30.º domingo del tiempo ordinario (A)
Liturgia de las horas, 2.ª semana, salterio
Estamos acostumbrados a decir y a oír que Dios nos ama. Incluso se nos enseña que debemos amar como Jesús. Pero ¿qué significa todo esto? Y, sobre todo, ¿cómo podemos amar como Dios? Si examinamos ordenadamente las lecturas de este domingo, comprendemos enseguida que el mandamiento del amor es el camino de Dios y el verdadero camino de la vida de toda persona.
Comentarios sobre la liturgia del día tomados del Misalito “Sobre tu Palabra”, septiembre/octubre de 2020.
PRIMERA LECTURA
Del libro del Éxodo (Ex 22,20-26)
Así dice el Señor: «No maltratarás ni oprimirás al extranjero, porque ustedes fueron extranjeros en la tierra de Egipto. No maltratarás a la viuda ni al huérfano. Si lo maltratas y él clama a mí, yo escucharé su clamor, se encenderá mi ira y los haré morir a espada: sus mujeres quedarán viudas y sus hijos huérfanos. Si prestas dinero a alguien de mi pueblo, al indigente que vive contigo, no te comportarás con él como un usurero: no le impondrás ningún interés. Si tomas en prenda el manto de tu prójimo, se lo devolverás antes de la puesta del sol, porque es su único abrigo, es el vestido para su piel; ¿con qué se cubriría al dormir? Si no, cuando clame hacia mí, yo lo escucharé, porque soy compasivo». Palabra de Dios.
Comentario a la primera lectura
Si quisiéramos ponerle un título a este trigésimo domingo del tiempo ordinario, podríamos llamarlo “el domingo de la memoria y del amor”. Veamos en particular qué nos cuenta el pasaje del libro del Éxodo. Con el Decálogo había comenzado una gran sección de este libro, en la que se explicaban los preceptos y las normas que debían observarse una vez llegados a la Tierra Prometida. Contrariamente a lo que hemos aprendido de memoria, la Ley era mucho más amplia que los Diez Mandamientos; de hecho, la Biblia hebrea contiene nada menos que 613 leyes, mandamientos, prescripciones y prohibiciones. Algo asfixiante, estaríamos tentados de pensar nosotros, que ya no estamos acostumbrados a tantas normas. En realidad, la idea que está en la base de todo este conjunto de preceptos es fascinante: no hay ningún ámbito de la vida humana que quede fuera de la relación con Dios. Toda la vida está dentro de este gran abrazo de amor. ¿Hay algo en una madre o en un padre que quede fuera del amor por sus hijos? Si esto ocurre, significa que ya no se está buscando el bien de la familia. El más débil -el huérfano, la viuda, el extranjero- es objeto de amor.
SEGUNDA LECTURA
De la primera carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses (1 Tes 1,5c-10)
Hermanos, ustedes saben muy bien cómo nos comportamos entre ustedes por su bien. Y ustedes siguieron nuestro ejemplo y el del Señor, acogiendo la Palabra en medio de grandes tribulaciones, con la alegría del Espíritu Santo, hasta convertirse en modelo para todos los creyentes de Macedonia y de Acaya. En efecto, por medio de ustedes la palabra del Señor ha resonado no solo en Macedonia y en Acaya, sino que su fe en Dios se ha difundido por todas partes, de modo que no necesitamos hablar de ella. Ellos mismos cuentan cómo llegamos a estar entre ustedes y cómo se convirtieron de los ídolos a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero y esperar desde los cielos a su Hijo, al que resucitó de entre los muertos, Jesús, que nos libra de la ira venidera. Palabra de Dios.
Comentario a la segunda lectura
«La paz, quien la conoce, sabe que la alegría y el dolor la componen a partes iguales». Así escribe Paul Claudel en su obra La anunciación a María. Me parece una buena interpretación del pasaje que la liturgia nos propone como segunda lectura. Pablo, al escribir a los Tesalonicenses, recuerda dos dimensiones de la vida cristiana. La Palabra de Dios, anunciada por él, fue acogida «en medio de grandes tribulaciones, con la alegría del Espíritu Santo». Nunca hubo un tiempo en que la obra de evangelización no tuviera sus sufrimientos; no podría ser de otro modo, porque esa Palabra es portadora de vida y toda vida sale a la luz después de los dolores del parto. Sin embargo, tampoco hubo un tiempo en que esa misma Palabra no estuviera sostenida por la acción misteriosa y, a la vez, evidente del Espíritu. En el fondo, esta había sido la promesa que el Señor resucitado hizo a sus discípulos. La prueba de la fe es la vida, una vida que se aprende siguiendo a quienes nos preceden en el camino. Pablo señala a los Tesalonicenses como modelo en esto. Qué hermoso poder ser modelo de fe, puntos de referencia a los que mirar.
EVANGELIO DEL DÍA
Del Evangelio según san Mateo (Mt 22,34-40)
En aquel tiempo, los fariseos, al oír que Jesús había dejado sin respuesta a los saduceos, se reunieron y uno de ellos, doctor de la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?». Él le respondió: «“Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente”. Este es el mandamiento más grande y el primero. El segundo es semejante a este: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas». Palabra del Señor.
Comentario al Evangelio del día
¿Sobre qué había dejado Jesús sin respuesta a los saduceos? Basta leer lo que precede a nuestro pasaje evangélico. Los saduceos, que no creen en la resurrección de los muertos, le plantearon a Jesús una extraña pregunta acerca de una mujer que en vida había tenido siete maridos: «¿De cuál de ellos -habían preguntado- será esposa en la otra vida?» (cf. Mt 22,28). Una pregunta ociosa que no esperaba respuesta alguna. El verdadero drama, cuando se afrontan los problemas relacionados con la fe, es que a menudo se plantean preguntas que no implican la vida concreta. Cuando, en una reunión, empiezo a oír frases como: «Pero yo pienso, yo creo», entiendo que ha llegado el momento de interrumpir el programa de entrevistas que está a punto de comenzar. Problemas teóricos utilizados para no cambiar de vida, para impedir la conversión, para permanecer cómodos en nuestras certezas. Hoy la pregunta se refiere al primer mandamiento, al más importante; es más, para usar la palabra exacta, al más grande. Imagino cuántas reuniones sinagogales habrían tratado este tema, como tantas de nuestras reuniones eclesiales. Jesús responde que el mandamiento más grande es el amor: a Dios y al prójimo. «El amor no se explica, hace girar el mundo y, si no existe, todo se vuelve inútil», canta Cammariere.

