Textos extraídos del Misalito «Sobre tu Palabra» septiembre-octubre de 2024
26.º domingo del tiempo ordinario (B)
2.ª semana del salterio
PRIMERA LECTURA
Del libro de los Números (Nm 11,25-29)
En aquellos días, el Señor bajó en la nube y habló a Moisés: tomó parte del espíritu que estaba sobre él y lo puso sobre los setenta ancianos; cuando el espíritu se posó sobre ellos, profetizaron, pero no volvieron a hacerlo. Sin embargo, habían quedado dos hombres en el campamento, uno llamado Eldad y el otro Medad. El espíritu se posó también sobre ellos; estaban entre los inscritos, pero no habían salido para ir a la tienda. Se pusieron a profetizar en el campamento. Un joven corrió a anunciarlo a Moisés y le dijo: «Eldad y Medad están profetizando en el campamento». Josué, hijo de Nun, servidor de Moisés desde su adolescencia, tomó la palabra y dijo: «Moisés, señor mío, ¡prohíbeles hacerlo!». Pero Moisés le respondió: «¿Estás celoso por mí? ¡Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta y el Señor infundiera en ellos su espíritu!». - Palabra de Dios.
Comentario a la primera lectura
Josué no estaba del todo equivocado: los dos que no estaban entre los setenta designados no tenían la «licencia» para ejercer la profecía. Él no sabía que el Espíritu también se había posado sobre ellos y pidió a Moisés que se respetara el orden; de lo contrario, todos se pondrían a profetizar, creando confusión en el pueblo. Moisés enuncia un principio interesante: Dios concede el espíritu de profecía a quien quiere. En los campos regados por canales construidos por el hombre, el agua llega regularmente y el campesino está tranquilo, pero también está la lluvia, y cuando llueve todos los campos reciben agua, incluso los matorrales de zarzas de los bosques. Esto significa que debemos escuchar a todos, porque puede ser que el Espíritu se manifieste en las palabras de personas de las que no esperaríamos escuchar su voz. Debemos ser humildes y, con discernimiento, acoger la verdad venga de donde venga.
SEGUNDA LECTURA
De la carta del apóstol Santiago (St 5,1-6)
Ahora ustedes, los ricos: ¡lloren y laméntense por las desgracias que les sobrevendrán! Sus riquezas están podridas, sus vestidos están comidos por las polillas. Su oro y su plata están corroídos por el óxido, y ese óxido se levantará para acusarlos y devorará sus carnes como un fuego. ¡Han acumulado tesoros para los últimos días! Miren: el salario de los trabajadores que segaron sus campos, y que ustedes no les pagaron, clama, y los gritos de los segadores han llegado a los oídos del Señor todopoderoso. Han vivido sobre la tierra entre placeres y lujos, y se han hartado para el día de la matanza. Han condenado y matado al justo, y él no les opuso resistencia. - Palabra de Dios.
Comentario a la segunda lectura
La imagen que nos ofrece Santiago es fuerte. En sí mismo, no es cierto que las riquezas estén podridas (si tengo diez palacios en Milán y cinco Ferrari nuevos relucientes en el garaje, ¿acaso estas cosas están podridas?), no es cierto que los vestidos estén comidos por las polillas (con naftalina puedo protegerlos) y tampoco es cierto que el oro, suponiendo que lo tengamos en lingotes, esté corroído por el óxido. ¿Qué quiere sugerirnos entonces el apóstol? Nos dice que estas riquezas humanas son inconsistentes y que, si se deterioran y se deshacen en nuestras manos, no podemos confiarles nuestra vida. Esta es una verdad absoluta, porque, por lo menos, moriremos y dejaremos todos estos bienes en la tierra; no nos servirán como credenciales para entrar en el reino de Dios. Por tanto, se consumirán, desaparecerán. Demos cuenta de ello. La enseñanza se completa después con las palabras del Evangelio, que nos enseñan el uso correcto de las riquezas: podemos tener muchos bienes, pero estos deben servirnos para la caridad hacia los necesitados y para acumular «tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el óxido los corroen» (Mt 6,20).
EVANGELIO DEL DÍA
Del Evangelio según san Marcos (Mc 9,38-43.45.47-48)
En aquel tiempo, Juan dijo a Jesús: «Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre y tratamos de impedírselo, porque no nos seguía». Pero Jesús dijo: «No se lo impidan, porque nadie que haga un milagro en mi nombre puede luego hablar mal de mí: quien no está contra nosotros está a favor de nosotros. Y quien les dé a beber un vaso de agua en mi nombre porque ustedes pertenecen a Cristo, les aseguro que no quedará sin recompensa. Si alguien hace caer en pecado a uno de estos pequeños que creen en mí, sería mejor para él que le ataran al cuello una piedra de molino y lo arrojaran al mar. Si tu mano te hace caer en pecado, córtatela: más te vale entrar en la vida con una sola mano que ir con las dos a la Gehenna, al fuego que no se apaga. Y si tu pie te hace caer en pecado, córtatelo: más te vale entrar en la vida con un solo pie que ser arrojado con los dos a la Gehenna. Y si tu ojo te hace caer en pecado, arráncatelo: más te vale entrar en el reino de Dios con un solo ojo que ser arrojado con los dos a la Gehenna, donde el gusano no muere y el fuego no se apaga». - Palabra del Señor.
Comentario al Evangelio del día
La vida cristiana tiene su radicalidad, y precisamente ahí reside su belleza. No se puede estar en medio: el gris no es un color bíblico. Existen el blanco y el negro. En el Evangelio de hoy aparecen reunidas tres palabras del Señor: el uso del nombre de Jesús, la caridad hacia los pequeños y el escándalo. Es necesario derribar y construir: arrancar de nosotros las raíces perversas y, al mismo tiempo, dedicarnos a la caridad fraterna, realizar las obras de Dios (incluidos los milagros) con sencillez de corazón. Nada hay más sencillo que el cristianismo, pero es necesario vivirlo por entero. Dios es amor y el color del amor no tiene matices: es fuego vivo que arde y consume, es una vida gastada totalmente en el bien, como lo fue la de Jesús, la Virgen María y los santos. No nos impresionemos ni retrocedamos, porque quien lo hace todo es Dios en nosotros. Los santos no eran diferentes de nosotros; también se confesaban de sus imperfecciones, pero amaban a Jesús más que nosotros y creían en él sin vacilar. La vida cristiana exige heroísmo, pero sobre todo fe: nosotros no somos capaces de hacer nada, pero digamos, con san Pablo: «Todo lo puedo en Aquel que me fortalece» (Flp 4,13). Dios no nos ha dado un espíritu de timidez, sino de valentía en el Espíritu Santo.


