Textos extraídos del Misal “Sobre tu Palabra”, enero-febrero de 2023
3.er domingo del Tiempo Ordinario (A)
3.ª sem. del salterio
PRIMERA LECTURA
Del libro del profeta Isaías (Is 8,23b-9,3 )
En otro tiempo el Señor humilló la tierra de Zabulón y la tierra de Neftalí, pero en el futuro llenará de gloria el camino del mar, al otro lado del Jordán, la Galilea de las naciones. El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz; sobre los que habitaban en tierra tenebrosa brilló una luz. Multiplicaste la alegría, aumentaste el gozo. Se alegran en tu presencia como se alegra quien cosecha y como se regocija quien reparte el botín. Porque quebraste el yugo que lo oprimía, la vara sobre sus hombros y el bastón de su opresor, como en el día de Madián. - Palabra de Dios.
Comentario a la primera lectura
En este vaticinio el profeta hace referencia a una región geográfica muy concreta: Galilea. Precisamente de esa región, considerada “tenebrosa”, saldrá la luz del mundo: Dios, que se revelará al venir a la tierra como hombre. A este primer anuncio le sigue inmediatamente otro: la multiplicación de la alegría. La alegría interior es el signo de la presencia de Dios en el corazón del hombre. En el Antiguo Testamento esta alegría solo se anuncia; en el tiempo de la Iglesia se realiza. Debemos preguntarnos si ese sentimiento está en nosotros o si nos dejamos dominar por las preocupaciones del mundo. La alegría cristiana viene de dentro; la que da el mundo va y viene, y no ofrece ninguna certeza de salvación eterna. La alegría cristiana es la que Dios nos transmitió con el don del Espíritu Santo. Si no la tenemos, simplemente debemos pedirla insistentemente, invocar al Espíritu Santo y alabar al Señor. La tristeza, decía san Francisco de Asís, es característica de Satanás y de quienes están con él. Dios, en cambio, da la alegría y la multiplica cada vez que lo encontramos en la Eucaristía.
SEGUNDA LECTURA
De la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (1Cor 1,10-13.17)
Os exhorto, hermanos, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, a que todos habléis de acuerdo, para que no haya divisiones entre vosotros, sino que estéis perfectamente unidos en un mismo pensar y sentir. Pues, hermanos, los de la familia de Cloe me han informado de que hay discordias entre vosotros. Me refiero a eso de que cada uno de vosotros dice: «Yo soy de Pablo», «Yo, en cambio, de Apolo», «Yo, en cambio, de Cefas», «Y yo, de Cristo». ¿Está dividido Cristo? ¿Acaso Pablo fue crucificado por vosotros? ¿O fuisteis bautizados en nombre de Pablo? Cristo no me envió a bautizar, sino a anunciar el Evangelio, y no con sabiduría de palabras, para que no se haga vana la cruz de Cristo. - Palabra de Dios.
Comentario a la segunda lectura
La unidad de la Iglesia es la garantía de que el Espíritu Santo habita en ella y actúa en ella. La discordia, por el contrario, revela que algo no va bien, y que se trata de algo grave. En la carta a los Gálatas, san Pablo incluye la discordia en la lista de las “obras de la carne”. “Carne”, en el lenguaje bíblico, significa el mundo corrompido por el pecado, no redimido, que rechaza la luz de Cristo. Generalmente, cuando oímos hablar de “obras de la carne”, pensamos en los pecados de la sexualidad y la codicia, pero el Apóstol no lo entendía así: la discordia, la división y las facciones son todas obras de la carne. Por tanto, la falta de concordia es algo grave. Cuando hay opiniones divergentes, los cristianos deben encontrar la unidad dirigiendo su atención hacia la verdad, que es Cristo, y, si se invoca al Espíritu, al final se realiza la unión tanto de intenciones como de pensamiento. Preguntémonos también nosotros, entonces, si hay divisiones en nuestras comunidades parroquiales, grupos religiosos… si hemos hecho todo lo posible por converger en Cristo y salvaguardar la unidad. Si no, seguimos viviendo en la “carne”.
EVANGELIO DEL DÍA
Del Evangelio según san Mateo (Mt 4,12-23)
Cuando Jesús se enteró de que Juan había sido arrestado, se retiró a Galilea, dejó Nazaret y se estableció en Cafarnaúm, junto al mar, en el territorio de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías: «Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de las naciones. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una gran luz; para los que habitaban en tierra y sombra de muerte, una luz amaneció». Desde entonces Jesús comenzó a predicar diciendo: «Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos». Mientras caminaba junto al mar de Galilea, vio a dos hermanos, Simón, llamado Pedro, y Andrés, su hermano, que estaban echando la red en el mar, pues eran pescadores. Y les dijo: «Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres». Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Y, pasando adelante, vio a otros dos hermanos, Santiago, hijo de Zebedeo, y Juan, su hermano, que estaban en la barca con Zebedeo, su padre, reparando las redes, y los llamó. Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron. Jesús recorría toda Galilea, enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia del pueblo. - Palabra del Señor.
Comentario al Evangelio del día
Las tribus de Zabulón y Neftalí son las más periféricas. Alejadas de Jerusalén, en la frontera septentrional con regiones paganas, han sufrido más que otras la influencia de esos pueblos y, por ello, se las considera menos “puras”, religiosas y fervorosas. El mismo Natanael se muestra sorprendido de que el Mesías pueda venir de Nazaret, es decir, de aquellas regiones. Pero la elección de Dios no es como la humana: nace en una cueva, crece precisamente en las tierras menos consideradas y se humilla haciéndose pobre entre los pobres. San Pablo dice que esta manera de actuar de Dios revela su identidad, porque el amor es humilde y Dios es amor. ¿Y los primeros llamados son quizá valerosos soldados? ¿Jóvenes graduados? No, son pescadores semianalfabetos. La elección de Dios sigue siempre el mismo criterio. Los pobres son quienes pueden contar únicamente con la confianza en Dios, porque no tienen dinero ni prestigio. Para ellos es más fácil confiar totalmente en Dios, y precisamente eso necesita Jesús. La grandeza del hombre es, entonces, completamente interior: es la nobleza del alma, es la riqueza del corazón. De estas virtudes están llenos Pedro, Andrés y los demás. Y se convierten en los apóstoles, aquellos sobre quienes se funda la Iglesia y la transmisión de la fe.

