5.º domingo de Cuaresma (B)
1.ª sem. salterio
Textos extraídos del Misalito «Sobre tu Palabra», marzo-abril de 2021.
Con el transcurso del tiempo y de la vida nos acercamos cada vez más al corazón del año litúrgico: solo faltan ocho días para el comienzo de la Semana Santa. Las lecturas de hoy nos recuerdan cuán fiel es Dios a sus promesas y que su última palabra son el perdón y la misericordia. El Señor nos promete: «Donde yo esté, allí estará también mi servidor». En cada gesto de servicio realizado junto al Señor, que fue el primero en hacerse servidor, se nos concede participar de su señorío de amor, de su dignidad real, de su vida gloriosa. No se trata de confiar en nuestras actitudes heroicas, sino en la invocación constante y ferviente del Espíritu que Jesús prometió a todo aquel que desea seguir sus huellas.
PRIMERA LECTURA
Del libro del profeta Jeremías (Jr 31,31-34)
He aquí que vienen días -oráculo del Señor-, en los cuales estableceré con la casa de Israel y con la casa de Judá una alianza nueva. No será como la alianza que establecí con sus padres, cuando los tomé de la mano para sacarlos de la tierra de Egipto, alianza que ellos rompieron, aunque yo fuera su Señor. Oráculo del Señor. Esta será la alianza que estableceré con la casa de Israel después de aquellos días -oráculo del Señor-: pondré mi ley en su interior y la escribiré en su corazón. Entonces yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo. Ya no tendrán que instruirse unos a otros, diciendo: «Conozcan al Señor», porque todos me conocerán, desde el más pequeño hasta el más grande -oráculo del Señor-, pues perdonaré su iniquidad y no recordaré más su pecado. -Palabra de Dios.
Comentario a la primera lectura
Escuchamos, en este último domingo de Cuaresma, la promesa de Dios que se cumple en Cristo Jesús. La ley escrita en piedra se escribirá en el corazón de los hombres cuando se cumpla el éxodo pascual, el paso de la muerte a la vida, la liberación de la esclavitud del pecado, con la muerte y resurrección de Jesús. Los hombres que siempre han intentado conocer lo divino, caminando a tientas en la oscuridad, ahora, por medio del Hijo, pueden conocer el amor de Dios y dejar que la fuerza de este amor venza todo miedo, toda resistencia, y convierta los corazones, incluso los más endurecidos. Es la fuerza del perdón, la misericordia de Dios que nos salva. Y no es solo una cuestión personal, sino la historia de la Iglesia: nace el nuevo pueblo que pertenece a Dios; significa que en la Iglesia cada cristiano ya no debería tener miedo de perder su autonomía y libertad si obedece la palabra de Dios, sino que se alegra de pertenecerle, como los esposos se alegran de pertenecerse el uno al otro, de unirse y estrechar un vínculo que no da miedo, sino que es signo de un amor grande y fiel.
SEGUNDA LECTURA
De la carta a los Hebreos (Heb 5,7-9)
Cristo, en los días de su vida terrena, ofreció oraciones y súplicas, con fuertes gritos y lágrimas, a Dios, que podía salvarlo de la muerte y, por su plena entrega a él, fue escuchado. Aunque era Hijo, aprendió la obediencia por lo que padeció y, llevado a la perfección, se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen. -Palabra de Dios.
Comentario a la segunda lectura
En el centro está la figura del Christus patiens, el Jesús sufriente, solidario con nuestra humanidad. A todos nos sucede, en algunos momentos de la vida, padecer un gran sufrimiento y nos parece sentir un desgarro dentro del corazón, un dolor que provoca «fuertes gritos y lágrimas». Jesús quiso compartir la fragilidad humana, pero nos mostró cómo se vive este sufrimiento cuando se permanece en el amor del Padre; nos dio ejemplo con su «plena entrega» en las manos del Padre, que no le evitó la muerte física -signo de la plena fraternidad de Jesús con la humanidad-, y que lo devolvió a la vida gloriosa en la Pascua, signo de su divinidad. Entrega que significa plena confianza, pero también adhesión total al proyecto de amor y salvación del Padre para toda la humanidad. Se entregó porque sabía con certeza que el Padre lo escucharía, pero también porque quería que tú no te sintieras solo ni abandonado en el sufrimiento. Quería que también tú pudieras confiar y atravesar como él y con él la oscuridad para alcanzar la luz. Jesús te ama y quiere salvarte.
EVANGELIO DEL DÍA
Del Evangelio según san Juan (Jn 12,20-33)
En aquel tiempo, entre los que habían subido para adorar durante la fiesta había también algunos griegos. Estos se acercaron a Felipe, que era de Betsaida de Galilea, y le pidieron: «Señor, queremos ver a Jesús». Felipe fue a decírselo a Andrés, y luego Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús. Jesús les respondió: «Ha llegado la hora de que el Hijo del hombre sea glorificado. En verdad, en verdad les digo: si el grano de trigo, al caer en tierra, no muere, queda solo; pero si muere, produce mucho fruto. El que ama su vida, la pierde, y el que aborrece su vida en este mundo, la conservará para la vida eterna. Si alguno quiere servirme, que me siga, y donde yo esté, allí estará también mi servidor. Si alguno me sirve, el Padre lo honrará. Ahora mi alma está turbada; ¿qué diré? ¿Padre, sálvame de esta hora? Pero precisamente para esto he llegado a esta hora. ¡Padre, glorifica tu nombre!». Entonces vino una voz del cielo: «Lo he glorificado y lo glorificaré de nuevo». La multitud, que estaba allí y había oído, decía que había sido un trueno. Otros decían: «Un ángel le ha hablado». Jesús dijo: «Esta voz no ha venido por mí, sino por ustedes. Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será expulsado. Y yo, cuando sea elevado de la tierra, atraeré a todos hacia mí». Decía esto para indicar de qué muerte iba a morir. -Palabra del Señor.
Comentario al Evangelio del día
Algunos paganos, que están en Jerusalén para la fiesta, van a Felipe y le piden ver a aquel rabino tan famoso. Felipe, un poco indeciso, porque la petición va contra la ley judía, va a consultar a Andrés y juntos se acercan a Jesús. Saben que probablemente también esta vez el Maestro irá más allá de la letra de la ley y dará una respuesta llena de sentido: no de sentido común, sino del significado profundo de la vida. Y, en efecto, Jesús aprovecha la ocasión para revelar mediante una comparación el sentido de su pasión y muerte. Su muerte es una siembra, en la que la semilla debe caer en tierra, morir y dar origen a una nueva planta que multiplica las semillas en la espiga. La verdadera muerte es la esterilidad de quien no da, de quien no entrega su vida, sino que quiere conservarla en una búsqueda obsesiva de su propio bienestar. Generamos vida no solo cuando traemos un hijo al mundo, sino también cada vez que deseamos la vida abundante, para nosotros y para los demás, y buscamos entregarla con la fuerza creativa del amor. «Y yo, cuando sea elevado de la tierra», como la serpiente elevada por Moisés, «atraeré a todos hacia mí». También tú podrás verlo en la cruz, mientras entrega su vida; pero ¿te dejarás atraer por él?

