Textos extraídos del Misalito “Sobre tu Palabra” septiembre-octubre de 2024
25.º domingo del Tiempo Ordinario (B)
1.ª sem. salt.
PRIMERA LECTURA
Del libro de la Sabiduría (Sab 2,12.17-20)
[Dijeron los impíos:] «Pongamos trampas al justo, que nos resulta incómodo y se opone a nuestras acciones; nos reprocha las faltas contra la ley y nos echa en cara las transgresiones contra la educación recibida. Veamos si sus palabras son verdaderas, consideremos lo que le sucederá al final. Si el justo es hijo de Dios, él lo auxiliará y lo librará de las manos de sus adversarios. Pongámoslo a prueba con ultrajes y tormentos, para conocer su mansedumbre y probar su paciencia. Condenémoslo a una muerte infame, pues, según sus palabras, el socorro le llegará». – Palabra de Dios.
Comentario a la primera lectura
Cuando la bondad de una persona se manifiesta en medio de un grupo, contra ella se desatan los malos sentimientos de los demás. Si en un convento de frailes hay un santo, puede que alguien sienta una sutil molestia, por el simple hecho de que las virtudes del santo ponen de relieve su mediocridad personal. Si todo es gris, plano, normal, entonces se puede vivir “bien” y nuestra conciencia no nos reprocha nada, pero si surge en nuestro grupo alguien que siempre está dispuesto a servir, que ayuda a todos, que nunca se enfada, cuya oración obtiene milagros y que reacciona de manera maravillosa ante las adversidades, podemos tener estos sentimientos: o sentimos que debemos imitar sus virtudes y, por tanto, damos gracias al Señor por habernos dado una persona extraordinaria que vive cerca de nosotros, o nos molestamos hasta el punto de querer quitar de en medio a quien, ante nuestros ojos, nos recuerda constantemente nuestra mediocridad e insuficiencia. El santo nos impulsa a ser santos, y de ahí procede la lucha eterna entre el bien y el mal, que dentro de nosotros se disputan la primacía.
SEGUNDA LECTURA
De la carta del apóstol Santiago (Sant 3,16 – 4,3)
Hermanos míos, donde hay celos y espíritu de contienda, hay desorden y toda clase de malas acciones. En cambio, la sabiduría que viene de lo alto es, ante todo, pura; luego pacífica, amable, dócil, llena de misericordia y de buenos frutos, imparcial y sincera. Para quienes trabajan por la paz se siembra en la paz un fruto de justicia. ¿De dónde proceden las guerras y las disputas que hay entre vosotros? ¿No proceden acaso de vuestras pasiones, que hacen la guerra en vuestros miembros? Codiciáis y no podéis poseer; matáis, sentís envidia y no podéis conseguir; combatís y hacéis la guerra. No tenéis porque no pedís; pedís y no recibís porque pedís mal, para satisfacer vuestras pasiones. – Palabra de Dios.
Comentario a la segunda lectura
La carta de Santiago retoma el tema de la primera lectura de hoy: el combate espiritual entre el bien y el mal. Pero nos dice algo nuevo: la sabiduría (es decir, la bondad) no la encontramos dentro de nosotros como algo inmediato y espontáneo, sino que “viene de lo alto”, de Dios. La bondad de Dios nos es dada y nosotros la recibimos. Para combatir las diversas pasiones es necesario, entonces, pedir, suplicar humildemente y obtener el Espíritu de Dios, que apaga el fuego de los afanes y transforma las disputas y las guerras en actos de bondad y misericordia. Por nosotros mismos no ganamos ninguna batalla espiritual ni superamos ninguna inclinación pecaminosa. «No tenéis porque no pedís», nos dice Santiago. Más claro, imposible. La vida espiritual tiene en la oración de petición su fundamento, porque ni siquiera poseemos el aliento que exhalamos en este momento y tampoco gobernamos el latido del corazón que ahora mismo sentimos en el pecho. Todo nos es dado, pero se trata de una necesidad de amor, y en el amor pedimos humildemente todas las cosas. Solo el orgulloso nunca pide nada, ni siquiera ser salvado.
EVANGELIO DEL DÍA
Del Evangelio según san Marcos (Mc 9,30-37)
En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos atravesaban Galilea, pero él no quería que nadie lo supiera. Pues enseñaba a sus discípulos y les decía: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres y lo matarán; pero, una vez muerto, a los tres días resucitará». Sin embargo, ellos no entendían estas palabras y tenían miedo de preguntarle. Llegaron a Cafarnaún. Cuando estuvo en casa, les preguntó: «¿De qué discutíais por el camino?». Ellos callaban. Por el camino, en efecto, habían discutido entre ellos quién era el más importante. Se sentó, llamó a los Doce y les dijo: «Si uno quiere ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos». Y tomando a un niño, lo puso en medio de ellos y, abrazándolo, les dijo: «El que acoge a uno solo de estos niños en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, no me acoge a mí, sino al que me ha enviado». – Palabra del Señor.
Comentario al Evangelio del día
¿Por qué los apóstoles no entendieron las palabras tan claras del Señor? Si yo le digo a un amigo que dentro de pocos meses seré arrestado por la policía y luego moriré en la cárcel, no afirmo nada enigmático: se puede creer o no creer, se puede rebelar uno contra la noticia o aceptarla como una profecía que se cumplirá, pero la frase no da lugar a ningún malentendido. Quizá a los apóstoles les resultara más oscura la expresión «a los tres días resucitaré», pero bastaba con preguntar: «Perdona, Señor, ¿qué significa que resucitarás?». La explicación de que los apóstoles “no entendieran” podría ser que no quisieron entender, que se negaron de antemano a aceptar aquella verdad porque, a sus ojos, el Maestro y Mesías no podía morir asesinado, sino que debía triunfar sobre las masas y hacer prevalecer su poder. Tenían un proyecto preconcebido y no estaban dispuestos a ponerlo en cuestión. Al no tener la sencillez de los pequeños, Jesús les da a entender, como respuesta, que sin el espíritu del niño que confía completamente, no se acoge a Dios y se permanece atrapado en las propias oscuridades. Y a aquel niño que confiaba ciegamente en el Señor porque lo amaba, Jesús lo abrazó. Bonito, ¿verdad?


