liturgia della domenica 28 agosto 2023

Editrice Shalom

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Autore: Editrice Shalom

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Liturgia del domingo: 28 de agosto de 2023

Jesús

Textos extraídos del Misalito «Sobre tu Palabra» julio-agosto de 2023

22.º domingo del tiempo ordinario (C)
2.ª sem. salterio


PRIMERA LECTURA

Del libro del Eclesiástico (Eclo 3,19-21.30-31)
Hijo, realiza tus obras con mansedumbre, y serás amado más que un hombre generoso. Cuanto más grande seas, más humilde debes ser, y encontrarás gracia ante el Señor. Muchos son los hombres orgullosos y soberbios, pero Dios revela sus secretos a los mansos. Porque grande es el poder del Señor, y por los humildes es glorificado. No hay remedio para la miserable condición del soberbio, porque en él está arraigada la planta del mal. El corazón sabio medita los proverbios, y el oído atento es lo que desea el sabio. – Palabra de Dios.

Comentario a la primera lectura

En el pasaje, tomado del libro del Eclesiástico, encontramos una valoración de la mansedumbre, la humildad y la modestia para ser bien recibidos por el prójimo y, sobre todo, por Dios. Estas virtudes abren el corazón a los dones de Dios y nos transforman en sus testigos. Sobre todo la mansedumbre, hoy en día, no parece ser una cualidad. En el imaginario común, ser manso significa manifestar debilidad y, por lo general, adoptar una actitud de renuncia ante la vida. En efecto, el manso no grita para hacer justicia por sí mismo ni hace todo lo posible para llamar la atención. ¿Cómo se puede desear, entonces, una condición semejante? Sin embargo, la Sagrada Escritura dice exactamente lo contrario: los hombres que realmente han hecho historia y de los que, después de tantos siglos, todavía se habla han sido mansos y capaces de poner su confianza en Dios. Cultivar esta virtud significa haber comprendido cuáles son las cosas verdaderamente importantes, sin dejarse engañar por la manera de pensar del mundo. El manso es quien sabe juzgar la realidad con los ojos de Dios y de su amor.


SEGUNDA LECTURA

De la carta a los Hebreos (Heb 12,18-19.22-24a)
Hermanos, ustedes no se han acercado a algo tangible, ni a un fuego ardiente, ni a oscuridad, tiniebla y tempestad, ni a un toque de trompeta y a un sonido de palabras, mientras que quienes lo escuchaban suplicaban a Dios que no les dirigiera más la palabra. Ustedes, en cambio, se han acercado al monte Sion, a la ciudad del Dios vivo, la Jerusalén celestial y a miles de ángeles, a una reunión festiva y a la asamblea de los primogénitos cuyos nombres están escritos en los cielos, a Dios, juez de todos, y a los espíritus de los justos llevados a la perfección, a Jesús, mediador de la nueva alianza. – Palabra de Dios.

Comentario a la segunda lectura

En el Antiguo Testamento, acercarse a Dios era motivo de temor: ¿cómo se puede escuchar su voz sin morir? Por eso, muchas descripciones veterotestamentarias presentan las revelaciones del Altísimo como acontecimientos acompañados de grandes perturbaciones de la naturaleza. Pero el autor de la carta a los Hebreos nos dice que todo eso ha terminado: ahora Dios se revela en la persona de Jesús de Nazaret. Por eso ya no tenemos motivo para tenerle miedo, porque nuestro destino es como el de los ángeles y los santos en el cielo. En la fe y en el amor participamos de su misma visión beatífica. Por tanto, ya no se puede tener miedo de aquel que nos ama más que nadie en el mundo. Nuestra actitud debe ser la confianza en él, como la de los hijos hacia el más amoroso de los padres. Nuestro Señor susurra amor y nosotros cobramos vida con cada palabra que sale de su boca, nos mira y nuestra vida se ilumina de bien, se acerca y somos consolados y acompañados en el camino. El tiempo del miedo ha terminado.


EVANGELIO DEL DÍA

Del Evangelio según san Lucas (Lc 14,1.7-14)
Sucedió que un sábado Jesús fue a comer a casa de uno de los jefes de los fariseos, y ellos lo observaban. Les decía a los invitados una parábola, al notar cómo elegían los primeros puestos: «Cuando seas invitado a una boda por alguien, no te pongas en el primer lugar, porque puede haber otro invitado más digno que tú, y el que te invitó a ti y a él puede venir a decirte: “Cédele el puesto”. Entonces tendrás que ocupar avergonzado el último lugar. En cambio, cuando seas invitado, ve a ponerte en el último lugar, para que cuando llegue el que te invitó te diga: “Amigo, ven más adelante”. Entonces recibirás honores delante de todos los comensales. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido». Después dijo al que lo había invitado: «Cuando ofrezcas un almuerzo o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos, porque ellos a su vez podrían invitarte y así tendrías tu recompensa. Al contrario, cuando ofrezcas un banquete, invita a los pobres, a los lisiados, a los cojos y a los ciegos; y serás feliz, porque ellos no pueden corresponderte. Recibirás tu recompensa en la resurrección de los justos». – Palabra del Señor

Comentario al Evangelio del día

El discurso de Jesús es realmente actual: parece que la gratuidad, dar sin esperar nada a cambio, es algo muy difícil en nuestras relaciones. En efecto, por más que podamos convencernos de lo contrario, nuestras maneras de actuar y nuestras relaciones siempre sufren a causa de esas malas termitas que son el interés personal, el provecho propio y la espera de una reciprocidad. Es evidente que no se trata solo de una reciprocidad material: también pedir atención y pretender ser considerados a toda costa es una forma semejante de buscar una recompensa. Por eso Jesús, que conoce nuestros corazones, nos invita a dirigir nuestra atención sobre todo a quienes no tienen con qué corresponder. Este es el mejor ejercicio que nos permite arrancar de nuestro corazón la mala hierba del interés que, de una manera u otra, siempre buscamos. Debemos llevar a la vida cotidiana la lógica del servicio, superando el deseo y el impulso de sentarnos en el primer lugar. La verdadera grandeza no está en imponerse, sino en saber hacerse pequeño, con humildad y amor, hasta llegar a los más pequeños; en hacerse don gratuito para los demás, imitando a Cristo, que se entregó por completo para la salvación y la felicidad de cada uno.


Suscripción al Misalito
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