Textos tomados del Misalito «Sobre tu Palabra» marzo-abril
2.º domingo de Pascua o de la Divina Misericordia (C)
Propia
PRIMERA LECTURA
De los Hechos de los Apóstoles (Hch 5,12-16)
Por mano de los apóstoles se realizaban muchos signos y prodigios entre el pueblo. Todos solían reunirse en el pórtico de Salomón; nadie de los demás se atrevía a unirse a ellos, pero el pueblo los tenía en gran estima. Cada vez se adherían más creyentes al Señor, una multitud de hombres y mujeres, hasta el punto de que sacaban a los enfermos a las plazas y los colocaban en camillas y lechos, para que, cuando pasara Pedro, al menos su sombra cubriera a alguno de ellos. También acudía mucha gente de las ciudades cercanas a Jerusalén, llevando enfermos y personas atormentadas por espíritus impuros, y todos quedaban curados. - Palabra de Dios.
Comentario a la primera lectura
Un rasgo distintivo de los primeros fieles, que se reúnen con los apóstoles, es la explosión carismática de los milagros. Se producen continuamente grandes milagros de curación. La vida del Espíritu no consiste solamente en la enseñanza, en aprender fórmulas o en seguir ciertas normas de conducta, sino en dejarse llevar a un «mundo nuevo» en el que todo participa de la vida del Espíritu Santo. La curación física nunca es un fin en sí misma: recuerda la victoria del bien sobre el mal, de la vida (eterna) sobre la muerte (eterna). Los milagros son la señal de que verdaderamente «el dedo de Dios está aquí». Una Iglesia sin milagros, también hoy, es una Iglesia sin Espíritu, y la santidad para las canonizaciones se prueba precisamente con el don de los milagros. Se dice que la de la Iglesia naciente fue una época privilegiada e irrepetible, pero eso no está escrito en ninguna parte. Por tanto, debemos tener la misma fe de los primeros cristianos, para ser curados, en la Iglesia, de toda enfermedad, tanto física como espiritual.
SEGUNDA LECTURA
Del libro del Apocalipsis de san Juan apóstol (Ap 1,9-11a.12-13.17-19)
Yo, Juan, hermano vuestro y compañero en la tribulación, en el reino y en la perseverancia en Jesús, me encontraba en la isla llamada Patmos a causa de la palabra de Dios y del testimonio de Jesús. Un domingo fui arrebatado por el Espíritu y oí a mis espaldas una voz potente, como de trompeta, que decía: «Lo que estás viendo, escríbelo en un libro y envíalo a las siete Iglesias». Me volví para ver la voz que hablaba conmigo y, al volverme, vi siete candelabros de oro y, en medio de los candelabros, a uno semejante a un Hijo de hombre, vestido con una túnica larga hasta los pies y ceñido al pecho con una banda de oro. Al verlo, caí a sus pies como muerto. Pero él, poniendo sobre mí su mano derecha, dijo: «No temas. Yo soy el Primero y el Último, y el Viviente. Estuve muerto, pero ahora vivo por los siglos de los siglos y tengo las llaves de la muerte y del abismo. Escribe, pues, lo que has visto: lo que está sucediendo y lo que ha de suceder después». - Palabra de Dios.
Comentario a la segunda lectura
El libro del Apocalipsis comienza con una invitación al amor por parte de Jesús, el «Hijo del hombre». Él desea hablar a las Iglesias (siete: la plenitud, por tanto, a todas las Iglesias) para orientarlas y guiarlas en tiempos de persecución. Jesús nunca nos deja solos. En las siete cartas exhorta a los cristianos a fortalecerse en la fe, reavivar el amor y no temer las pruebas. Quien escribe una carta quiere comunicar algo importante. Pongámonos, pues, en el lugar de quienes reciben la carta de Jesús: escuchemos, meditemos y respondamos después con la vida. También nosotros recibimos hoy su carta en la Iglesia. Quien escribe es el amor encarnado, aquel que pasó por la muerte y ahora vive eternamente. Declara tener en sus manos las «llaves de la muerte y del abismo» para decir que están bajo su poder, derrotadas y aniquiladas por su sacrificio y su resurrección. Al contemplarlo a él, que nos levanta, nos encontramos, como Juan, fortalecidos. El Apocalipsis no es solo el libro del futuro, sino también y sobre todo del presente, del hoy.
EVANGELIO DEL DÍA
Del Evangelio según san Juan (Jn 20,19-31)
Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y vino Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús les dijo de nuevo: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». Tomás, uno de los Doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el lugar de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo». A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros». Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente». Respondió Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!». Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que no han visto y han creído». Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos, sin embargo, han sido escritos para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre. - Palabra del Señor.
Comentario al Evangelio del día
Tomás, con su incredulidad, arrancó de la boca del Salvador la bienaventuranza que nos concierne: «Bienaventurados los que no han visto y han creído». No importa ver con los ojos: importa creer con el corazón y ver con los ojos interiores de la fe. Entonces seremos verdaderamente bienaventurados, porque tendremos la verdadera experiencia de Cristo resucitado. Creyendo, dice Juan, «tenemos vida en su nombre». Quien verdaderamente cree ya ha superado la barrera de la muerte y participa plenamente de la vida divina; es más, dispone de toda la riqueza de la gracia de Cristo. Vive otra vida. Sin embargo, debemos tener una gran confianza. En la fiesta de la Divina Misericordia, leemos lo que Jesús dice a santa María Faustina Kowalska sobre su bondad y nuestra confianza: «Tu tarea es confiar totalmente en mi bondad. Mi tarea es darte todo lo que necesitas. Yo mismo me hago dependiente de tu confianza: si tu confianza es grande, mi generosidad no conocerá límites».

