Textos tomados del Misalito “Sobre tu Palabra” noviembre-diciembre de 2024
33.º domingo del Tiempo Ordinario (B)
1.ª sem. salterio
PRIMERA LECTURA
Del libro del profeta Daniel (Dn 12,1-3)
En aquel tiempo, se levantará Miguel, el gran príncipe que vela por los hijos de tu pueblo. Será un tiempo de angustia, como no lo hubo desde que existen las naciones hasta ese momento; en aquel tiempo se salvará tu pueblo: todos los que se encuentren inscritos en el libro. Muchos de los que duermen en la región del polvo despertarán: unos para la vida eterna y otros para la vergüenza y la infamia eterna. Los sabios brillarán como el resplandor del firmamento, y los que hayan guiado a muchos hacia la justicia brillarán como las estrellas por toda la eternidad. – Palabra de Dios.
Comentario a la primera lectura
Ya en el Antiguo Testamento se habla del juicio universal, aunque todavía no en los términos precisos del Nuevo. Se anuncia una infamia eterna y una vida eterna; esto significa que la elección del ser humano, en el momento de la muerte y del encuentro con Dios, será definitiva. En el libro de Daniel todavía no se habla del Juez, de aquel que presidirá el juicio: solo en el Evangelio de Mateo (cap. 25) se sabrá que dicho juez es el Hijo, la segunda persona de la Santísima Trinidad, es decir, Jesús. No nos juzgarán ni el Padre ni el Espíritu Santo, sino Jesús, porque él murió en la cruz y a él se le dio el poder de juzgar todas las cosas (Jn 5,27). En el Antiguo Testamento leemos que quien preparará esta escena final será el gran príncipe Miguel, uno de los tres arcángeles puestos al servicio de Dios para ayudar al ser humano en su lucha contra Satanás. Por este motivo, la Iglesia aún hoy suplica la protección del arcángel Miguel, para que podamos encontrarnos preparados, protegidos y listos en el momento del juicio. Todos necesitamos de él y de su poderosa intercesión.
SEGUNDA LECTURA
De la carta a los Hebreos (Heb 10,11-14.18)
Cada sacerdote se presenta día tras día para celebrar el culto y ofrecer muchas veces los mismos sacrificios, que nunca pueden quitar los pecados. Cristo, en cambio, después de ofrecer un único sacrificio por los pecados, se sentó para siempre a la derecha de Dios, esperando desde entonces que sus enemigos sean puestos como escabel de sus pies. En efecto, con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los que son santificados. Ahora bien, donde hay perdón de estas cosas, ya no hay ofrenda por el pecado. – Palabra de Dios.
Comentario a la segunda lectura
Los sacerdotes del Antiguo Testamento, en la religión judía, sacrificaban animales todos los días en el templo para implorar a Dios el perdón por los pecados de los seres humanos. En el Nuevo Testamento, en cambio, no hacen falta múltiples sacrificios rituales, porque lo que hizo Jesús en el Gólgota vale para todos los seres humanos de todos los tiempos, ya que el sacrificio de la cruz lo realiza el Hombre-Dios, cuyos méritos son infinitos. Entonces, ¿por qué cada día se celebran tantas santas Misas en la tierra? ¿Acaso no se dice que el sacrificio es único y, por tanto, irrepetible? Ciertamente lo es, y de hecho la Misa celebrada hoy no es un segundo o tercer sacrificio, sino ese único sacrificio hecho presente en el tiempo, para que yo pueda alcanzarlo, sumergirme en él y gozar de sus frutos inmediatos. El autor de la carta a los Hebreos escribe que la ofrenda hizo perfectos a los que son santificados, pero antes de llegar a ser perfectos todavía queda camino por recorrer. Desgraciadamente, seguimos cayendo en los pecados, y por eso la Confesión frecuente y la santa Comunión nos hacen participar cada vez mejor del único sacrificio de Cristo.
EVANGELIO DEL DÍA
Del Evangelio según san Marcos (Mc 13,24-32)
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «En aquellos días, después de esa tribulación, el sol se oscurecerá, la luna ya no dará su luz, las estrellas caerán del cielo y las potencias de los cielos serán sacudidas. Entonces verán al Hijo del hombre venir sobre las nubes con gran poder y gloria. Enviará a los ángeles y reunirá a sus elegidos de los cuatro vientos, desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo. Aprendan de la parábola de la higuera: cuando sus ramas se ponen tiernas y brotan las hojas, saben que el verano está cerca. Así también ustedes: cuando vean que suceden estas cosas, sepan que él está cerca, a las puertas. En verdad les digo: no pasará esta generación antes de que todo esto suceda. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. En cuanto a aquel día o aquella hora, nadie lo sabe, ni los ángeles en el cielo ni el Hijo, excepto el Padre». – Palabra del Señor.
Comentario al Evangelio del día
Al hablar de los acontecimientos últimos, el evangelista reúne todos los discursos del Señor en un mismo capítulo. Jesús habla del fin del mundo y del juicio universal, que tendrá lugar al final de los tiempos, pero también hace alguna alusión a la destrucción de Jerusalén y a la llamada “diáspora”, es decir, el abandono de la tierra santa por parte de los israelitas. Esto ocurrió pocos años después de la muerte y resurrección del Señor, y por eso leemos: «no pasará esta generación antes de que todo esto suceda». En cambio, el fin del mundo todavía está por llegar. En cualquier caso, la actitud que debemos vivir ante estas situaciones es la misma: la vigilancia, estar siempre preparados y vivir en la gracia de Dios para afrontar esos momentos graves cuando se cumplan. En efecto, aunque el cielo y la tierra pasen, las palabras de Jesús, es decir, la verdad revelada, nunca pasarán. Sobre esta verdad nos sostenemos y fundamos toda razón de nuestra esperanza y nuestra propia vida. Por tanto, nuestra existencia está hecha de compromiso con el presente, pero también de espera del futuro: un ojo puesto en la vida terrena, con sus compromisos de caridad y oración, y otro en la vida del cielo, que llevará a su plenitud la aventura humana en la tierra.


