Textos extraídos del Misalito “Sobre tu Palabra” mayo-junio de 2024
Domingo de Pentecostés (s) (B)
propio
Misa vespertina con la celebración prolongada de la vigilia
PRIMERA LECTURA
Del libro del Génesis (Gn 11,1-9)
Toda la tierra tenía una sola lengua y unas mismas palabras. Al emigrar desde Oriente, los hombres encontraron una llanura en la región de Senaar y se establecieron allí. Se dijeron unos a otros: «Vamos, fabriquemos ladrillos y cozámoslos al fuego». El ladrillo les servía de piedra y el betún, de argamasa. Después dijeron: «Vamos, construyamos una ciudad y una torre cuya cima llegue hasta el cielo, y hagámonos famosos, para no dispersarnos por toda la tierra». Pero el Señor bajó a ver la ciudad y la torre que los hijos de los hombres estaban construyendo. El Señor dijo: «He aquí que forman un solo pueblo y tienen todos una sola lengua; este es el comienzo de su obra, y ahora nada de lo que se propongan hacer les resultará imposible. Bajemos, pues, y confundamos su lengua, para que no se entiendan unos a otros». El Señor los dispersó desde allí por toda la tierra y dejaron de construir la ciudad. Por eso se la llamó Babel, porque allí el Señor confundió la lengua de toda la tierra, y desde allí el Señor los dispersó por toda la tierra. – Palabra de Dios.
Comentario a la primera lectura
La obra del Espíritu Santo busca llevar a plenitud en nosotros la imagen y semejanza de Dios, impresas en nosotros en la creación, mientras que la lógica mundana busca la realización de uno mismo en el olvido y la indiferencia hacia Dios, como si no mereciera ningún interés en la vida del hombre, tal como sucedió con la construcción de la torre de Babel. El hombre sigue queriendo construir con sus propias fuerzas la torre de Babel, para alcanzar por sí mismo la altura de Dios, para ser como Dios. Babel es la antipentecostés que genera desesperación e incomunicación: el hombre nunca se encontrará a sí mismo permaneciendo encerrado en sí, sino solo saliendo de sí mismo. Es absurdo vivir para hacerse un nombre construyendo una torre estúpida, pero no es imposible pasar la vida haciéndolo. No es imposible vivir de la posesión y la vanagloria, desperdiciando la propia vida; al contrario, es bastante frecuente. Al final, cada uno habla la lengua de su propia torre. Dios viene en nuestra ayuda visitándonos con el aguijón de la soledad, para que despierte en nosotros la nostalgia de un bien mayor.
SEGUNDA LECTURA
Del libro del Éxodo (Ex 19,3-8a.16-20b)
En aquellos días, Moisés subió hacia Dios, y el Señor lo llamó desde el monte, diciendo: «Esto dirás a la casa de Jacob y anunciarás a los israelitas: “Vosotros mismos habéis visto lo que hice con Egipto y cómo os llevé sobre alas de águila y os traje hasta mí. Ahora, si escucháis mi voz y guardáis mi alianza, seréis para mí una propiedad particular entre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra. Seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa”. Estas son las palabras que dirás a los israelitas». Moisés fue, convocó a los ancianos del pueblo y les comunicó todas estas palabras, como le había ordenado el Señor. Todo el pueblo respondió a una y dijo: «¡Haremos todo cuanto ha dicho el Señor!». Al tercer día, al amanecer, hubo truenos y relámpagos, una nube espesa sobre el monte y un sonido muy fuerte de cuerno: todo el pueblo que estaba en el campamento se estremeció de temor. Entonces Moisés hizo salir al pueblo del campamento al encuentro de Dios. Se quedaron de pie al pie del monte. El monte Sinaí estaba humeando por completo, porque el Señor había bajado sobre él en el fuego, y de él subía humo como el de un horno: todo el monte temblaba violentamente. El sonido del cuerno se hacía cada vez más intenso: Moisés hablaba y Dios le respondía con voz. El Señor bajó, pues, sobre el monte Sinaí, sobre la cima del monte, y el Señor llamó a Moisés a la cima del monte. –
Palabra de Dios.
Comentario a la segunda lectura
«Vosotros mismos habéis visto […] cómo os llevé sobre alas de águila y os traje hasta mí». Al llevarnos a lo alto, el Señor nos ha enseñado a conocerlo mejor. Las alas del águila son una imagen de grandeza para decir cómo fuimos elevados por el poder divino del amor que nosotros mismos experimentamos. «Bien -dice ahora el Señor-, ahora que habéis llegado, si queréis podemos hacer alianza, podemos sellar un pacto entre nosotros para que seáis mi “propiedad particular entre todos los pueblos”». El término que Dios utiliza para decir “propiedad” (segulláh) era el que usaban los pastores para indicar el grupo de ovejas que les pertenecía precisamente a ellos. Dios eligió un pueblo para que fuera su pueblo, no para excluir a los demás, sino porque a través de él quiere llegar a todos los demás pueblos. Os he elegido -dice el Señor- para alcanzar junto con vosotros al resto del mundo. Aceptar esta alianza significa convertirse en «un reino de sacerdotes y una nación santa». En la nueva alianza, todo esto se ha hecho realidad para la Iglesia.
TERCERA LECTURA
Del libro del profeta Ezequiel (Ez 37,1-14)
En aquellos días, la mano del Señor se posó sobre mí y el Señor me llevó en espíritu y me dejó en medio de la llanura, que estaba llena de huesos; me hizo pasar junto a ellos por todas partes. Vi que eran muchísimos en la extensión del valle y que estaban completamente secos. Me dijo: «Hijo de hombre, ¿podrán revivir estos huesos?». Yo respondí: «Señor Dios, tú lo sabes». Él me replicó: «Profetiza sobre estos huesos y anúnciales: “Huesos secos, escuchad la palabra del Señor. Esto dice el Señor Dios a estos huesos: He aquí que yo haré entrar en vosotros el espíritu y viviréis. Pondré sobre vosotros los tendones y haré crecer sobre vosotros la carne; extenderé sobre vosotros la piel e infundiré en vosotros el espíritu y viviréis. Sabréis que yo soy el Señor”». Yo profeticé como se me había ordenado; mientras profetizaba, oí un ruido y vi un movimiento entre los huesos, que se acercaban unos a otros, cada uno a su correspondiente. Miré, y he aquí que aparecieron sobre ellos los tendones; la carne crecía y la piel los cubría, pero no había espíritu en ellos. Él añadió: «Profetiza al espíritu, profetiza, hijo de hombre, y anúnciale al espíritu: “Esto dice el Señor Dios: Espíritu, ven de los cuatro vientos y sopla sobre estos muertos, para que revivan”». Yo profeticé como me había mandado y el espíritu entró en ellos, volvieron a la vida y se pusieron en pie; era un ejército grande, inmenso. Me dijo: «Hijo de hombre, estos huesos son toda la casa de Israel. He aquí que ellos dicen: “Nuestros huesos están secos, nuestra esperanza se ha desvanecido, estamos perdidos”. Por eso, profetiza y anúnciales: “Esto dice el Señor Dios: He aquí que yo abro vuestros sepulcros, os hago salir de vuestras tumbas, pueblo mío, y os conduzco de nuevo a la tierra de Israel. Reconoceréis que yo soy el Señor cuando abra vuestras tumbas y os haga salir de vuestros sepulcros, pueblo mío. Haré entrar en vosotros mi espíritu y viviréis; os haré descansar en vuestra tierra. Sabréis que yo soy el Señor. Lo he dicho y lo haré”». Oráculo del Señor Dios. – Palabra de Dios.
Comentario a la tercera lectura
¿Qué significa que Jesús ha resucitado? Significa que el amor de Dios es más fuerte que el mal y que la misma muerte; significa que el amor de Dios puede transformar nuestra vida, hacer florecer esas zonas desérticas que existen en nuestro corazón. Esto es la Pascua: es el éxodo, el paso del hombre de la esclavitud del pecado y del mal a la libertad del amor y del bien. Cristo murió y resucitó de una vez para siempre y por todos, pero la fuerza de la resurrección -este paso de la esclavitud del mal a la libertad del bien- debe hacerse realidad en cada tiempo, en los espacios concretos de nuestra existencia, en nuestra vida cotidiana. ¡Cuántos desiertos debe atravesar todavía hoy el ser humano! Sobre todo el desierto que existe dentro de nosotros, cuando falta el amor a Dios y al prójimo, cuando falta la conciencia de ser custodios de todo lo que el Creador nos ha dado y nos da. Sin embargo, la misericordia de Dios puede hacer florecer incluso la tierra más árida, puede devolver la vida a los huesos secos. Dejemos que el poder de Dios transforme también nuestra vida, para convertirnos en instrumentos de esta misericordia.
CUARTA LECTURA
Del libro del profeta Joel (Jl 3,1-5)
Esto dice el Señor: «Derramaré mi espíritu sobre toda persona y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán; vuestros ancianos tendrán sueños y vuestros jóvenes tendrán visiones. También sobre los esclavos y las esclavas derramaré mi espíritu en aquellos días. Haré prodigios en el cielo y en la tierra, sangre, fuego y columnas de humo. El sol se convertirá en tinieblas y la luna en sangre, antes de que llegue el día del Señor, grande y terrible. Todo el que invoque el nombre del Señor se salvará, porque en el monte Sion y en Jerusalén habrá salvación, como ha dicho el Señor, también para los supervivientes a quienes el Señor haya llamado». – Palabra de Dios.
Comentario a la cuarta lectura
«Derramaré mi espíritu sobre toda persona y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán». Profetizar significa ser verdaderamente instrumentos de una acción divina. El profeta es el instrumento por medio del cual Dios obra, habla y actúa, dando así forma a la historia humana. El mensaje es claro y, al mismo tiempo, desconcertante: Dios vive a través de nosotros. Esta es nuestra vocación: dejar que Dios actúe libremente a través de todo lo que somos. Como dice una antigua oración, «somos la única Biblia que los pueblos todavía leen, somos el último mensaje de Dios escrito en obras y palabras». Hay un momento de la Misa en el que somos invitados a revivir esta entrega: el ofertorio. El Padre Pío decía que el ofertorio es el momento en que el alma se separa de lo profano. En ese momento, iluminados por la Palabra, nos ofrecemos a Dios: el cuerpo, el espíritu, todo lo que nos sucederá durante el día, la vida, las penas, los dolores, las peticiones, todo. Entramos así en el plan de Dios con nuestra libertad, diciéndole: toda la vida es tuya, asúmela, tómala, transfórmame en ti.
EPÍSTOLA
De la carta del apóstol san Pablo a los Romanos (Rm 8,22-27)
Hermanos, sabemos que toda la creación, en su conjunto, gime y sufre dolores de parto hasta hoy. Y no solo eso, también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos interiormente mientras esperamos la adopción filial, la redención de nuestro cuerpo. Porque en esperanza fuimos salvados. Ahora bien, cuando se ve lo que se espera, ya no es esperanza; en efecto, ¿cómo podría uno esperar lo que ya ve? Pero si esperamos lo que no vemos, lo aguardamos con perseverancia. Del mismo modo, el Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, pues no sabemos pedir como conviene, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables; y el que escruta los corazones sabe cuál es el deseo del Espíritu, porque él intercede por los santos según los designios de Dios. – Palabra de Dios.
Comentario a la Epístola
«En esperanza […] fuimos salvados». Exactamente así. La esperanza cristiana nunca defrauda porque está arraigada en el amor que Dios mismo siente por cada uno de nosotros. La esperanza cristiana es una certeza sobre el futuro, fundada en el don de la gracia que ya experimentamos en el presente; no es simplemente algo, sino alguien, tal como canta Francisco de Asís en las Alabanzas al Dios Altísimo: «¡Tú eres nuestra esperanza!». La esperanza tiene el rostro y el nombre de Jesús. Si no fuera así, sería solo un hermoso sueño del que no tenemos ninguna seguridad. La esperanza es hermosa: es esa virtud teologal infundida en nosotros por Dios, que nos da mucha fuerza para caminar por la vida. La esperanza es contagiosa: si nuestro corazón está lleno de ella, no sabe retenerla, sino que siente que debe llegar a todos. El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, enciende el corazón, ora en nosotros, obra, transforma todo y abre ante nosotros el horizonte de la esperanza y de la redención plena, mientras esperamos que se cumpla la bienaventurada esperanza y venga nuestro salvador Jesucristo.
EVANGELIO
Del Evangelio según san Juan (Jn 7,37-39)
El último día, el más solemne de la fiesta, Jesús, de pie, gritó: «El que tenga sed, que venga a mí y beba el que cree en mí. Como dice la Escritura: de su seno brotarán ríos de agua viva». Esto lo dijo refiriéndose al Espíritu que recibirían los que creyeran en él; pues todavía no había Espíritu, porque Jesús aún no había sido glorificado. – Palabra del Señor.
Comentario al Evangelio del día
El Espíritu Santo es el motor de la vida del cristiano. Es de una potencia inaudita la imagen de Jesús de pie, gritando a viva voz: «El que tenga sed, que venga a mí y beba el que cree en mí. Como dice la Escritura: de su seno brotarán ríos de agua viva». La imagen que se sugiere después, respecto al corazón de Cristo, es la de un corazón que se convierte en fuente del don del Espíritu. Es propio del Espíritu hacer que nuestro corazón, a imagen del de Cristo, sea un manantial de amor, de oración y de testimonio. Quizá necesitemos replantearnos nuestra manera de imaginar el don del Espíritu Santo. El Espíritu -decía un monje- no llena los corazones para atiborrarlos como a los gansos o inflarlos como balones de fútbol, sino para convertirlos en fuente de amor y de oración. Más que un llenarse, lo que el Espíritu obra en nosotros es un vaciamiento, para que pueda brotar en nosotros, como en el corazón de Cristo, con un amor sin retorno. Para estar llenos del Espíritu es necesario, pues, vaciarse de uno mismo, como María, esposa mística del Espíritu Santo.
En la Misa del día
PRIMERA LECTURA
De los Hechos de los Apóstoles (Hch 2,1-11)
Al cumplirse el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar. De repente, se oyó desde el cielo un estruendo, como de un viento impetuoso, y llenó toda la casa donde estaban. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se dividían, y se posaron sobre cada uno de ellos. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse. Residían entonces en Jerusalén judíos devotos procedentes de todas las naciones que hay bajo el cielo. Al oír el ruido, la multitud se congregó y quedó desconcertada, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua. Estaban asombrados y, fuera de sí por la admiración, decían: «¿Acaso no son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno de nosotros los oye hablar en su lengua nativa? Partos, medos y elamitas; habitantes de Mesopotamia, Judea y Capadocia, del Ponto y Asia, de Frigia y Panfilia, de Egipto y de la zona de Libia que limita con Cirene; hay forasteros romanos, judíos y prosélitos; cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de las grandezas de Dios en nuestra propia lengua». – Palabra de Dios.
Comentario a la primera lectura
El día de Pentecostés, el fuego del Espíritu Santo arde en el corazón de los apóstoles, que comienzan a hablar incansable y alegremente de Jesús. Los discípulos están juntos en el cenáculo, en esta «gran sala» donde llega la hora de la unión más profunda con Dios. El cenáculo es un lugar “ya preparado” y, al mismo tiempo, por preparar; es un lugar eucarístico, un lugar sacerdotal, un lugar prodigioso y misionero. Es el lugar de la efusión del Espíritu Santo. Fuera del cenáculo hay una multitud asombrada y maravillada al escuchar, en su propia lengua, el relato de las grandes obras de Dios. Siempre que interviene el Espíritu, el mundo queda estupefacto. Lo hermoso es que Pentecostés no pertenece al ayer, sino que es el hoy de la Iglesia; no es algo circunscrito a una fiesta, puesto que el amor eterno de Dios no puede quedar confinado en un tiempo. El día de Pentecostés, la lengua de los hombres se convierte en la lengua del Espíritu Santo. En la Iglesia, como en toda comunidad, es necesario que este prodigio se renueve siempre. Es más urgente que nunca abrir de par en par las puertas al Espíritu.
SEGUNDA LECTURA
De la carta del apóstol san Pablo a los Gálatas (Ga 5,16-25)
Hermanos, caminad según el Espíritu y no seréis llevados a satisfacer los deseos de la carne. La carne desea contra el Espíritu y el Espíritu desea contra la carne; ambas cosas se oponen entre sí, de modo que no hacéis lo que quisierais. Pero si os dejáis guiar por el Espíritu, no estáis bajo la Ley. Las obras de la carne son bien conocidas: fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, enemistades, discordia, celos, disensiones, divisiones, rivalidades, envidias, borracheras, orgías y cosas semejantes. Y os prevengo, como ya os previne, que quienes hacen estas cosas no heredarán el reino de Dios. En cambio, el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí; contra estas cosas no hay Ley. Los que son de Cristo Jesús han crucificado la carne con sus pasiones y sus deseos. Si vivimos por el Espíritu, marchemos también según el Espíritu. – Palabra de Dios.
Comentario a la segunda lectura
Ya no debemos vivir según la carne, sino según el Espíritu: esto es lo primero que nos dice el Señor. Debemos vivir una vida completamente divina. San Pablo expresa el corazón del Evangelio: la salvación es obra de Jesús gracias a la fe, es decir, a una adhesión total a la persona de Jesús. Por eso los cristianos han recibido un Espíritu nuevo, el Espíritu de Cristo, que nos hace hijos y ya no esclavos, sino libres. El Evangelio se convierte así en fuerza de Dios para la salvación, una fe que exige someterse a Jesús como Señor y abrirse al Espíritu; por eso exhorta a los cristianos a vivir según el Espíritu y ya no según la carne. Dejémonos guiar por el Espíritu, invoquémoslo en nuestra vida cada día: solo con su ayuda podremos vencer nuestras dificultades, cadenas y tentaciones. El amor, la paz, la alegría y el dominio de sí no proceden de la carne ni de nuestros esfuerzos, sino directamente del Espíritu Santo, a quien invocamos día tras día. Al final de cada Misa, la invitación a ir en paz es una invitación a «caminar según el Espíritu». La finalidad de la Misa no es otra que caminar en una vida nueva.
EVANGELIO DEL DÍA
Del Evangelio según san Juan (Jn 15,26-27;16,12-15)
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Cuando venga el Paráclito, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí; y también vosotros daréis testimonio, porque estáis conmigo desde el principio. Todavía tengo muchas cosas que deciros, pero por ahora no podéis cargar con ellas. Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena, porque no hablará por cuenta propia, sino que dirá todo lo que haya oído y os anunciará lo que ha de venir. Él me glorificará, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que recibirá de lo mío y os lo anunciará». – Palabra del Señor.
Comentario al Evangelio del día
En el don del Espíritu Santo se realiza el encuentro de cada alma con Dios; o mejor dicho, no un simple encuentro, sino el misterio de la participación personal de cada uno de nosotros en la vida íntima de Dios. En el don del Espíritu hemos sido atraídos al seno de la Trinidad divina. ¿Cómo es posible que un hombre se conforme con ser solo hombre? Aun conscientes de todos nuestros límites, estamos llamados a abrir el abismo de nuestra alma para acoger a Dios en nosotros, para sentirnos “llenos” de él. Él siempre llena de sí mismo: solo Dios puede llenar. Este es el misterio de Pentecostés. Vivimos el don de Dios en el misterio de una vida pobre. Estamos verdaderamente llenos y conducidos por la irrupción del Espíritu Santo hacia la verdad plena. La verdad no es una definición sobre la vida, sino una persona viva, es Jesús: el Espíritu nos une íntimamente a él y nos concede vivir la vida de la eternidad. ¿Qué es la vida de la eternidad sino la vida de Dios? Esta es nuestra vocación: la vida trinitaria. Cada uno de nosotros está llamado a vivir la vida de Dios. Nuestra vocación es Dios mismo, ser él, vivirlo a él. A esto nos llama nuestra vocación.

