Textos extraídos del Misalito «Sobre tu Palabra» mayo-junio de 2022
Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo (s) (C)
propia
PRIMERA LECTURA
Del libro del Génesis (Gn 14,18-20)
En aquellos días, Melquisedec, rey de Salem, ofreció pan y vino: era sacerdote del Dios altísimo y bendijo a Abram con estas palabras: «Bendito sea Abram por el Dios altísimo, creador del cielo y de la tierra, y bendito sea el Dios altísimo, que puso en tus manos a tus enemigos». Y [Abramo] le dio el diezmo de todo. Palabra de Dios.
Comentario a la primera lectura
Melquisedec es un personaje misterioso que aparece inesperadamente en la narración bíblica y es citado pocas veces en la Sagrada Escritura. Es rey de Salem y, en su función sacerdotal, es una prefiguración de la misión sacerdotal del Hijo de Dios: este aspecto será retomado, en el Nuevo Testamento, por la carta a los Hebreos. Y, sin embargo, a pesar de la dificultad de comprender quién fue históricamente este hombre, su importancia es verdaderamente grande. Él ofrece a Abrahán pan y vino: es un gesto suyo sencillo y solemne. Quiere dar al antiguo patriarca su bendición sacerdotal y no encuentra mejor manera de hacerlo que entregándole estos dones. La tradición patrística ha visto en este don del pan y del vino una prefiguración de la Eucaristía. Ya desde la noche de los tiempos, la Santísima Eucaristía había sido anunciada de diversas maneras y bajo distintas imágenes, pero solo con la encarnación el proyecto de Dios salió a la luz. Nosotros formamos parte de quienes han recibido la gracia y el privilegio de comprender plenamente su alcance y significado; por tanto, no desperdiciemos este don.
SEGUNDA LECTURA
De la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (1 Cor 11,23-26)
Hermanos, yo recibí del Señor lo que, a mi vez, os he transmitido: que el Señor Jesús, en la noche en que iba a ser entregado, tomó pan y, después de dar gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía». Del mismo modo, después de cenar, tomó también el cáliz, diciendo: «Este cáliz es la Nueva Alianza en mi sangre; haced esto cada vez que bebáis de él, en memoria mía». Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva. Palabra de Dios.
Comentario a la segunda lectura
San Pablo dice algo que, para nosotros, tiene un alcance excepcional. Desde el principio, la fe de la Iglesia de los orígenes centró su atención en la importancia del sacrificio eucarístico. Los cristianos de Corinto, al reunirse para celebrar la cena del Señor, se insertan en el misterio pascual, vinculándose con aquella noche solemne en la que Jesucristo se entregó por completo: celebrar la Eucaristía, en efecto, remite inmediatamente al sacrificio de la cruz y a la entrega del cuerpo partido y de la sangre derramada por el Hijo. El Apóstol de los gentiles transmite a los cristianos de aquella comunidad lo que le fue entregado. Las palabras que utiliza tienen que ver con fórmulas solemnes que, evidentemente, en la Iglesia primitiva se aprendían de memoria, se rezaban y se meditaban. Este es el contenido de nuestra fe: ¡y, sin embargo, cuánta rutina cansada puede haber en nuestra relación con la Eucaristía! Ya no logramos comprender que este es el don más grande que Dios nos ha hecho y, con nuestra superficialidad, ni siquiera nos damos cuenta de la responsabilidad que tenemos. Participemos en el banquete eucarístico como si fuera la primera vez y dejémonos transformar por el pan de vida.
EVANGELIO DEL DÍA
Del Evangelio según san Lucas (Lc 9,11b-17)
En aquel tiempo, Jesús se puso a hablar a las multitudes del reino de Dios y curaba a los que tenían necesidad de atención. El día comenzaba a declinar y los Doce se acercaron a él y le dijeron: «Despide a la gente para que vaya a las aldeas y campos de los alrededores a buscar alojamiento y comida, porque aquí estamos en un lugar despoblado». Jesús les dijo: «Dadles vosotros de comer». Pero ellos respondieron: «No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos nosotros a comprar alimentos para toda esta gente». Había allí unos cinco mil hombres. Él dijo a sus discípulos: «Haced que se sienten en grupos de unos cincuenta». Lo hicieron así y los hicieron sentarse a todos. Entonces tomó los cinco panes y los dos peces, levantó los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición, los partió y se los iba dando a los discípulos para que los distribuyeran a la gente. Todos comieron hasta saciarse y recogieron lo que les había sobrado: doce cestos. Palabra del Señor.
Comentario al Evangelio del día
Cansados, pobres y enfermos. Estos eran los que se habían reunido alrededor de Jesús aquel día. Él cuida de la vida de todos: enseña con su palabra, sana la enfermedad física e interior y sacia el hambre, dando alimento en abundancia. Él es el verdadero pastor que no deja atrás ni siquiera a una oveja del rebaño y hace de la humanidad una sola familia reunida en torno a una única mesa servida por los discípulos, pero ofrecida por él. Ante Jesús, aquel conjunto informe de personas se convierte en un solo pueblo. El Maestro, ante la necesidad de alimento de quienes lo siguen, responde levantando los ojos al cielo, bendiciendo lo poco que tenemos y saciando toda hambre. Lo que el Hijo ofrece es un pan que nunca se agota ni deja de saciar a quien se alimenta de él con fe y amor: es el pan eucarístico, por medio del cual el Señor permanece entre nosotros. Es importante alimentarse de este pan, pero también es indispensable detenerse ante él en devota adoración. Allí tiene lugar el milagro más grande y difícil que solo Dios puede realizar: el de nuestra conversión. En efecto, el Señor nos transforma interiormente y progresivamente a medida que permanecemos con él y fortalecemos nuestra amistad con él.

