Los comentarios sobre la liturgia del día están tomados del Misalito “Sobre tu Palabra” de septiembre/octubre de 2020.
26.º domingo del Tiempo Ordinario (A)
2.ª sem. del salterio
PRIMERA LECTURA
Del libro del profeta Ezequiel (Ez 18,25-28)
Así dice el Señor: «Vosotros decís: “No es recto el proceder del Señor”. Escucha, pues, casa de Israel: ¿No es recto mi proceder? ¿No es más bien vuestro proceder el que no es recto? Si el justo se aparta de la justicia, comete el mal y muere por ello, muere por el mal que ha cometido. Y si el malvado se convierte de la maldad que cometió y hace lo que es recto y justo, él mismo salva su vida. Si recapacita y se aparta de todos los delitos cometidos, ciertamente vivirá y no morirá». Palabra de Dios.
Comentario a la primera lectura
La liturgia no puede hacerlo, pero nosotros, en casa, sí. Sería útil y hermoso leer todo el capítulo 18 del libro del profeta Ezequiel para saborear plenamente la primera lectura de este 26.º domingo del Tiempo Ordinario. Es un capítulo que aborda el tema de la responsabilidad personal del pecador. El capítulo comienza con un proverbio que dice así: «Los padres comieron uvas agrias y los dientes de los hijos se embotaron». En efecto, no era ajena a la visión teológica de Israel la idea de que el pecado del padre recaería sobre los hijos y sobre los hijos de los hijos, durante un número indeterminado de generaciones. En cierto momento, el pueblo ve que no es así y lo siente como un escándalo; ya no comprende el proceder de Dios. Por medio del profeta, Dios llama la atención a su pueblo. La responsabilidad de cada elección es siempre personal. Este modo de sentir no está lejos de nosotros. ¡Cuántas veces, para justificar el mal que vemos a nuestro alrededor y dentro de nosotros, usamos la frase: «Pero es culpa de la sociedad en la que vivimos»! No. La sociedad tiene sus culpas, que solo se convierten en nuestras si decidimos hacerlas nuestras.
SEGUNDA LECTURA
De la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses (Flp 2,1-11)
Hermanos, si hay algún consuelo en Cristo, si algún estímulo fruto del amor, si alguna comunión de espíritu, si algún afecto y compasión, colmad mi alegría teniendo un mismo sentir y la misma caridad, permaneciendo unánimes y concordes. No hagáis nada por rivalidad o vanagloria, sino que cada uno de vosotros, con toda humildad, considere a los demás superiores a sí mismo. Que cada uno no busque su propio interés, sino también el de los demás. Tened entre vosotros los mismos sentimientos de Cristo Jesús: él, que era de condición divina, no consideró un privilegio ser como Dios, sino que se despojó de sí mismo, tomando la condición de esclavo, haciéndose semejante a los hombres. Y, reconocido como hombre por su presencia, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó y le concedió el Nombre sobre todo nombre; para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua proclame: «Jesucristo es Señor», para gloria de Dios Padre. Palabra de Dios.
Comentario a la segunda lectura
«Tened entre vosotros los mismos sentimientos de Cristo Jesús»: todo el camino de la fe puede encontrar su síntesis en esta brevísima frase que el apóstol Pablo escribe a los cristianos de Filipos. Quien tuvo la suerte de contar con un párroco atento y presente durante la infancia, uno de esos párrocos totalmente entregados a su comunidad, reconocerá en esta exhortación el contenido de tantos consejos recibidos. Cuando en mis confesiones de niño y adolescente revelaba a mi buen párroco algunas travesuras cometidas o a punto de cometer, cuando le pedía consejo sobre ciertas decisiones que debía tomar, su respuesta era siempre la misma: «Pregúntate: ¿qué haría Jesús en mi lugar?». Debo decir que todavía hoy, a pesar de toda la teología estudiada, los exámenes realizados y la experiencia pastoral adquirida, ante las cosas que debo hacer o decir, la primera pregunta que me viene a la mente es la misma que me hacía mi párroco. A las mentes metafísicas y especulativas todo esto puede parecerles banal y simplista, pero, en el fondo, ¿no es verdad que «si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos»?
EVANGELIO DE HOY
Del Evangelio según san Mateo (Mt 21,28-32)
En aquel tiempo, Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se dirigió al primero y le dijo: “Hijo, ve hoy a trabajar en la viña”. Él respondió: “No quiero”. Pero después se arrepintió y fue. Se dirigió al segundo y le dijo lo mismo. Él respondió: “Sí, señor”. Pero no fue. ¿Quién de los dos cumplió la voluntad de su padre?». Respondieron: «El primero». Y Jesús les dijo: «En verdad os digo que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros por el camino de la justicia, y no le creísteis; en cambio, los publicanos y las prostitutas le creyeron. Y vosotros, ni siquiera después de ver esto os arrepentisteis para creerle». Palabra del Señor.
Comentario al Evangelio de hoy
¡Qué gran riqueza tienen las parábolas contadas por Jesús! Tienen el poder y la capacidad de conducirnos inmediatamente a su presencia, interrogan a nuestro yo más profundo y sacan a la luz los pensamientos más ocultos que ni siquiera nos atrevemos a confesarnos a nosotros mismos. Lo que Jesús quiere subrayar hoy es que no importa cuándo se es llamado, sino cómo se responde a la llamada. Tal vez aquellos sumos sacerdotes y aquellos ancianos del pueblo, al sentirse elegidos desde siempre para formar parte del pueblo de Dios, daban por supuesta la irrevocabilidad de aquella llamada. Se sentían seguros de la elección de Dios y ya no daban importancia a las consecuencias de esa predilección. Somos llamados no por una dignidad o por méritos personales, sino siempre para realizar un trabajo necesario, de modo que la viña del Señor pueda dar frutos abundantes y deleitar al mundo entero. ¡Cuántas preguntas plantea Jesús! ¡Y qué pocas respuestas! Porque la respuesta es el resultado de nuestra libertad provocada por su presencia. ¡Qué inoportunas debieron de sonar las palabras de Jesús sobre los publicanos y las prostitutas! ¡Y qué extrañas nos suenan también hoy, cuando a menudo nos sentimos satisfechos sin haber hecho nada por cuidar de la viña!

