Textos extraídos del Misalito “Sobre tu Palabra” septiembre-octubre de 2022
30.º domingo del Tiempo Ordinario (C)
2.ª sem. salterio
PRIMERA LECTURA
Del libro del Eclesiástico (Eclo 35,15b-17.20-22a)
El Señor es juez y para él no hay favoritismo. No es parcial en perjuicio del pobre y escucha la oración del oprimido. No desatiende la súplica del huérfano, ni la viuda, cuando se desahoga en su lamento. Quien la socorre es acogido con benevolencia, su oración llega hasta las nubes. La oración del pobre atraviesa las nubes y no se calma hasta que llega; no desiste hasta que el Altísimo interviene, hace justicia a los justos y restablece la equidad. – Palabra de Dios.
Comentario a la primera lectura
El Señor es un juez justo y no hace favoritismos. No comete parcialidad, no discrimina a las categorías más desfavorecidas, como los huérfanos y las viudas, no cierra los ojos ante las injusticias y los abusos de los poderosos, y socorre a los pobres y a los débiles. Para él, no hacer favoritismos significa ponerse del lado de quien se reconoce pobre. ¡Esta es su justicia! Pero atención: el pobre no es simplemente quien carece de bienes materiales, ni solo quien está privado de sus derechos y de la justicia personal o quien es marginado por la sociedad. Es, al mismo tiempo, quien pone su confianza en el Altísimo y confía plenamente en el Señor. Amistades, parentescos, regalos, amenazas, elevada posición social… no cuentan nada ante él. La única condición que lo conmueve es la pobreza, la necesidad del ser humano. Las oraciones de los pobres atraviesan las nubes y no se detienen hasta alcanzar el trono de Dios. Cuando ante él se presenta quien no tiene ningún mérito que exhibir, pero todo lo espera del amor del Padre, recibirá de él, con abundancia, misericordia y perdón.
SEGUNDA LECTURA
De la segunda carta del apóstol san Pablo a Timoteo (2 Tim 4,6-8.16-18)
Hijo mío, yo estoy a punto de ser derramado en libación y ha llegado el momento de abandonar esta vida. He combatido el buen combate, he terminado la carrera, he conservado la fe. Ahora me queda solamente la corona de justicia que el Señor, el juez justo, me entregará aquel día; no solo a mí, sino también a todos los que han esperado con amor su manifestación. En mi primera defensa ante el tribunal nadie me asistió; todos me abandonaron. Que no se les tenga en cuenta. Pero el Señor estuvo a mi lado y me dio fuerzas, para que yo pudiera llevar a término el anuncio del Evangelio y todos los pueblos lo escucharan: y así fui librado de la boca del león. El Señor me librará de todo mal y me llevará a salvo a los cielos, a su reino; a él la gloria por los siglos de los siglos. Amén. – Palabra de Dios.
Comentario a la segunda lectura
Pablo es prisionero por la causa de Cristo. Ha sido abandonado y traicionado. Siente que se acerca la muerte y quiere morir como ha vivido. Después de haber hecho de toda su vida una celebración continua, quiere hacer de su muerte una ofrenda sacrificial de su propia sangre. Es lo que hizo Jesús para establecer la alianza nueva y eterna antes de morir. Con esta comparación, Pablo deja entender que su martirio glorifica a Dios y tiene valor para la salvación de los hombres. Incansable, el Apóstol continúa predicando el Evangelio. Hasta el final. Y hasta el final lo acompañará la certeza de que el Señor seguirá librándolo de todo mal. Esta es la base de su fe. Pablo no piensa en salir de la cárcel; habla de una liberación más radical. Cuando pase de este mundo al Padre, será verdadera y definitivamente libre. Permanecerá para siempre con Cristo, entrando en su reino eterno. No tiene dudas sobre la victoria final. Esta presentación debe servir de aliento a los cristianos que, como él, dan testimonio del Evangelio en medio de los sufrimientos y las contradicciones de este mundo.
EVANGELIO DEL DÍA
Del Evangelio según san Lucas (Lc 18,9-14)
En aquel tiempo, Jesús dijo también esta parábola a algunos que tenían la íntima presunción de ser justos y despreciaban a los demás: «Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo y el otro publicano. El fariseo, de pie, oraba así en su interior: “Oh Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que poseo”. En cambio, el publicano, quedándose a distancia, ni siquiera se atrevía a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: “Oh Dios, ten piedad de mí, pecador”. Os digo que este, a diferencia del otro, volvió a su casa justificado, porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido». – Palabra del Señor.
Comentario al Evangelio del día
¿Cómo debemos orar a Dios? La respuesta se nos da en esta parábola, que no se presenta como una comparación, sino como un ejemplo que imitar por un lado y evitar por el otro. Dos hombres suben a orar al templo. Uno, fariseo, lleva una vida exteriormente impecable: observa escrupulosamente la ley, se considera justo y desprecia a los demás. El otro, el publicano, se reconoce pecador: sabe que necesita ser perdonado y lo pide humildemente. Ambos necesitan ser perdonados, pero Jesús declara que solo el publicano queda justificado, porque se reconoce pecador. ¡Con qué facilidad nos sucede también hoy que hacemos comparaciones y nos sentimos superiores a los demás, juzgando según las apariencias! Nos creemos justos porque hacemos alguna obra buena y nos sentimos seguros de nosotros mismos, convencidos de que, como mucho, necesitamos que se nos perdonen “ciertos pequeños errores”. ¡No es así! Toda nuestra vida, inmersa en un mundo de injusticia y desorden, necesita ser salvada por Dios. El único camino que debemos seguir es reconocer la existencia del pecado en nuestra vida y pedir humildemente a Dios que nos libre de él.

