Textos extraídos del Misal “Sobre tu Palabra” enero-febrero de 2025
2.º domingo del Tiempo Ordinario (C)
2.ª sem. salterio
PRIMERA LECTURA
Del libro del profeta Isaías (Is 62,1-5)
Por amor a Sión no callaré, por amor a Jerusalén no descansaré, hasta que despunte como la aurora su justicia y su salvación brille como una lámpara. Entonces las naciones verán tu justicia, y todos los reyes tu gloria; serás llamada con un nombre nuevo, que la boca del Señor designará. Serás una magnífica corona en la mano del Señor, una diadema real en la palma de tu Dios. Ya no te llamarán Abandonada, ni a tu tierra la llamarán Devastada, sino que te llamarán Mi Gozo, y a tu tierra, Desposada, porque el Señor encontrará su deleite en ti, y tu tierra tendrá un esposo. Sí, como un joven se casa con una virgen, así se casarán contigo tus hijos; como el esposo se alegra por su esposa, así se alegrará tu Dios por ti. – Palabra de Dios.
Comentario a la primera lectura
El pueblo acaba de regresar del exilio de Babilonia y ante sus ojos la amada Jerusalén aparece destruida. Ante tal visión, el espíritu del pueblo está abatido. En este contexto llega la palabra de Isaías: «Por amor a Sión no callaré, por amor a Jerusalén no descansaré, hasta que despunte como la aurora su justicia y su salvación brille como una lámpara». El profeta ayuda al pueblo a mirar más allá, a lanzar el corazón más allá de las ruinas que tiene ante sus ojos, porque Jerusalén ya no será «abandonada» ni «devastada», sino que será llamada «Mi Gozo»; el mismo creador se casará con ella. Isaías señala a Dios como el Esposo de Jerusalén y, en ella, la esposa de la humanidad. Una experiencia que se convierte en canto de alegría y alabanza en las palabras del salmo: «Anuncien a todos los pueblos las maravillas del Señor». Quizá también nosotros estamos abatidos y decepcionados por nuestra vida, que se desmorona, por nuestra familia, que está en crisis, por nuestra ciudad, que no es como quisiéramos: no se trata de compadecernos de nosotros mismos, sino de comprometernos, con la ayuda de Dios, a reaccionar. El amanecer de los tiempos nuevos depende también de mí, de nosotros.
SEGUNDA LECTURA
De la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (1 Cor 12,4-11)
Hermanos, hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; hay diversidad de actividades, pero un mismo Dios, que obra todo en todos. A cada cual se le da una manifestación particular del Espíritu para el bien común: a uno, por medio del Espíritu, se le concede un lenguaje de sabiduría; a otro, por el mismo Espíritu, un lenguaje de conocimiento; a uno, en el mismo Espíritu, la fe; a otro, en el único Espíritu, el don de curaciones; a uno, el poder de hacer milagros; a otro, el don de profecía; a otro, el don de discernir los espíritus; a otro, la variedad de lenguas; a otro, la interpretación de las lenguas. Pero todas estas cosas las realiza el único y mismo Espíritu, distribuyéndolas a cada uno como quiere. – Palabra de Dios.
Comentario a la segunda lectura
El apóstol Pablo revela en parte la dificultad de los primeros cristianos, pero también nuestra dificultad, para comprender que los dones que cada uno ha recibido piden ser puestos al servicio del bien de todos. Nadie es más o menos importante en la comunidad, sino que cada uno ha recibido una tarea para la edificación de la única comunidad. Hay un solo Espíritu, recuerda Pablo, pero luego cada uno, en su especificidad, lo ejercerá para la utilidad común. Como recuerda san Cirilo de Jerusalén, el Espíritu es como el agua: «Distinto es el efecto producido en la palmera, distinto en la vid y así en todas las cosas… La lluvia, en efecto, no desciende de manera diferente, no cambia en sí misma, sino que se adapta a las necesidades de los seres que la reciben… Del mismo modo, el Espíritu Santo, aunque es único y de una sola forma… distribuye a cada uno la gracia como quiere», realizando así lo escrito por san Pablo: «A cada cual se le da una manifestación particular del Espíritu para el bien común».
EVANGELIO DEL DÍA
Del Evangelio según san Juan (Jn 2,1-11)
En aquel tiempo, hubo una boda en Caná de Galilea y estaba allí la madre de Jesús. Jesús y sus discípulos también fueron invitados a la boda. Como faltaba el vino, la madre de Jesús le dijo: «No tienen vino». Jesús le respondió: «Mujer, ¿qué tengo que ver contigo? Todavía no ha llegado mi hora». Su madre dijo a los sirvientes: «Hagan lo que él les diga». Había allí seis tinajas de piedra destinadas a la purificación ritual de los judíos, de unos ochenta a ciento veinte litros cada una. Jesús les dijo: «Llenen las tinajas de agua»; y las llenaron hasta el borde. Entonces les dijo: «Ahora saquen un poco y llévenselo al encargado del banquete». Ellos se lo llevaron. El encargado del banquete probó el agua convertida en vino, sin saber de dónde venía, aunque sí lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua, y llamó al esposo y le dijo: «Todo el mundo sirve primero el vino bueno y, cuando ya han bebido bastante, el de menor calidad. Tú, en cambio, has guardado el vino bueno hasta ahora». Este fue el primero de los signos que Jesús realizó en Caná de Galilea; así manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en él. – Palabra del Señor.
Comentario al Evangelio del día
El amanecer de los tiempos nuevos anunciado por el profeta y esperado por las naciones (primera lectura) se revela en las bodas de Caná de Galilea, en Jesús, Esposo de la humanidad. Algunas instantáneas: María es quien se da cuenta de que falta el vino y pronuncia las que serán sus últimas palabras recogidas en los Evangelios, una especie de testamento suyo: «Hagan lo que él les diga». Si actuamos así, siempre habrá alegría en la vida. Con el signo del “vino”, Jesús sugiere que él es el “vino nuevo”, la verdadera fiesta de la vida. Quien confía en Jesús -como piden las palabras de María- verá siempre cómo el agua de la rutina cotidiana se transforma en el vino de la alegría, de la fiesta y de la plenitud de vida. Un vino que es solo un signo, un anticipo de lo que nos espera en la Eucaristía y, un día, en el cielo. En la vida a menudo cultivamos preguntas importantes, pero luego llenamos el vacío que esconden con sucedáneos: alcohol, drogas, juegos… Jesús dice hoy a cada uno: «Las preguntas que llevas en el corazón son hermosas; yo soy la única respuesta verdadera, si quieres ser verdaderamente libre y feliz. Confía en mí».


