Textos tomados del Misalito “Sobre tu Palabra” enero-febrero de 2022
3.er domingo del Tiempo Ordinario (C)
3.ª sem. del salterio
PRIMERA LECTURA
Del libro de Nehemías (Ne 8,2-4a.5-6.8-10)
En aquellos días, el sacerdote Esdras llevó la ley ante la asamblea de los hombres, las mujeres y cuantos eran capaces de entender. Leyó el libro en la plaza, delante de la puerta de las Aguas, desde que despuntó la luz hasta el mediodía, en presencia de los hombres, las mujeres y de quienes eran capaces de entender; todo el pueblo escuchaba atentamente el libro de la ley. El escriba Esdras estaba sobre una tribuna de madera que habían construido para la ocasión. Esdras abrió el libro en presencia de todo el pueblo, pues estaba más alto que todos; al abrirlo, todo el pueblo se puso de pie. Esdras bendijo al Señor, Dios grande, y todo el pueblo respondió: «Amén, amén», levantando las manos; se arrodillaron y se postraron rostro en tierra ante el Señor. Los levitas leían el libro de la ley de Dios en fragmentos distintos y explicaban su sentido, y así ayudaban a comprender la lectura. Nehemías, que era el gobernador, Esdras, sacerdote y escriba, y los levitas que instruían al pueblo dijeron a todo el pueblo: «Este día está consagrado al Señor, su Dios; no hagan duelo ni lloren». De hecho, todo el pueblo lloraba mientras escuchaba las palabras de la ley. Luego Nehemías les dijo: «Vayan, coman carnes grasas y beban vinos dulces, y envíen porciones a quienes no tienen nada preparado, porque este día está consagrado a nuestro Señor; no se entristezcan, porque la alegría del Señor es su fuerza». – Palabra de Dios.
Comentario a la primera lectura
El tiempo del exilio en Babilonia ha terminado y el pueblo ha regresado a Israel. Pero hay que reconstruir el templo, que había sido destruido, y poner nuevamente en pie la organización de la vida social y religiosa. El gobernador Nehemías y el sacerdote Esdras emprenden la tarea y, finalmente, llega el día de la recuperación, que comienza con la solemne lectura de los libros sagrados y de la ley de Dios. Los distintos lectores se suceden uno tras otro y todo el pueblo escucha conmovido: es la alianza que se renueva, es la paz hecha con Dios, es la promesa de permanecer fieles a esa Palabra. En todo el Antiguo Testamento, esta es una de las páginas más impresionantes sobre la participación comunitaria en la lectura de la Sagrada Escritura: mientras los lectores leen, el pueblo se postra en tierra, levanta las manos, llora, se arrodilla… No es la lectura de un simple texto, sino la escucha de una persona viva, de aquel que habla desde el fuego. Ese debe ser también el efecto en nosotros, porque la palabra de Dios es siempre la misma: tiene la tarea de quebrantar nuestro corazón y hacernos conocer el amor vehemente de aquel que habla.
SEGUNDA LECTURA
De la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (1Cor 12,12-30)
Hermanos, así como el cuerpo es uno solo y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, aunque son muchos, forman un solo cuerpo, así también es Cristo. Porque todos nosotros fuimos bautizados en un solo Espíritu para formar un solo cuerpo, judíos o griegos, esclavos o libres; y todos fuimos saciados por un solo Espíritu. En efecto, el cuerpo no está formado por un solo miembro, sino por muchos. Si el pie dijera: «Como no soy mano, no pertenezco al cuerpo», no por eso dejaría de formar parte del cuerpo. Y si el oído dijera: «Como no soy ojo, no pertenezco al cuerpo», no por eso dejaría de formar parte del cuerpo. Si todo el cuerpo fuera ojo, ¿dónde estaría el oído? Si todo fuera oído, ¿dónde estaría el olfato? Pero Dios dispuso cada uno de los miembros del cuerpo como quiso. Si todos fueran un solo miembro, ¿dónde estaría el cuerpo? En realidad, hay muchos miembros, pero el cuerpo es uno solo. El ojo no puede decir a la mano: «No te necesito»; ni la cabeza a los pies: «No los necesito». Más aún, los miembros del cuerpo que parecen más débiles son los más necesarios; y las partes del cuerpo que consideramos menos honrosas las rodeamos de mayor respeto, y las indecorosas reciben mayor decencia, mientras que las decorosas no lo necesitan. Dios dispuso el cuerpo dando mayor honor a lo que carecía de él, para que no hubiera división en el cuerpo, sino que todos los miembros se preocuparan unos por otros. Así, si un miembro sufre, todos los miembros sufren con él; y si un miembro es honrado, todos los miembros se alegran con él. Ahora bien, ustedes son el cuerpo de Cristo y, cada uno por su parte, sus miembros. Dios dispuso a algunos en la Iglesia, en primer lugar, como apóstoles; en segundo lugar, como profetas; en tercer lugar, como maestros; luego vienen los milagros, después el don de curar, de ayudar, de gobernar y de hablar diversas lenguas. ¿Son todos apóstoles? ¿Son todos profetas? ¿Son todos maestros? ¿Hacen todos milagros? ¿Poseen todos el don de curar? ¿Hablan todos lenguas? ¿Todos las interpretan? – Palabra de Dios.
Comentario a la segunda lectura
La comparación del cuerpo con los diversos miembros que interactúan armoniosamente entre sí es un himno contra la envidia. Este pecado es bastante grave, si se piensa que «por la envidia entró la muerte en el mundo» (cf. Sab 2,24). Cada uno recibe de Dios un don particular y debe esforzarse por hacerlo fructificar al máximo, sin envidiar los dones de los demás, sabiendo que, si vive bien su propio carisma, se beneficiará del bienestar global del cuerpo. Si, por ejemplo, una persona sabe enseñar bien, que lo haga de la mejor manera posible y no pretenda hacer también todo lo demás. Si una persona sabe rezar mucho, que rece por todos; que lo haga de la mejor manera y no importa si no sabe escribir o predicar. Gregorio Sannino, de Biella, un joven cuya causa de beatificación está comenzando y que, durante su enfermedad, ofreció su vida al Señor, escribió en su diario: «He descubierto que sé sufrir». Parece una frase insignificante, pero lo dice todo. A través de su sufrimiento se convirtió en abono. En el cuerpo de la Iglesia, este muchacho se entregó por completo, con todo lo que podía dar, y toda la Iglesia se benefició de ello.
EVANGELIO DEL DÍA
Del Evangelio según san Lucas (Lc 1,1-4;4,14-21)
Puesto que muchos han intentado narrar ordenadamente los acontecimientos que se han cumplido entre nosotros, tal como nos los transmitieron quienes fueron testigos oculares desde el principio y se convirtieron en servidores de la Palabra, también yo he decidido investigar cuidadosamente todo desde los orígenes y escribirte un relato ordenado, ilustre Teófilo, para que puedas comprobar la solidez de las enseñanzas que has recibido. En aquel tiempo, Jesús regresó a Galilea con la fuerza del Espíritu y su fama se extendió por toda la región. Enseñaba en sus sinagogas y todos lo alababan. Fue a Nazaret, donde se había criado, y, según su costumbre, entró en la sinagoga un sábado y se levantó para leer. Le entregaron el rollo del profeta Isaías; lo abrió y encontró el pasaje donde estaba escrito: «El Espíritu del Señor está sobre mí; por eso me ha consagrado con la unción y me ha enviado a llevar a los pobres la buena noticia, a proclamar a los cautivos la libertad y a los ciegos la recuperación de la vista; a poner en libertad a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor». Enrolló el libro, se lo devolvió al ayudante y se sentó. En la sinagoga, todos tenían los ojos fijos en él. Entonces comenzó a decirles: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que ustedes han escuchado». – Palabra del Señor.
Comentario al Evangelio del día
Jesús entra en la sinagoga y se sienta en el lugar correspondiente al predicador, en el pueblo donde creció y donde todos lo conocen como un simple carpintero. Con gran audacia, pero con segura franqueza -virtud de quien sabe que posee la verdad y dice la verdad-, anuncia a sus paisanos que él es el Mesías tan esperado, porque el Espíritu del Señor está sobre él. Al mismo tiempo, afirma su misión: llevar a los pobres la buena noticia de la redención, liberar a los cautivos de la verdadera esclavitud, curar a los enfermos y proclamar el tiempo de la gracia. No es fácil para los presentes creer aquellas palabras, pero Jesús ya ha comenzado a demostrar la verdad de su proclamación realizando grandes milagros. Se necesita un acto de fe y de abandono a la voluntad de Dios, que presenta todo el Bien contenido en aquel hombre al que ellos creen simplemente “el hijo del carpintero”. También para nosotros vale ese “hoy” anunciado por Jesús. Necesitamos toda nuestra fe para confiarle nuestra vida, ir más allá de la sencillez del signo que vemos ante nuestros ojos -la humanidad de Cristo- y entrar en la vida divina. Recordemos que se llega al Padre pasando por Jesús.

