Liturgia della domenica - Messalino — Liturgia della domenica: 21 settembre 2025
Liturgia del domingo 21 de septiembre de 2025
Tempo di lettura: 5 min
Autore: Editrice Shalom
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Textos extraídos del Misalito “Sobre Tu Palabra”, septiembre-octubre de 2025
25.º domingo del Tiempo Ordinario (C) – 1.ª sem. sal.
Primera lectura
Del libro del profeta Amós (Am 8,4-7)
El Señor me dijo: «Escuchen esto, ustedes que pisotean al pobre y exterminan a los humildes del país, ustedes que dicen: “¿Cuándo pasará la luna nueva para que podamos vender el grano? ¿Y el sábado, para que podamos comerciar el trigo, disminuyendo la medida y aumentando el siclo, usando balanzas falsas, para comprar con dinero a los indigentes y al pobre por un par de sandalias? ¡Venderemos también los desechos del trigo!”». El Señor lo jura por el orgullo de Jacob: «Jamás olvidaré ninguna de sus acciones».
Palabra de Dios.
Comentario a la primera lectura
El texto de la primera lectura está tomado del profeta Amós y es un fuerte llamado contra la mercantilización de la persona: «Ustedes que pisotean al pobre y exterminan a los humildes»; engañan a la gente en sábado comerciando «el trigo, disminuyendo la medida y aumentando el siclo, usando balanzas falsas…». Amós sacude la conciencia de los ricos de su tiempo, pero ese grito de denuncia llega hoy al oído de nuestro corazón y nos obliga a preguntarnos hasta qué punto somos honestos en nuestra relación con los demás, conscientes de que el Señor Dios «jamás olvidará ninguna de sus acciones». Una voz, por tanto, que pone al descubierto los sentimientos de los hombres de aquel tiempo, pero también los nuestros; que interpela su inteligencia y conciencia, así como las nuestras, porque el Señor Dios defiende a los huérfanos y a las viudas, la suerte de cuantos son humillados y abandonados, tal como lo atestigua la oración del salmo: «El Señor Dios se sienta en lo alto, se inclina para mirar… levanta del polvo al débil…».
Segunda lectura
De la primera carta del apóstol san Pablo a Timoteo (1Tm 2,1-8)
Hijo mío, recomiendo, ante todo, que se hagan súplicas, oraciones y acciones de gracias por todos los hombres, por los reyes y por todos los que ejercen el poder, para que podamos llevar una vida tranquila y serena, digna y dedicada a Dios. Esto es bueno y agradable ante Dios, nuestro salvador, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Porque hay un solo Dios y también un solo mediador entre Dios y los hombres: el hombre Cristo Jesús, que se entregó a sí mismo como rescate por todos. Este es el testimonio dado a su debido tiempo, y para el cual yo fui constituido mensajero y apóstol -digo la verdad, no miento-, maestro de los paganos en la fe y en la verdad. Quiero, pues, que en todo lugar los hombres oren, elevando al cielo manos puras, sin ira ni contiendas.
Palabra de Dios.
Comentario a la segunda lectura
En la carta, Pablo anima a la comunidad guiada por Timoteo a concentrarse en la oración, abrazando indistintamente a todas las personas y todas las realidades, comenzando por los responsables: «Oraciones… por todos los hombres, por los reyes y por todos los que ejercen el poder». Si nos detenemos en esta parte del versículo, puede parecer que Pablo invita a ceder ante el poder humano, pero la segunda parte ayuda a comprender el motivo de tal petición: «Para que podamos llevar una vida tranquila y serena, digna y dedicada a Dios». La oración, por tanto, tiene como finalidad lograr que quienes nos gobiernan ofrezcan buenos frutos. Un compromiso cuya finalidad última es «que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad». Un llamado dirigido hoy a nosotros para que oremos por nuestros gobernantes y por cuantos, por diversos motivos, tienen responsabilidades, aprendiendo a orar «en todo lugar… elevando al cielo manos puras, sin ira ni contiendas».
Evangelio
Del Evangelio según san Lucas (Lc 16,1-13)
En aquel tiempo, Jesús decía a sus discípulos: «Un hombre rico tenía un administrador, y este fue acusado ante él de malgastar sus bienes. Lo llamó y le dijo: “¿Qué es lo que oigo decir de ti? Rinde cuentas de tu administración, porque ya no podrás administrar”. El administrador se dijo a sí mismo: “¿Qué haré ahora que mi señor me quita la administración? Para cavar no tengo fuerzas; mendigar me da vergüenza. Ya sé lo que haré para que, cuando sea apartado de la administración, haya alguien que me reciba en su casa”. Llamó uno por uno a los deudores de su señor y dijo al primero: “¿Cuánto debes a mi señor?”. Este respondió: “Cien barriles de aceite”. Él le dijo: “Toma tu recibo, siéntate enseguida y escribe cincuenta”. Después dijo a otro: “Y tú, ¿cuánto debes?”. Respondió: “Cien medidas de trigo”. Él le dijo: “Toma tu recibo y escribe ochenta”. El señor elogió a aquel administrador deshonesto, porque había actuado con astucia. Porque los hijos de este mundo son más astutos con los de su generación que los hijos de la luz. Y yo les digo: háganse amigos con el dinero deshonesto, para que, cuando este llegue a faltar, los reciban en las moradas eternas. El que es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho; y el que es deshonesto en lo poco, también es deshonesto en lo mucho. Si no fueron fieles con el dinero deshonesto, ¿quién les confiará el verdadero? Y si no fueron fieles con lo ajeno, ¿quién les dará lo que les pertenece? Ningún servidor puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o se apegará a uno y despreciará al otro. No pueden servir a Dios y al dinero».
Palabra del Señor.
Comentario al Evangelio
Aquel Salvador de los pequeños y de los pobres anunciado y esperado por el profeta Amós encuentra respuesta en Jesús, quien pone al descubierto la conducta incorrecta de quienes se aprovechan de los demás, pensando que quedarán impunes: «¿Qué es lo que oigo decir de ti? Rinde cuentas de tu administración, porque ya no podrás administrar». El administrador, al no saber hacer otro trabajo, se ocupó de “descontar” lo adeudado a cada deudor: «“¿Cuánto debes a mi señor?”… “Cien barriles…”. Él le dijo: “Siéntate enseguida y escribe cincuenta”… El señor elogió a aquel administrador deshonesto, porque había actuado con astucia». A primera vista parecería que el señor elogia la deshonestidad, pero en realidad es probable que el administrador hubiera aumentado la deuda con algún porcentaje adicional que se quedaba para sí. De este modo, al comprender que había sido descubierto, consideró oportuno devolver la deuda a su valor justo. Esta es la astucia: reconocer el error, cambiar… convertirse, pues, como concluye el texto del Evangelio, «no pueden servir a Dios y al dinero». ¿Tengo la humildad de reconocer el error en la manera en que administro los dones de Dios y de poner la lógica del Evangelio en el centro de mi vida?
