Textos tomados del Misal “Sobre tu Palabra” septiembre-octubre de 2023
24.º domingo del Tiempo Ordinario (A)
4.ª semana del salterio
PRIMERA LECTURA
Del libro del Eclesiástico (Eclo 27,33 – 28,9 (NV) [gr. 27,30 – 28,7])
El rencor y la ira son cosas horribles, y el pecador las lleva dentro. Quien se venga sufrirá la venganza del Señor, que tiene siempre presentes sus pecados. Perdona la ofensa a tu prójimo y, por tu oración, te serán perdonados los pecados. Un hombre que guarda rencor contra otro hombre, ¿cómo puede pedir al Señor la curación? Él, que no tiene misericordia de su semejante, ¿cómo puede suplicar por sus propios pecados? Si él, que no es más que carne, conserva el rencor, ¿cómo puede obtener el perdón de Dios? ¿Quién expiará sus pecados? Recuerda el fin y deja de odiar, la disolución y la muerte, y permanece fiel a los mandamientos. Recuerda los preceptos y no odies al prójimo, la alianza del Altísimo, y olvida los errores ajenos. – Palabra de Dios.
Comentario a la primera lectura
La ira y la venganza, la ofensa y el perdón son realidades profundamente entrelazadas entre sí, presentes en todo ser humano y que orientan su vida, manifestando la calidad de sus relaciones con los demás y con Dios. El libro del Eclesiástico nos recuerda que el corazón del ser humano tiende a conservar el amargo recuerdo de una ofensa y a buscar vengarla. El rencor y la cólera anidan en el corazón humano y pueden estallar en cualquier momento con consecuencias imprevisibles, sin hacer otra cosa que perpetuar la cadena de odio y violencia. No queda más que el perdón. Y para el sabio escriba, autor del libro del Eclesiástico, quien está llamado a perdonar nunca debe olvidar una realidad profunda: que él mismo es un pecador y, por tanto, necesita perdón. ¿Cómo no recordar aquí la oración del Padre nuestro? Con las palabras de Jesús pedimos a Dios que nos perdone, pero la remisión por parte de Dios de nuestros errores está estrechamente vinculada al perdón que estamos dispuestos a conceder por las ofensas ajenas. El perdón y la misericordia de Dios constituyen así la verdadera medida para el ser humano en sus relaciones con sus semejantes.
SEGUNDA LECTURA
De la carta del apóstol san Pablo a los Romanos (Rom 14,7-9)
Hermanos, ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo, pues si vivimos, vivimos para el Señor, y si morimos, morimos para el Señor. Así pues, tanto si vivimos como si morimos, somos del Señor. Para esto, en efecto, murió Cristo y volvió a la vida: para ser Señor de muertos y vivos. – Palabra de Dios.
Comentario a la segunda lectura
A pesar de las cruces y las dificultades por las que a menudo lloramos y sufrimos, la vida nos gusta. Vivir es sin duda la experiencia más emocionante y gratificante que tenemos, y eso es algo bueno. Sin embargo, no debemos olvidar una gran verdad, que el apóstol Pablo recordaba firmemente a los cristianos de Roma y que hoy también nos recuerda a nosotros: con el Bautismo, nuestra vida pasó a ser plenamente del Señor Jesús, quien se convirtió en la causa última de nuestro vivir. Esto no debe asustarnos. Vivir para el Señor no significa, ante todo y únicamente, vivir para servirlo, sino también vivir gracias a él. ¡Qué hermoso sería que fuéramos capaces de recordarlo en cada momento de nuestra vida: Estoy vivo gracias a ti, Dios mío! Entonces, el Señor no nos quita nada. Al contrario, nos permite vivir con mayor plenitud cada instante de nuestra vida, incluso los que aparentemente son más pequeños y triviales. Su presencia y su bendición nos acompañan siempre, haciendo de cada instante de nuestra vida una prenda de eternidad y felicidad.
EVANGELIO DEL DÍA
Del Evangelio según san Mateo (Mt 18,21-35)
En aquel tiempo, Pedro se acercó a Jesús y le dijo: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?». Jesús le respondió: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por eso, el reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Al empezar a ajustarlas, le presentaron a uno que le debía diez mil talentos. Como no podía pagar, el señor mandó venderlo a él, a su mujer, a sus hijos y todo lo que tenía, para saldar la deuda. Entonces el siervo, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: “Ten paciencia conmigo y te lo devolveré todo”. El señor se compadeció de aquel siervo, lo dejó marchar y le perdonó la deuda. Al salir, aquel siervo encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios. Lo agarró por el cuello y lo estrangulaba, diciendo: “Págame lo que me debes”. Su compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba diciendo: “Ten paciencia conmigo y te lo devolveré”. Pero él no quiso, sino que fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara la deuda. Al ver lo ocurrido, sus compañeros se indignaron mucho y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: “¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?”. Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón cada uno a su hermano». –
Palabra del Señor.
Comentario al Evangelio del día
Para explicar la necesidad de perdonar siempre, Jesús cuenta la parábola del rey que quiere ajustar cuentas con sus siervos. Le presentaron a uno que le debía diez mil talentos, una cantidad enorme por la que, según la ley de aquel tiempo, se habría visto obligado a venderlo todo. Sin embargo, el señor se compadeció y le perdonó la enorme deuda. En cambio, el siervo, al encontrarse con un compañero que le debía una suma insignificante, quería mandarlo a la cárcel. Aquel hombre no había comprendido lo que su rey había hecho con él y se comportó egoístamente. Al final del relato, el rey llama al siervo al que había perdonado la deuda y lo encarcela porque no había sido generoso; es decir, no había hecho con su compañero lo que Dios había hecho con él. Ya lo hemos recordado al comentar la primera lectura, pero aquí vale la pena subrayarlo nuevamente. En el Padre nuestro pedimos que se nos perdonen nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros hermanos. Se trata de una ecuación: si tú no eres capaz de perdonar, ¿cómo podrá Dios perdonarte? El Señor quiere perdonarte, pero no podrá hacerlo si tienes el corazón cerrado y la misericordia no puede entrar. ¡Perdonemos y seremos perdonados!


