Textos extraídos del Misalito “Sobre tu Palabra” enero-febrero de 2022
7.º domingo del Tiempo Ordinario (C)
3.ª sem. del salterio
PRIMERA LECTURA
Del primer libro de Samuel (1Sam 26,2.7-9.12-13.22-23)
En aquellos días, Saúl se puso en camino y bajó al desierto de Zif, llevando consigo tres mil hombres escogidos de Israel, para buscar a David en el desierto de Zif. David y Abisay se infiltraron de noche entre aquella gente y vieron que Saúl dormía profundamente entre los bagajes, con su lanza clavada en tierra junto a su cabeza, mientras Abner y la tropa dormían alrededor. Abisay dijo a David: «Hoy Dios ha puesto a tu enemigo en tus manos. Déjame que lo clave en tierra con la lanza de un solo golpe y no tendré que darle un segundo». Pero David respondió a Abisay: «¡No lo mates! ¿Quién puede atentar impunemente contra el ungido del Señor?». David tomó la lanza y el jarro de agua que estaban junto a la cabeza de Saúl, y ambos se marcharon; nadie vio, nadie se dio cuenta, nadie se despertó: todos dormían, porque había caído sobre ellos un sopor enviado por el Señor. David pasó al otro lado y se detuvo lejos, en la cima del monte; había una gran distancia entre ellos. David gritó: «Aquí está la lanza del rey: que venga uno de los servidores a recogerla. El Señor dará a cada uno según su justicia y su fidelidad, pues hoy el Señor te había puesto en mis manos, pero yo no quise atentar contra el ungido del Señor».
Comentario a la primera lectura
El rey Saúl busca a David para matarlo. Aunque había liberado al pueblo del gigante Goliat y siempre había dado prueba de fidelidad y modestia, David es objeto de los celos de Saúl. Llega el momento en que David puede poner fin a esta persecución, al lograr acercarse al campamento donde el rey Saúl duerme. Pero no quiere atentar contra el rey, porque es el ungido del Señor. Esta nobleza de espíritu nos habla también de la importancia de la sacralidad del cargo. David deja que sea Dios quien juzgue: no quiere hacerse culpable de la muerte de un hombre elegido por Dios para guiar a la nación. San Pablo retoma el tema cuando exhorta a no hacer justicia por cuenta propia en las diversas disputas con el prójimo, sino a reaccionar ante las injusticias con amor y perdón, dejando el juicio a Dios: «No os toméis la justicia por vuestra mano, queridos hermanos, sino dejad actuar a la justicia divina. Al contrario, si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber. No te dejes vencer por el mal, sino vence el mal con el bien» (cf. Rom 12,19-21).
SEGUNDA LECTURA
De la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (1Cor 15,45-49)
Hermanos, el primer hombre, Adán, se convirtió en un ser viviente; el último Adán, en cambio, se convirtió en espíritu vivificante. No existió primero lo espiritual, sino lo animal, y después lo espiritual. El primer hombre, hecho de la tierra, es terreno; el segundo hombre viene del cielo. Como es el hombre terreno, así son los de la tierra; y como es el hombre celestial, así son también los celestiales. Y como fuimos semejantes al hombre terreno, seremos también semejantes al hombre celestial.
Comentario a la segunda lectura
¡Qué gran diferencia cualitativa hay entre Adán, y por tanto también todos nosotros, y el hombre-Jesús! Adán fue creado, formado del barro, con un cuerpo «animal», mientras que Jesús, aunque tiene un cuerpo semejante al nuestro, viene del cielo, porque es Dios: su cuerpo es celestial. Sin embargo, esta clara separación fue superada -y este es el gran mensaje cristiano- por la resurrección del Señor y el don del Espíritu. En el Bautismo recibimos el mismo Espíritu que está en Jesús, el Espíritu Santo, por cuya virtud nuestro hombre terreno y carnal se vuelve espiritual. Durante la vida debemos conformarnos al Espíritu que impulsa e invoca la purificación. Se nos dice, por tanto, que después de la muerte tendremos un cuerpo espiritual, semejante al de Jesús, ya no sujeto a la materialidad ni a las necesidades del tiempo. Mientras estamos vivos, tenemos la tarea de entrar en esta realidad mediante los actos de amor, para transformar cada vez más lo carnal en espiritual. Esta es nuestra condición: «Nuestro hombre exterior se va desmoronando, pero el interior se renueva día a día» (2Cor 4,16).
EVANGELIO DEL DÍA
Del Evangelio según san Lucas (Lc 6,27-38)
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «A vosotros que me escucháis os digo: amad a vuestros enemigos, haced el bien a quienes os odian, bendecid a quienes os maldicen, orad por quienes os tratan mal. Al que te golpee en una mejilla, ofrécele también la otra; al que te quite el manto, no le niegues tampoco la túnica. Da a todo el que te pida, y al que se lleve lo tuyo no se lo reclames. Y así como queréis que los hombres hagan con vosotros, hacedlo también vosotros con ellos. Si amáis a quienes os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores aman a quienes los aman. Y si hacéis el bien a quienes os hacen el bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores hacen lo mismo. Y si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a los pecadores para recibir otro tanto. Amad, en cambio, a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada, y vuestra recompensa será grande y seréis hijos del Altísimo, porque él es bueno con los ingratos y los malvados. Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso. No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados. Dad y se os dará: recibiréis una medida buena, apretada, colmada y rebosante, porque con la medida con que midáis se os medirá a vosotros».
Comentario al Evangelio del día
En el Evangelio de Lucas, el famoso «discurso de la montaña», tan bien organizado en el Evangelio de Mateo, aparece en cambio dividido en distintos momentos de la predicación de Jesús. Pero el tema es el mismo: la nueva ley del verdadero hijo de Dios. La conducta del hijo de Dios debe ser la de Jesús: él perdona, ama, es bondadoso, desinteresado, se preocupa más por el bien del otro que por el propio y vive solo para hacer felices a los demás. Solo la bondad conquista. Un amor normal no convence, mientras que la bondad sobrenatural atrae las almas hacia Dios. Los hombres ven en nosotros una fuerza nueva que ellos no tienen, porque el mundo no puede dar lo que no posee. La bondad sin medida es el carácter divino de la vida: nunca nos arrepentiremos de haber sido buenos, tolerantes, pacientes, llenos de reverencia y amabilidad hacia nuestro prójimo, sea quien sea. Para vivir a este nivel no basta la buena voluntad: es necesario orar y pedir cada día a Jesús su Espíritu. Si hasta ahora hemos sido «normales», comencemos entonces a ser cristianos: amemos a los enemigos, no condenemos, perdonemos, no juzguemos; Dios nos ayudará en esto y el mundo se dará cuenta de que los cristianos son la sal de la tierra y la luz del mundo.

