3.er domingo del Tiempo Ordinario (B)
Liturgia de las horas, 3.ª semana del salterio
El Señor nos llama a colaborar en la construcción del Reino de Dios. En este domingo, esforcémonos por reconocer la llamada de Jesús en las pequeñas cosas de nuestra vida y pidámosle que nos ayude a dejar nuestras redes para seguirlo, con la confianza de que este camino nos hará mejores y portadores de esta alegría para los demás.
Textos tomados del Misalito “Sobre tu Palabra”, enero-febrero de 2021.
PRIMERA LECTURA
Del libro del profeta Jonás (Jon 3,1-5.10)
La palabra del Señor fue dirigida a Jonás: «Levántate, vete a Nínive, la gran ciudad, y anúnciales lo que te digo». Jonás se levantó y fue a Nínive, según la palabra del Señor. Nínive era una ciudad muy grande, de tres días de camino. Jonás comenzó a recorrer la ciudad durante un día de camino y predicaba: «Dentro de cuarenta días, Nínive será destruida». Los habitantes de Nínive creyeron en Dios, proclamaron un ayuno y se vistieron de saco, grandes y pequeños. Dios vio sus obras, es decir, que se habían convertido de su mala conducta, y Dios se arrepintió del mal que había anunciado hacerles y no lo hizo. – Palabra de Dios.
Comentario a la primera lectura
En la mentalidad del hombre que vivía en el entorno donde fue compuesta la Biblia, Nínive es la ciudad del pecado por excelencia. Sus habitantes son rebeldes contra Dios, gente en la que no se puede confiar y de la que hay que mantenerse alejados. De hecho, Jonás, al comienzo de su libro, apenas recibe la misión de dirigirse precisamente a esa ciudad, huye exactamente en dirección contraria. Solo el Señor puede realizar el milagro. Ante todo, en la persona misma del profeta, haciéndolo resurgir de su muerte espiritual; dándole el valor y la fuerza para realizar su misión de salvación incluso en medio de todos aquellos de los que no quería saber nada. Después, en los propios habitantes de Nínive, que «creyeron en Dios y proclamaron un ayuno». También hoy no basta con lamentarnos por el pecado presente en el mundo, viviendo sin estar dispuestos a mover un dedo en favor de un amor mayor y auténtico, de una esperanza recuperada y de una comunión restablecida. Cada uno de nosotros puede pasar del prejuicio orgulloso a la conciencia de su propia responsabilidad de anunciar la salvación de Dios. Es posible para todos; basta con abrir el corazón a la voz del Señor.
SEGUNDA LECTURA
De la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (1 Cor 7,29-31)
Esto os digo, hermanos: el tiempo se ha acortado; en adelante, los que tienen mujer, vivan como si no la tuvieran; los que lloran, como si no lloraran; los que están alegres, como si no lo estuvieran; los que compran, como si no poseyeran; los que usan los bienes del mundo, como si no los usaran plenamente: porque la apariencia de este mundo pasa.
Comentario a la segunda lectura
«Esto os digo, hermanos: el tiempo se ha acortado […]. Porque la apariencia de este mundo pasa». San Pablo, en esta carta, nos pone ante interrogantes que conciernen a cada etapa de la vida: ¿volverá el Señor o no? ¿Cómo encontraré a mi Señor y Dios? Se lo preguntaban los primeros cristianos y, después de tantos siglos, también nosotros nos encontramos aquí, en nuestra incertidumbre o en nuestra fe. Los cristianos de las primeras generaciones vivían una duda de este tipo: si el Señor Jesús vuelve dentro de poco, o lo encontramos casi inmediatamente, es inútil que nos esforcemos en construir un mundo mejor hecho de amor: de todos modos, dentro de poco se ocupará de ello el propio Señor Jesucristo en persona. Si el Señor, en cambio, vuelve dentro de mucho tiempo, se puede correr el riesgo de pensar en vivir mientras tanto atendiendo los propios asuntos y comodidades, porque después habrá tiempo para pensar en Dios, en su salvación y en la conversión. San Pablo invita a afrontar la vida de otra manera, superando ambos riesgos: el criterio fundamental es Cristo, a quien debemos encontrar cada día; cada instante encierra una perla preciosa. Por tanto, no nos dejemos deslumbrar por ella, sino que busquémosla con confianza y alabemos al Dios que nunca deja faltar nada a sus hijos.
EVANGELIO DEL DÍA
Del Evangelio según san Marcos (Mc 1,14-20)
Después de que Juan fue arrestado, Jesús se dirigió a Galilea para proclamar el Evangelio de Dios, y decía: «Se ha cumplido el tiempo y está cerca el Reino de Dios; convertíos y creed en el Evangelio». Mientras pasaba junto al mar de Galilea, vio a Simón y a Andrés, el hermano de Simón, que estaban echando las redes en el mar, pues eran pescadores. Jesús les dijo: «Venid detrás de mí y os haré pescadores de hombres». Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Un poco más adelante, vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, su hermano, que estaban en la barca reparando las redes. En seguida los llamó. Ellos dejaron a su padre, Zebedeo, en la barca con los jornaleros y se fueron detrás de él. – Palabra del Señor.
Comentario al Evangelio del día
«Se ha cumplido el tiempo y está cerca el Reino de Dios; convertíos y creed en el Evangelio». El tema de este domingo es presentado por las lecturas de una manera muy clara: el profeta Jonás anuncia y obtiene la conversión; san Pablo invita a esperar sanamente al Señor Jesucristo, que ofrece una manera equilibrada, inteligente y llena de amor de relacionarnos con nuestra existencia; el Evangelio señala a Jesús como aquel que da cumplimiento a la vida. La propia Biblia presenta nuestra existencia como una peregrinación. Hay, en efecto, una gran diferencia entre un excursionista, un vagabundo y un peregrino. Un excursionista viaja para relajarse, disfrutar del paisaje, estar en compañía y alcanzar un objetivo: todas ellas son cosas hermosísimas, pero insuficientes para dar sentido a la existencia. Sería como limitarse a vivir según el lema: «Vive con ligereza, diviértete». Puede estar bien durante un fin de semana o unos días de vacaciones, pero después nos encontramos con solo un puñado de arena en las manos. El vagabundo, que no tiene una meta, necesariamente debe arreglárselas con un poco de astucia y también con mucha suerte. La Iglesia, en cambio, peregrina en la tierra, tiene una meta, el Señor Jesucristo, y camina en equilibrio entre la sana astucia y la confianza en la providencia.

