él les respondió: «No les corresponde a ustedes conocer los tiempos o momentos que el Padre ha reservado a su poder, pero recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra». Dicho esto, mientras ellos lo miraban, fue elevado y una nube lo ocultó de sus ojos. Ellos estaban mirando fijamente al cielo mientras él se iba, cuando se les presentaron dos hombres vestidos de blanco y les dijeron: «Hombres de Galilea, ¿por qué están mirando al cielo? Este Jesús, que ha sido llevado de entre ustedes al cielo, vendrá de la misma manera que lo han visto irse al cielo». - Palabra de Dios.
Comentario a la primera lectura
«Hombres de Galilea, ¿por qué están mirando al cielo? Este Jesús, que ha sido llevado de entre ustedes al cielo, vendrá de la misma manera que lo han visto irse al cielo». En este caso, mirar al cielo sin rumbo equivale a perder la esperanza. Creer que Jesús nos ha abandonado. Sería una segunda edición del Viernes y del Sábado Santo, en los que casi todos se dispersan, creyendo que solo se habían hecho ilusiones al pensar en Jesús como el Mesías. El cielo al que aquí se hace referencia no es un lugar físico para transbordadores interestelares ni la fantasía psicológica de personas poco sensatas y crédulas. Es, en cambio, un lugar teológico, una referencia de fe a la comunión entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. La Ascensión no es un abandono, una despedida, sino una promesa que se cumplirá sin ninguna duda: se trata de la persona divina de Jesús, que muestra ya de manera absoluta su divinidad. Una divinidad que, sin embargo, se ha unido para siempre a nuestra humanidad. Por tanto, como escucharemos en la segunda lectura, la Ascensión de Jesús es también comunión de vida divina con el ser humano. Los pies en la tierra y el corazón en el cielo.
SEGUNDA LECTURA
De la carta del apóstol san Pablo a los Efesios (Ef 4,1-13)
Hermanos, yo, prisionero a causa del Señor, los exhorto: compórtense de una manera digna de la llamada que han recibido, con toda humildad, dulzura y magnanimidad, soportándose mutuamente en el amor, preocupándose por conservar la unidad del espíritu por medio del vínculo de la paz. Un solo cuerpo y un solo espíritu, como una sola es la esperanza a la que han sido llamados, la de su vocación; un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo. Un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, actúa por medio de todos y está presente en todos. Sin embargo, a cada uno de nosotros se le ha dado la gracia según la medida del don de Cristo. Por eso se dice: «Subiendo a lo alto, llevó consigo cautivos y repartió dones a los hombres». Pero ¿qué significa que subió, sino que primero había descendido aquí abajo, a la tierra? El que descendió es el mismo que también subió por encima de todos los cielos, para ser plenitud de todas las cosas. Y él concedió a unos ser apóstoles, a otros profetas, a otros evangelistas, a otros pastores y maestros, para preparar a los hermanos para el ministerio, con el fin de edificar el cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, hasta el hombre perfecto, hasta alcanzar la medida de la plenitud de Cristo. Palabra de Dios.
Comentario a la segunda lectura
«Subiendo a lo alto, llevó consigo cautivos y repartió dones a los hombres». Los prisioneros somos nosotros, toda la humanidad, desde el primero hasta el último hombre. Sin Cristo, somos esclavos del pecado y de las tinieblas. Con Cristo, nos convertimos en personas libres, alegres y capaces de amar. Así recibimos los dones de Cristo, los dones del Espíritu Santo. El mismo san Pablo se declara prisionero, pero encadenado por la gloria de Cristo y del apostolado. Todos estamos llamados a una plenitud de vida, pero se trata de la plenitud de Cristo Dios encarnado, muerto y resucitado por nosotros. A cada uno se le propone una llamada, una gracia, un ministerio: depende de nosotros aceptar o no esta vida nueva. El ser humano contemporáneo corre el riesgo de ponerlo todo al mismo nivel, de no distinguir entre el bien y el mal objetivos: hay algunas realidades que, mirándolas bien, llevan dentro de sí una raíz de mal y de pecado. No podemos seguir llamando mal a lo que es bueno y bueno a lo que es malo. Si aprendemos a hacer este discernimiento, nos ponemos en el camino que nos conduce al Padre.
EVANGELIO DEL DÍA
Del Evangelio según san Marcos (Mc 16,15-20)
En aquel tiempo, [Jesús se apareció a los Once] y les dijo: «Vayan por todo el mundo y proclamen el Evangelio a toda criatura. El que crea y sea bautizado se salvará, pero el que no crea será condenado. Estos son los signos que acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán lenguas nuevas, tomarán serpientes en sus manos y, si beben algún veneno, no les hará daño; impondrán las manos a los enfermos y estos quedarán sanos». El Señor Jesús, después de hablar con ellos, fue elevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Entonces ellos partieron y predicaron por todas partes, mientras el Señor actuaba con ellos y confirmaba la Palabra con los signos que la acompañaban. Palabra del Señor.
Comentario al Evangelio del día
«Vayan por todo el mundo y proclamen el Evangelio a toda criatura. El que crea y sea bautizado se salvará, pero el que no crea será condenado». La visión de la historia humana, sin Cristo, corre el riesgo de aparecer como un péndulo que pasa de un extremismo a otro. Desde los siglos en que el Bautismo se imponía por la fuerza, hasta hoy, cuando la pertenencia sacramental a Cristo se minimiza, si no se elimina por completo. La tesis contemporánea sería que todos nacimos buenos, pero que para algunos existió el don del Bautismo. En realidad, la Palabra de Dios y la sana Tradición cristiana se expresan exactamente al contrario. Para la humanidad, recibir los sacramentos es una exigencia imprescindible: signos eficaces de Dios en nosotros. Sin Cristo, nos es imposible salvarnos por nosotros mismos. El tercer capítulo del libro del Génesis narra, con espíritu de fe y utilizando imágenes propias de la época en que fue escrito, una verdad muy concreta: «Sin mí no pueden hacer nada» (Jn 15,5), dice Jesús. La humanidad sin Dios no es una humanidad verdadera. Un futuro sin Cristo nos hace recaer en los errores del pasado: desde quien quiere obtener el poder mediante la violencia hasta quien te aplasta con el sutil chantaje.

