Con la solemnidad de Pentecostés termina el tiempo pascual. Un tiempo de cincuenta días durante el cual Jesús resucitado ayuda a los discípulos a comprender y vivir su misión entre la gente. En efecto, son enviados a “contar” a todos lo que han visto y oído de su Maestro. La fiesta de este domingo nos recuerda que Dios está con nosotros y sostiene nuestra vida y nuestra misión con el don del Espíritu Santo. Él, don del Padre y de Jesús resucitado, nos guiará a la verdad plena.
Es decir, nos ayudará no solo a comprender, sino también a practicar toda la enseñanza que el Padre nos ha dado a través de la vida y las palabras de Jesús.
No tenemos que hacer cosas extraordinarias, sino vivir cada día confiando en el Señor, en su amor por nosotros.
El Espíritu del Padre, el Espíritu Santo, se nos ofrece con siete dones: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia o, mejor dicho, conocimiento, temor de Dios, piedad . Esto significa que, ante cada necesidad que tengamos al hacer el bien que Dios nos pide, él envía un don especial y una ayuda adecuada para nosotros. Cada día de la semana pidamos al Espíritu de Dios un don e intentemos vivirlo durante toda la jornada.
Domingo de Pentecostés (B)
propia
Textos tomados del Misal “Sobre tu Palabra” mayo-junio de 2021
MISA VESPERTINA
PRIMERA LECTURA
Del libro del Génesis (Gn 11, 1-9)
Toda la tierra tenía una sola lengua y las mismas palabras. Al emigrar desde Oriente, los hombres encontraron una llanura en la región de Senaar y se establecieron allí. Se dijeron unos a otros: «Vamos, fabriquemos ladrillos y cozámoslos al fuego». El ladrillo les servía de piedra y el betún de argamasa. Después dijeron: «Vamos, construyamos una ciudad y una torre cuya cima toque el cielo, y hagámonos un nombre, para no dispersarnos por toda la tierra». Pero el Señor bajó a ver la ciudad y la torre que los hijos de los hombres estaban construyendo. El Señor dijo: «He aquí que son un solo pueblo y todos tienen una sola lengua; este es el comienzo de su obra, y ahora nada de lo que se propongan hacer les resultará imposible. Bajemos, pues, y confundamos su lengua, para que no se entiendan ya unos a otros». El Señor los dispersó desde allí por toda la tierra y dejaron de construir la ciudad. Por eso se la llamó Babel, porque allí el Señor confundió la lengua de toda la tierra y desde allí el Señor los dispersó por toda la tierra. Palabra de Dios.
O bien:
Del libro del Éxodo (Ex 19,3-8a.16-20b)
En aquellos días, Moisés subió hacia Dios, y el Señor lo llamó desde el monte, diciendo: «Esto dirás a la casa de Jacob y anunciarás a los israelitas: “Vosotros mismos habéis visto lo que hice con Egipto y cómo os llevé sobre alas de águila y os traje hasta mí. Ahora, si escucháis mi voz y guardáis mi alianza, seréis para mí una propiedad particular entre todos los pueblos; mía es, en efecto, toda la tierra. Seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa”. Estas son las palabras que dirás a los israelitas». Moisés fue, convocó a los ancianos del pueblo y les comunicó todas estas palabras, como le había ordenado el Señor. Todo el pueblo respondió a una y dijo: «¡Haremos todo lo que ha dicho el Señor!». Al tercer día, al amanecer, hubo truenos y relámpagos, una nube densa sobre el monte y un sonido fortísimo de cuerno: todo el pueblo que estaba en el campamento se estremeció de miedo. Entonces Moisés hizo salir al pueblo del campamento al encuentro de Dios. Se quedaron de pie al pie del monte. El monte Sinaí estaba todo humeante, porque el Señor había bajado sobre él en el fuego, y el humo subía como el humo de un horno: todo el monte temblaba fuertemente. El sonido del cuerno se hacía cada vez más intenso; Moisés hablaba y Dios le respondía con una voz. El Señor bajó entonces sobre el monte Sinaí, en la cima del monte, y el Señor llamó a Moisés a la cima del monte. Palabra de Dios.
O bien:
Del libro del profeta Ezequiel (Ez 37,1-14)
En aquellos días, la mano del Señor se posó sobre mí y el Señor me llevó fuera en espíritu y me dejó en medio de la llanura, que estaba llena de huesos; me hizo pasar junto a ellos por todas partes. Vi que eran muchísimos sobre la superficie de la llanura y estaban completamente secos. Me dijo: «Hijo de hombre, ¿podrán revivir estos huesos?». Yo respondí: «Señor Dios, tú lo sabes». Él me replicó: «Profetiza sobre estos huesos y anúnciales: “Huesos secos, escuchad la palabra del Señor. Esto dice el Señor Dios a estos huesos: He aquí que yo haré entrar en vosotros el espíritu y reviviréis. Pondré nervios sobre vosotros y haré crecer carne sobre vosotros; extenderé piel sobre vosotros e infundiré en vosotros el espíritu, y reviviréis. Sabréis que yo soy el Señor”». Profeticé como se me había ordenado; mientras profetizaba, oí un ruido y vi un movimiento entre los huesos, que se acercaban unos a otros, cada uno a su correspondiente. Miré, y aparecieron sobre ellos los nervios; la carne crecía y la piel los recubría, pero no había espíritu en ellos. Él añadió: «Profetiza al espíritu, profetiza, hijo de hombre, y anúnciale al espíritu: “Esto dice el Señor Dios: Espíritu, ven de los cuatro vientos y sopla sobre estos muertos, para que revivan”». Profeticé como me había ordenado y el espíritu entró en ellos y volvieron a la vida y se pusieron en pie; era un ejército grande, inmenso. Me dijo: «Hijo de hombre, estos huesos son toda la casa de Israel. He aquí que ellos dicen: “Nuestros huesos están secos, nuestra esperanza se ha desvanecido, estamos perdidos”. Por eso, profetiza y anúnciales: “Esto dice el Señor Dios: He aquí que yo abro vuestros sepulcros, os hago salir de vuestras tumbas, pueblo mío, y os devuelvo a la tierra de Israel. Reconoceréis que yo soy el Señor cuando abra vuestras tumbas y os haga salir de vuestros sepulcros, pueblo mío. Infundiré en vosotros mi espíritu y reviviréis; os estableceré en vuestra tierra. Sabréis que yo soy el Señor. Lo he dicho y lo haré”». Oráculo del Señor Dios. Palabra de Dios.
O bien:
Del libro del profeta Joel (Jl 3,1-5)
Esto dice el Señor: «Derramaré mi espíritu sobre toda carne y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán; vuestros ancianos tendrán sueños y vuestros jóvenes verán visiones. También sobre los siervos y las siervas derramaré mi espíritu en aquellos días. Haré prodigios en el cielo y en la tierra, sangre, fuego y columnas de humo. El sol se convertirá en tinieblas y la luna en sangre, antes de que llegue el día del Señor, grande y terrible. Todo el que invoque el nombre del Señor se salvará, porque en el monte Sion y en Jerusalén habrá salvación, como ha dicho el Señor, también para los supervivientes a quienes el Señor haya llamado». Palabra de Dios.
SEGUNDA LECTURA
De la carta del apóstol san Pablo a los Romanos
Hermanos, sabemos que toda la creación gime y sufre dolores de parto hasta hoy. Y no solo eso, sino que también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos interiormente mientras aguardamos la adopción filial, la redención de nuestro cuerpo. Pues en esperanza fuimos salvados. Ahora bien, cuando se ve lo que se espera, ya no es esperanza; en efecto, ¿cómo podría uno esperar lo que ya ve? Pero si esperamos lo que no vemos, lo aguardamos con perseverancia. Del mismo modo, el Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, porque no sabemos pedir como conviene; pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables; y el que escruta los corazones sabe cuál es el deseo del Espíritu, porque intercede por los santos según la voluntad de Dios. Palabra de Dios.
EVANGELIO DEL DÍA
Del Evangelio según san Juan (Jn 7,37-39)
El último día, el día grande de la fiesta, Jesús, en pie, gritó: «El que tenga sed, venga a mí y beba el que cree en mí. Como dice la Escritura: de su seno brotarán ríos de agua viva». Esto lo dijo refiriéndose al Espíritu que recibirían los creyentes en él; pues todavía no había Espíritu, porque Jesús aún no había sido glorificado. Palabra del Señor.
MISA DEL DÍA
PRIMERA LECTURA
De los Hechos de los Apóstoles (Hch 2,1-11)
Al cumplirse el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar. De repente, se oyó desde el cielo un estruendo, como de un viento impetuoso, que llenó toda la casa donde se encontraban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego, que se dividían, y se posaron sobre cada uno de ellos. Todos se llenaron de Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse. Residían entonces en Jerusalén judíos devotos procedentes de todas las naciones que hay bajo el cielo. Al oír aquel ruido, acudió la multitud y quedó desconcertada, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua. Estaban asombrados y, fuera de sí por la admiración, decían: «¿Acaso no son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno de nosotros los oye hablar en su lengua nativa? Partos, medos y elamitas; habitantes de Mesopotamia, Judea y Capadocia, del Ponto y Asia, de Frigia y Panfilia, de Egipto y de la zona de Libia que limita con Cirene; romanos residentes, judíos y prosélitos; cretenses y árabes, los oímos hablar de las grandezas de Dios en nuestras propias lenguas». Palabra de Dios.
Comentario a la primera lectura
«Los oímos hablar de las grandezas de Dios en nuestras propias lenguas». La obra del Espíritu Santo es siempre extraordinaria, excepcional, supera todas nuestras expectativas. Así como la única llama se dividió en pequeñas llamas de fuego para cada uno de los presentes en el cenáculo, del mismo modo, en esta lectura, el mensaje del Evangelio llega al corazón de cada uno de los oyentes, alcanzándolo en su propia lengua, sus propias raíces, su pasado y su futuro. ¿Qué se anuncia en la profundidad espiritual de cada uno y de todos? Las grandezas de Dios. El don de Pentecostés no debe olvidarse tampoco hoy, especialmente al pensar en los numerosísimos tipos de lenguajes que recorren el mundo entero. Me parece que no es arriesgado afirmar que el Espíritu Santo alcanza también la telefonía, internet, la música... y todo aquello que es especialmente importante para nuestros jóvenes. También esta generación puede sorprenderse infinitamente al sentirse acogida por el Espíritu en los nuevos ámbitos de la vida y, por tanto, de la misión de Dios y de la Iglesia. Invoquemos al Espíritu Santo por nosotros y especialmente por todos los jóvenes.
SEGUNDA LECTURA
De la carta del apóstol san Pablo a los Gálatas (Gal 5,16-25)
Hermanos, caminad según el Espíritu y no os veréis arrastrados a satisfacer los deseos de la carne. La carne tiene deseos contrarios al Espíritu y el Espíritu tiene deseos contrarios a la carne; ambos se oponen entre sí, de modo que no hacéis lo que quisierais. Pero si os dejáis guiar por el Espíritu, no estáis bajo la Ley. Las obras de la carne son conocidas: fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, enemistades, discordia, celos, disensiones, divisiones, partidismos, envidias, borracheras, orgías y cosas semejantes. Os prevengo, como ya os previne, que quienes hacen estas cosas no heredarán el reino de Dios. En cambio, el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, magnanimidad, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio de sí. Contra estas cosas no hay Ley. Y los que son de Cristo Jesús han crucificado la carne con sus pasiones y deseos. Si vivimos por el Espíritu, marchemos también según el Espíritu. Palabra de Dios.
Comentario a la segunda lectura
«En cambio, el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, magnanimidad, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio de sí». Cuando era pequeño, mi párroco nos hacía notar a mí y a los demás del grupo de catequesis aquella forma gramatical extrañísima por la que se habla en singular, “el fruto”, de múltiples realidades. Ahora me siento inclinado a interpretarlo como una invitación, por un lado, a la profundidad y, por otro, a la concreción espiritual. Pensemos en la Confesión y en la dirección espiritual: qué fácil es que pongamos en el centro solo a nosotros mismos, nuestro “yo”, el “ego” que llevamos con nosotros. Pablo nos dice claramente que dejemos en el centro al único que merece estar allí: Dios. Es demasiado fácil presentarse ante el confesor (o, para el confesor, aceptar cualquier cosa) solo con una “lista de la compra”, comparando el alma con un árbol, únicamente con las hojas que caen con el viento. En cambio, estamos llamados a mirar sobre todo las raíces de nuestra planta espiritual, las buenas, don del Espíritu de Dios, y no las polillas corrosivas que nos dañan.
EVANGELIO DEL DÍA
Del Evangelio según san Juan (Jn 15,26-27;16,12-15)
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Cuando venga el Paráclito, que yo os enviaré de parte del Padre, el Espíritu de la verdad que procede del Padre, él dará testimonio de mí; y también vosotros daréis testimonio, porque estáis conmigo desde el principio. Muchas cosas me quedan por deciros, pero por ahora no podéis cargar con ellas. Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena, pues no hablará por cuenta propia, sino que hablará de lo que oiga y os anunciará lo que está por venir. Él me glorificará, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que recibirá de lo mío y os lo anunciará». Palabra del Señor.
Comentario al Evangelio del día
«Cuando venga el Paráclito, que yo os enviaré de parte del Padre, el Espíritu de la verdad que procede del Padre, él dará testimonio de mí; y también vosotros daréis testimonio, porque estáis conmigo desde el principio». Qué hermoso es celebrar la venida y la presencia en nosotros del Espíritu Santo. Es Dios mismo en nosotros, el Señor que habita en nuestros pensamientos, acciones, deseos, maneras de pensar y de vivir. Ya en el Bautismo tenemos el primer encuentro con él, confirmado más conscientemente en la Confirmación, invocado sobre el pan y el vino en la Eucaristía, el único que puede perdonar los pecados en la Confesión (Dios, Padre de misericordia, que enviaste tu Espíritu), fuerza de unidad en el Matrimonio, don de consagración en los diversos grados del sacerdocio (diaconado, presbiterado, episcopado), instrumento de curación corporal y espiritual en la Unción de los enfermos. El Espíritu Santo es el don que acompaña cada paso de nuestra existencia y nos convierte en sus testigos; y dar testimonio no significa hacer piruetas ni quién sabe qué cosas extrañas que atraigan a la gente; se trata de vivir al máximo los propios talentos: dones de amor para dar testimonio del amor.

