Textos extraídos del Misal “Sobre tu Palabra” julio-agosto de 2023
21.º domingo del Tiempo Ordinario (A)
1.ª sem. salterio
PRIMERA LECTURA
Del libro del profeta Isaías (Is 22,19-23)
Esto dice el Señor a Sebná, mayordomo del palacio: «Te quitaré de tu puesto, te destituiré de tu cargo. Aquel día llamaré a mi siervo Eliacín, hijo de Jilquías; lo vestiré con tu túnica, le ceñiré tu cinturón y pondré tu autoridad en sus manos. Será un padre para los habitantes de Jerusalén y para la casa de Judá. Pondré sobre sus hombros la llave de la casa de David: si él abre, nadie cerrará; si él cierra, nadie podrá abrir. Lo clavaré como una estaca en lugar firme y será un trono de gloria para la casa de su padre». – Palabra de Dios.
Comentario a la primera lectura
Sebná era un extranjero que había llegado, no se sabe muy bien cómo, a ser el mayordomo del rey Ezequías, un cargo que entonces tenía gran importancia porque era él quien se ocupaba de los asuntos del palacio del rey y de la organización de la vida del monarca. La situación no está bien e Isaías, portavoz del Dios de Israel, anuncia su sustitución por una persona más digna que él, un tal Eliacín. El oráculo parece de poca importancia, pero las palabras que Dios pronuncia respecto a este nuevo y legítimo mayordomo se aplican perfectamente al Cristo venidero: él tendrá las llaves de la casa de David y será «un trono de gloria», mientras que tales expresiones son, en realidad, un tanto desmesuradas para un simple mayordomo de aquella época. Será Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, quien permitirá perfectamente la entrada en la casa del Padre, no cerrando o abriendo puertas, sino mediante el sacrificio de la cruz y, del mismo modo, será Jesús un “trono” (concepto que expresa realeza) de gloria en el Paraíso. Aquí se confirma la lectura que debemos hacer del Antiguo Testamento: todo es anuncio de Cristo y habla de él.
SEGUNDA LECTURA
De la carta del apóstol san Pablo a los Romanos (Rm 11,33-36)
¡Oh profundidad de la riqueza, de la sabiduría y del conocimiento de Dios! ¡Qué insondables son sus decisiones y qué incomprensibles sus caminos! En efecto, ¿quién conoció la mente del Señor? ¿Quién fue su consejero? ¿Quién le dio algo primero para que él le devuelva el favor? Porque de él, por él y para él existen todas las cosas. A él la gloria por los siglos. Amén. – Palabra de Dios.
Comentario a la segunda lectura
Al final de la sección en la que, en la carta a los Romanos, se aborda el tema de la salvación de los judíos, Pablo prorrumpe en este grito de júbilo que, en el fondo, sirve para todas las obras de Dios. Podríamos aprender de memoria este breve himno, o escribirlo en una hoja y tenerlo siempre a mano para agradecer adecuadamente a Dios cuando interviene de algún modo en nuestra vida. En efecto, nos resulta fácil olvidar el agradecimiento y la gratitud, no solo por las gracias recibidas, sino por todo. San Pablo, en cambio, es un hombre acostumbrado a dar gracias, y sus cartas están llenas de estas repentinas expresiones de agradecimiento. La misma palabra “Eucaristía” significa “acción de gracias”, para expresar que el Misterio supremo y central de nuestra vida cristiana no es un acontecimiento debido y merecido, sino un don de amor, por el cual se exige nuestra actitud adoradora y agradecida. Jesús mismo en el Evangelio da gracias y alaba al Padre varias veces, y la Virgen María, tras recibir el saludo de Isabel, eleva su voz para glorificar al Padre por las obras realizadas por él.
EVANGELIO DEL DÍA
Del Evangelio según san Mateo (Mt 16,13-20)
En aquel tiempo, al llegar Jesús a la región de Cesarea de Filipo, preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?». Ellos respondieron: «Unos dicen que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o uno de los profetas». Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Simón Pedro respondió: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo». Jesús le respondió: «¡Bienaventurado eres tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la vencerá. Te daré las llaves del reino de los cielos: todo lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos». Entonces ordenó a sus discípulos que no dijeran a nadie que él era el Cristo. – Palabra del Señor.
Comentario al Evangelio del día
¿Por qué Jesús ordena a sus apóstoles que no dijeran a nadie que él era el Cristo? ¿No había venido al mundo precisamente para revelarse, para manifestar quién era y hacerse reconocer, por tanto, como Dios y salvador? Porque todavía no era el momento. La gente tenía ideas confusas acerca de la identidad de Jesús: para algunos era un profeta, alguien que tenía el espíritu del Bautista o de un nuevo Jeremías, etc. Durante los tres años de vida pública, Jesús nunca se presenta diciendo: «¡Yo soy Dios! ¡Arrodillaos y adorad!». No, el momento adecuado para reconocer plenamente la divinidad del Señor es cuando sube a la cruz para realizar el sacrificio divino, de modo que solo en el juicio final se declara y se revela definitivamente ante Caifás: «¿Eres tú el Cristo de Dios?». «Tú lo dices, yo lo soy». Y por esta declaración Caifás se rasga las vestiduras y lo entrega para que lo condenen a muerte. Pero también Pedro, en aquel momento crucial, no lo reconoce y lo niega públicamente tres veces. Por tanto, para reconocer a Jesús en su misión de salvador hay que ir al pie de la cruz, acoger su sacrificio, arrepentirse de los pecados y renacer a una vida nueva. Eso es lo que sucede cada vez en la Misa.

