Textos tomados del Misalito «Sobre tu Palabra», marzo-abril de 2025
2.ª domingo de Pascua o de la Divina Misericordia (C)
Propia.
PRIMERA LECTURA
De los Hechos de los Apóstoles (Hch 5,12-16)
Muchos signos y prodigios ocurrían entre el pueblo por obra de los apóstoles. Todos solían reunirse en el pórtico de Salomón; nadie de los demás se atrevía a unirse a ellos, pero el pueblo los elogiaba. Sin embargo, cada vez se añadían más creyentes al Señor, una multitud de hombres y mujeres, hasta el punto de que llevaban a los enfermos incluso a las plazas, colocándolos en camillas y parihuelas, para que, cuando Pedro pasara, al menos su sombra cubriera a alguno de ellos. También acudía la gente de las ciudades cercanas a Jerusalén, llevando enfermos y personas atormentadas por espíritus impuros, y todos quedaban sanados. - Palabra de Dios.
Comentario de la primera lectura
El texto de los Hechos describe la vida de la comunidad que se va formando y los «signos y prodigios que ocurrían entre el pueblo por obra de los apóstoles». Entre todos destaca ya la figura de Pedro, ante quien la gente llevaba a los enfermos incluso a las plazas porque «cuando Pedro pasaba, al menos su sombra cubriera a alguno de ellos… y todos quedaban sanados». La predicación y los signos realizados en nombre de Jesús llevan a muchos a incorporarse a la comunidad cristiana. El evangelista Lucas -autor también de los Hechos de los Apóstoles- pretende sostener a las primeras comunidades cristianas y animarlas a no rendirse ante las dificultades: cuando el testimonio está bien fundamentado en el Señor resucitado, también se vuelve creíble. Nuestro testimonio comienza mostrando el amor que nos miró y nos levantó. Esto es lo que significa que la Iglesia se desarrolla no por proselitismo, sino por atracción, porque la belleza del amor de Dios atrae la belleza de los corazones. Y con las palabras del salmo podemos rezar así: «Den gracias al Señor porque es bueno: su amor es eterno».
SEGUNDA LECTURA
Del libro del Apocalipsis de san Juan apóstol (Ap 1,9-11a.12-13.17-19)
Yo, Juan, hermano vuestro y compañero en la tribulación, en el reino y en la perseverancia en Jesús, me encontraba en la isla llamada Patmos a causa de la palabra de Dios y del testimonio de Jesús. Fui arrebatado por el Espíritu en el día del Señor y oí detrás de mí una voz potente, como de trompeta, que decía: «Lo que ves, escríbelo en un libro y envíalo a las siete Iglesias». Me volví para ver la voz que hablaba conmigo y, al volverme, vi siete candelabros de oro y, en medio de los candelabros, a uno semejante a un Hijo de hombre, con un vestido largo hasta los pies y ceñido al pecho con una banda de oro. En cuanto lo vi, caí a sus pies como muerto. Pero él, poniendo sobre mí su mano derecha, dijo: «¡No temas! Yo soy el Primero y el Último, y el Viviente. Estaba muerto, pero ahora vivo por los siglos de los siglos y tengo las llaves de la muerte y del abismo. Escribe, pues, las cosas que has visto, las que suceden ahora y las que han de suceder después». – Palabra de Dios.
Comentario a la segunda lectura
Cuando Juan - autor también del Evangelio - escribe el libro del Apocalipsis, se encuentra «en la isla llamada Patmos a causa de la palabra de Dios y del testimonio de Jesús». Está, por tanto, deportado por su testimonio. «Fui arrebatado por el Espíritu en el día del Señor (domingo) y oí detrás de mí una voz... que decía: “Lo que ves, escríbelo en un libro y envíalo a las siete Iglesias». Los rasgos aquí presentados recuerdan la revelación del Sinaí, cuando Dios habló con Moisés. Juan debe volverse, es decir, convertirse, y precisamente porque se convierte, ve. Los «siete candelabros de oro» estaban presentes en el templo y, si ahora Juan ve «en medio de los candelabros, a uno semejante a un Hijo de hombre», quiere decir que el nuevo templo es el Hijo del hombre, Jesús resucitado. El hecho, además, de que este hombre llevara un «vestido largo hasta los pies y ceñido al pecho con una banda de oro» -vestido del sacerdote- indica que Jesús es el nuevo sacerdote. Ante todo esto, Juan cayó «como muerto», pero enseguida oyó: «¡No temas! Yo soy el Primero y el Último, y el Viviente», es decir, aquel que es la Vida. Que el testimonio de Juan -expresado aquí mediante ricos símbolos- sostenga y entusiasme nuestra fe.
EVANGELIO
Del Evangelio según san Juan (Jn 20,19-31)
Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, mientras estaban cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos por miedo a los judíos, llegó Jesús, se puso en medio y les dijo: «¡La paz esté con ustedes!». Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús les dijo de nuevo: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió, también yo los envío a ustedes». Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Reciban el Espíritu Santo. A quienes perdonen los pecados, les quedarán perdonados; a quienes no se los perdonen, no les quedarán perdonados». Tomás, uno de los Doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús. Los otros discípulos le decían: «¡Hemos visto al Señor!». Pero él les respondió: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no pongo mi dedo en la señal de los clavos, y no pongo mi mano en su costado, no creeré». Ocho días después, los discípulos estaban de nuevo en casa y Tomás estaba con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «¡La paz esté con ustedes!». Luego dijo a Tomás: «Trae aquí tu dedo y mira mis manos; acerca tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente». Tomás le respondió: «¡Señor mío y Dios mío!». Jesús le dijo: «Porque me has visto, has creído; bienaventurados los que no han visto y han creído». Jesús hizo muchos otros signos en presencia de sus discípulos, que no están escritos en este libro. Pero estos han sido escritos para que crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengan vida en su nombre. - Palabra del Señor.
Comentario del Evangelio
«Al atardecer de aquel día, el primero de la semana» - Una referencia evidente al día de la resurrección - Jesús irrumpe en la habitación, en la vida y en el corazón de los discípulos: «Jesús se presentó en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”». El primer don de Jesús, a pesar de las incredulidades, las negaciones y los abandonos, es y sigue siendo la paz. «Dicho esto, les mostró las manos y el costado»: Jesús se identifica con el Crucificado, no oculta su identidad. Él es el Hombre de dolores, crucificado, muerto y ahora resucitado. Este será el núcleo de la primera catequesis de los apóstoles y de la nuestra. A estos hombres frágiles, Jesús les renueva la tarea que les había encomendado al principio: “Como el Padre me envió, también yo los envío a ustedes”… sopló sobre ellos: “Reciban el Espíritu Santo. A quienes les perdonen los pecados, les quedarán perdonados”. El corazón del anuncio debe ser la misericordia. Sin embargo, en todo esto falta Tomás, que no cree lo que escucha de los demás. «Ocho días después», Jesús vuelve a estar entre ellos y, también en este caso, no juzga la dificultad de Tomás para creer, sino que sale a su encuentro y parte precisamente de allí donde él se había detenido: «Pon aquí tu dedo y mira mis manos». La pedagogía de Dios respeta profundamente nuestros tiempos de crecimiento, y esta experiencia permitirá a Tomás expresar una de las profesiones de fe más bellas: «¡Señor mío y Dios mío!». No temamos, pues, nuestras dificultades, porque así como Jesús respetó las de Tomás, también respeta las nuestras.
