Textos extraídos del Misal “Sobre tu Palabra” julio-agosto de 2021
22.º domingo del Tiempo Ordinario (B)
2.ª sem. salterio
PRIMERA LECTURA
Del libro del Deuteronomio (Dt 4,1-2.6-8)
Moisés habló al pueblo diciendo: «Ahora, Israel, escucha las leyes y las normas que yo les enseño, para que las pongan en práctica, porque así vivirán y entrarán en posesión de la tierra que el Señor, Dios de sus padres, está a punto de darles. No añadirán nada a lo que yo les mando ni quitarán nada de ello; observarán los mandamientos del Señor, su Dios, que yo les prescribo. Obsérvenlos, pues, y pónganlos en práctica, porque esa será su sabiduría y su inteligencia a los ojos de los pueblos, los cuales, al oír hablar de todas estas leyes, dirán: “Esta gran nación es el único pueblo sabio e inteligente”. En efecto, ¿qué gran nación tiene dioses tan cercanos a ella como el Señor, nuestro Dios, está cerca de nosotros cada vez que lo invocamos? ¿Y qué gran nación tiene leyes y normas tan justas como toda esta legislación que yo les doy hoy?». Palabra de Dios.
Comentario a la primera lectura
Dios, por medio de Moisés, habla al pueblo de Israel: «Ahora, Israel, escucha las leyes y las normas que yo les enseño, para que las pongan en práctica». En lo primero que nos detendremos es precisamente en ese “ahora”. No después, no mañana ni siquiera dentro de unos meses, sino “ahora”, es decir, inmediatamente. Dios nos pide que escuchemos, y que lo hagamos bien, para después ponerlo en práctica. El problema está precisamente aquí: no estamos acostumbrados, por lo que transformamos escuchar en oír y, en cuanto a la práctica, si podemos lo posponemos, sobre todo cuando se trata del aspecto religioso. Para poner en práctica la palabra de Dios debemos cambiar nuestro estilo de vida y nuestros hábitos; es decir, aprender a escuchar para traducirlo en acción. Para hacerlo, hay que observar cuidadosamente los preceptos de Dios. Esto no es algo que se haga a medias: poner en práctica las normas de Dios significa vivirlas día tras día, significa tomar las decisiones, tanto grandes como pequeñas, basándonos en los principios de Dios. La pregunta, entonces, es: ¿estamos utilizando lo que hemos recibido? ¿Lo estamos poniendo en práctica?
SEGUNDA LECTURA
De la carta del apóstol Santiago (St 1,17-18.21b-22.27)
Mis queridos hermanos, todo buen regalo y todo don perfecto vienen de lo alto y descienden del Padre, creador de la luz: en él no hay variación ni sombra de cambio. Por su voluntad nos ha engendrado por medio de la palabra de la verdad, para que seamos como primicia de sus criaturas. Reciban con docilidad la Palabra que ha sido plantada en ustedes y puede llevarlos a la salvación. Sean de los que ponen en práctica la Palabra, y no solo oyentes, engañándose a ustedes mismos. La religión pura e intachable ante Dios Padre es esta: visitar a los huérfanos y a las viudas en sus sufrimientos y no dejarse contaminar por este mundo. Palabra de Dios.
Comentario a la segunda lectura
Si alguien cree ingenuamente que puede engañar a un amigo de carne y hueso en favor de sus propios intereses personales, ciertamente con Dios no funciona así. Hay quien se acerca al sacramento de la Reconciliación habiendo decidido de antemano distorsionar la verdad para no quedar demasiado mal. Algunos creen mejorar sus negocios con una ayuda “de lo Alto”, dando limosna con dinero robado, procedente de actividades ilícitas o inmorales, como el tráfico de drogas y armas. Hay adolescentes y jóvenes que pasan tardes o días enteros en el oratorio, pero descuidan por completo sus deberes familiares y de estudio. Como subraya el apóstol Santiago, estas personas no engañan al Altísimo, sino a sí mismas. Santiago distingue entre quienes simplemente disfrutan escuchando hermosos discursos sobre la fe, la esperanza y la caridad… y quienes, en cambio, ponen en práctica la palabra del Señor.
EVANGELIO DEL DÍA
Del Evangelio según san Marcos (Mc 7,1-8.14-15.21-23)
En aquel tiempo, se reunieron alrededor de Jesús los fariseos y algunos escribas venidos de Jerusalén. Al ver que algunos de sus discípulos tomaban alimento con manos impuras, es decir, sin lavar -pues los fariseos y todos los judíos no comen si no se han lavado cuidadosamente las manos, siguiendo la tradición de los antiguos, y al volver del mercado no comen sin haberse lavado, y observan muchas otras cosas por tradición, como el lavado de vasos, vasijas, objetos de cobre y lechos-, los fariseos y los escribas le preguntaron: «¿Por qué tus discípulos no se comportan según la tradición de los antiguos, sino que toman alimento con manos impuras?». Él les respondió: «Bien profetizó Isaías de ustedes, hipócritas, como está escrito: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me rinden culto, enseñando doctrinas que son preceptos humanos”. Dejando de lado el mandamiento de Dios, ustedes observan la tradición de los hombres». Y llamando de nuevo a la gente, les decía: «Escúchenme todos y entiendan bien. Nada de lo que entra de fuera en el hombre puede hacerlo impuro. Lo que sale del hombre es lo que lo hace impuro». Y decía [a sus discípulos]: «Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos propósitos: impurezas, robos, homicidios, adulterios, avaricias, maldades, engaños, desenfreno, envidia, calumnia, soberbia y necedad. Todas estas cosas malas salen de dentro y hacen impuro al hombre». Palabra del Señor.
Comentario al Evangelio del día
El evangelista se detiene en un riesgo que también corremos hoy: perder de vista lo esencial, el mandamiento de Dios, concentrando nuestra atención en cosas de menor importancia. Jesús denuncia lo que modificamos en la religiosidad, que nos lleva a parecer más buenos en lugar de serlo verdaderamente. Preferimos ostentar actitudes externas antes que llegar a una conversión efectiva del corazón, realizar ritos antes que buscar la unión con Dios. San Pablo nos recuerda que no son las prácticas religiosas las que nos salvan, sino la fe que obra por medio de la caridad. Lo que viene de Dios no puede contaminarnos, porque él solo ha hecho cosas buenas. Lo que contamina al hombre viene de dentro, es decir, de nuestro corazón. Y es por medio de nuestras acciones, que parten precisamente del corazón, como elegimos lo que es puro o impuro, lo que es bueno o malo. Todo depende de nosotros, de observar o no el mandamiento del amor, que hace presente o no el rostro de Dios entre nosotros. Creer en el amor por encima de todo, como única ley, es la dificultad de los discípulos en tiempos de Jesús, pero también de los cristianos de hoy. Dejémonos conducir por Cristo para que nuestro corazón esté siempre lleno de amor.

