Textos extraídos del Misal “Sobre tu Palabra” septiembre-octubre de 2023
22.º domingo del Tiempo Ordinario (A)
2.ª semana del salterio
PRIMERA LECTURA
Del libro del profeta Jeremías (Jr 20,7-9)
Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir; me forzaste y venciste. He sido objeto de burla todo el día; todos se ríen de mí. Cuando hablo, tengo que gritar, tengo que clamar: «¡Violencia! ¡Opresión!». Así, la palabra del Señor se ha convertido para mí en motivo de vergüenza y escarnio todo el día. Me decía: «No pensaré más en él, no hablaré más en su nombre». Pero había en mi corazón algo así como un fuego ardiente, encerrado en mis huesos; intentaba contenerlo, pero no podía. – Palabra de Dios.
Comentario a la primera lectura
La primera lectura de hoy nos presenta un momento especialmente difícil de la vida de Jeremías. Llamado a ser profeta, deja su pueblo y se traslada a Jerusalén. Allí, a causa de lo que anuncia, es objeto de burlas y persecución. Como Jesús y como todo hombre justo, Jeremías experimenta la persecución, las dificultades del ambiente que lo rodea y las crisis interiores. Angustiado, llega incluso a pensar que Dios lo ha seducido, engañado, y ya no sabe si continuar siendo profeta o elegir, en cambio, un camino menos arduo, quizá retirándose a la vida privada. Ya no quiere pensar en Dios ni hablar en su nombre. Quiere volver atrás y no haberse enamorado nunca. Pero desde sus huesos, es decir, desde la parte más interior e íntima de él, brota un fuego ardiente imposible de dominar, que elimina sus resistencias y le da nuevas fuerzas para el servicio profético. La historia de Jeremías es la historia de una fidelidad pagada a muy alto precio, que nos invita a comprobar si nuestro modo de responder a Dios y a su Palabra se parece al suyo o no.
SEGUNDA LECTURA
De la carta del apóstol san Pablo a los Romanos (Rom 12,1-2)
Hermanos, os exhorto, por la misericordia de Dios, a ofrecer vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios; este es vuestro culto espiritual. No os amoldéis a este mundo, sino transformaos renovando vuestra manera de pensar, para que podáis discernir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, agradable a él y perfecto. – Palabra de Dios.
Comentario a la segunda lectura
Este pasaje abre la segunda parte de la carta a los Romanos, llamada parenética, es decir, exhortativa. Pablo introduce sus exhortaciones recordando a los cristianos que no deben amoldarse al mundo. En efecto, los cristianos vivimos en el mundo, plenamente insertos en la realidad social y cultural de nuestro tiempo, y es justo que sea así; pero esto entraña el riesgo de volvernos mundanos, el riesgo de que la sal pierda su sabor, como diría Jesús (cf. Mt 5,13), es decir, de que el cristiano pierda la fuerza de novedad que recibe del Señor y del Espíritu Santo. Por eso es necesario renovarse continuamente, alimentándose de la savia del Evangelio. ¿Y cómo se puede hacer esto en la práctica? Eucaristía, oración, amor al prójimo. Gracias a estos dones del Señor podemos amoldarnos no al mundo, sino a Cristo, y seguirlo por su camino, el camino de perder la propia vida para encontrarla de nuevo. Perderla en el sentido de entregarla, ofrecerla por amor y en el amor -y esto implica el sacrificio, también la cruz-, para recibirla nuevamente purificada, liberada del egoísmo y de la hipoteca de la muerte, llena de eternidad.
EVANGELIO DEL DÍA
Del Evangelio según san Mateo (Mt 16,21-27)
En aquel tiempo, Jesús comenzó a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y sufrir mucho a manos de los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, y ser ejecutado y resucitar al tercer día. Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo diciendo: «¡Dios no lo quiera, Señor! Eso no te sucederá jamás». Pero él, volviéndose, dijo a Pedro: «¡Ponte detrás de mí, Satanás! Eres para mí un escándalo, porque no piensas como Dios, sino como los hombres». Entonces Jesús dijo a sus discípulos: «Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mi causa, la encontrará. Pues ¿de qué le servirá a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su vida? ¿O qué podrá dar un hombre a cambio de su vida? Porque el Hijo del hombre está a punto de venir en la gloria de su Padre, con sus ángeles, y entonces pagará a cada uno según sus obras». – Palabra del Señor.
Comentario al Evangelio del día
Jesús revela a sus discípulos lo que le espera en Jerusalén. Pedro se escandaliza y lo reprende. Pero Jesús, a su vez, reprende a Pedro, llamándolo incluso “Satanás”. Jesús se da cuenta de que en Pedro, como en los demás discípulos y también en cada uno de nosotros, a la gracia del Padre se opone la tentación del Maligno, que quiere apartarlo de la voluntad de Dios. Al anunciar que tendrá que sufrir y ser condenado a muerte para después resucitar, Jesús quiere hacer comprender a quienes lo siguen que él es el Mesías humilde, el Siervo obediente a la palabra y a la voluntad del Padre, hasta el sacrificio de la propia vida. Por eso Jesús declara que quien quiera ser su discípulo debe aceptar ser siervo como él. Seguirlo significa tomar la propia cruz para acompañarlo en su camino, un camino incómodo que no es el del éxito ni el de la gloria pasajera, sino el que conduce a la verdadera libertad del egoísmo y del pecado. Se trata de rechazar decididamente esa mentalidad mundana que coloca el propio yo y los propios intereses en el centro de la existencia. Jesús nos invita a perder la propia vida por él y por el Evangelio, para recibirla renovada, plena y auténtica.


