liturgia della domenica 30 giugno 2024

Editrice Shalom

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Autore: Editrice Shalom

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Liturgia del domingo: 30 de junio de 2024

Jesús y la hija de Jairo

Textos extraídos del Misalito “Sobre tu Palabra” mayo-junio de 2024

13.º domingo del tiempo ordinario (B) 
1.ª sem. salterio


PRIMERA LECTURA

Del libro de la Sabiduría (Sab 1,13-15; 2,23-24)
Dios no ha creado la muerte ni se complace en la destrucción de los vivos. Él creó todas las cosas para que existieran; las criaturas del mundo son portadoras de salvación, en ellas no hay veneno de muerte, ni el reino de los muertos está sobre la tierra. La justicia, en efecto, es inmortal. Sí, Dios creó al ser humano para la incorruptibilidad, lo hizo a imagen de su propia naturaleza. Pero por la envidia del diablo entró la muerte en el mundo, y la experimentan quienes le pertenecen. – Palabra de Dios. 

Comentario a la primera lectura

En la Sagrada Escritura, numerosas citas relacionan la muerte con el pecado de los orígenes. A las palabras de la Sabiduría hacen eco las del Nuevo Testamento: «Por un solo hombre entró el pecado en el mundo y, por el pecado, la muerte» (Rom 5,12); «El pecado, una vez cometido, engendra la muerte» (Sant 1,15). Estas afirmaciones hacen intuir que, si no hubiera existido el pecado original, no habría existido la muerte. Así lo enseña el Catecismo de la Iglesia Católica: «Aunque el hombre poseyera una naturaleza mortal, Dios lo destinaba a no morir. La muerte fue, por tanto, contraria a los designios de Dios Creador, y entró en el mundo como consecuencia del pecado» (n. 1008). Por otra parte, la muerte es signo característico de la finitud de las criaturas y, como tal, resulta un hecho natural; por eso no es extraño que la vida humana (al menos en el horizonte de la esfera biológica) tenga un término. Además, si desde la perspectiva de la fe se entiende como un paso de la condición finita a la autorrealización definitiva del ser humano, adquiere incluso un valor positivo.


SEGUNDA LECTURA

De la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios (2 Cor 8,7.9.13-15)
Hermanos, así como sois ricos en todo: en la fe, en la palabra, en el conocimiento, en todo empeño y en la caridad que os hemos enseñado, sed también generosos en esta obra. Pues conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo: siendo rico, se hizo pobre por vosotros, para que vosotros os enriquecierais con su pobreza. No se trata de poner dificultades a vosotros para aliviar a los demás, sino de que haya igualdad. En el momento presente, vuestra abundancia supla su indigencia, para que también su abundancia supla vuestra indigencia, y haya igualdad, como está escrito: «El que recogió mucho no tuvo de más, y el que recogió poco no tuvo de menos». – Palabra de Dios. 

Comentario a la segunda lectura

Jesús muestra con su vida el camino para ir al Padre: «Siendo rico, se hizo pobre por vosotros, para que vosotros os enriquecierais con su pobreza». San Agustín observa: «Mira a nuestro rico, que por nosotros se hizo pobre, siendo rico; mira a aquel rico: todo fue hecho por medio de él y nada fue hecho sin él. Mira a aquel rico: todo fue hecho por medio de él; mira a aquel pobre: el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros». La pobreza evangélica hace posible nuestro caminar hacia Dios, liberándonos de todo vínculo. Cuanto más se quiere caminar, más necesario es el desapego de las cosas. Cuando poseemos a Dios, necesariamente nos hacemos más pobres. Puesto que el amor determina la imitación, nos hacemos semejantes a aquellos a quienes amamos y, en la medida en que verdaderamente amamos al Señor, deseamos amar lo que él amó y vivir como él. La pobreza evangélica, querida por amor, nos une a Cristo y nos convierte en sacramento de una presencia divina. Por tanto, no somos bienaventurados porque somos pobres, sino pobres porque somos bienaventurados.


EVANGELIO DEL DÍA

Del Evangelio según san Marcos (Mc 5,21-43)
En aquel tiempo, Jesús atravesó de nuevo en barca a la otra orilla y se reunió a su alrededor mucha gente; él estaba junto al mar. Se acercó uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo, y al verlo se echó a sus pies y le suplicó con insistencia: «Mi hijita está a punto de morir; ven a imponerle las manos para que se salve y viva». Jesús se fue con él. Lo seguía mucha gente y lo apretujaba. Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años. Había sufrido mucho a manos de muchos médicos y se había gastado todos sus bienes sin obtener ningún beneficio; al contrario, iba de mal en peor. Al oír hablar de Jesús, se acercó por detrás entre la gente y tocó su manto. Pues se decía: «Si logro tocar aunque solo sea su ropa, quedaré curada». Inmediatamente se secó la fuente de su sangre y sintió en su cuerpo que estaba curada de su enfermedad. Jesús, dándose cuenta en seguida de la fuerza que había salido de él, se volvió hacia la gente y preguntó: «¿Quién ha tocado mi ropa?». Sus discípulos le contestaron: «Ves cómo te apretuja la gente y preguntas: “¿Quién me ha tocado?”». Él miraba alrededor para ver a la que había hecho esto. La mujer, asustada y temblorosa, sabiendo lo que le había sucedido, se acercó, se echó a sus pies y le confesó toda la verdad. Él le dijo: «Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz y queda curada de tu enfermedad». Todavía estaba hablando cuando llegaron de la casa del jefe de la sinagoga para decirle: «Tu hija ha muerto. ¿Para qué molestas ya al Maestro?». Pero Jesús, al oír lo que decían, dijo al jefe de la sinagoga: «No temas; basta que tengas fe». Y no permitió que lo acompañara nadie, salvo Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegaron a la casa del jefe de la sinagoga y vio el alboroto y a la gente que lloraba y gritaba. Entró y les dijo: «¿Por qué alborotáis y lloráis? La niña no está muerta; está dormida». Se reían de él. Pero él los echó fuera a todos, tomó consigo al padre y a la madre de la niña y a los que estaban con él, y entró donde estaba la niña. Tomó a la niña de la mano y le dijo: «Talita cum», que significa: «Muchacha, a ti te digo: levántate». En seguida la muchacha se levantó y echó a andar; tenía doce años. Y quedaron fuera de sí llenos de estupor. Les insistió mucho en que nadie lo supiera y les dijo que le dieran de comer. – Palabra del Señor.

Comentario al Evangelio del día

Cada encuentro de un hombre o de una mujer con Cristo puede considerarse una lección sobre la oración. Jesús había prometido que Dios siempre respondería a una petición hecha con fe: toda su vida es una demostración de esta realidad. Jesús responde siempre, incluso con el milagro, al hombre que recurre a él con un grito de fe, también cuando se trata de paganos. El ciego de Jericó, el centurión, la cananea, Jairo, la mujer que padecía flujos de sangre, Marta, hermana de Lázaro, la viuda que llora por su hijo, el padre del niño epiléptico, María en las bodas de Caná: son todas páginas maravillosas sobre la eficacia de la oración. Jesús acoge la oración, pero antes de hacer el milagro desplaza el eje, es decir, pasa del objeto (la curación) a quien obra el milagro. Quiere saber: «¿Crees que puedo hacerlo? ¿Tienes fe? ¿Tienes fe en mí?». Cuántas veces, en efecto, dice el Señor: «Que se haga según tu fe»; o bien: «Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz y queda curada de tu enfermedad». Las curaciones no son un fin en sí mismas, sino que se realizan para obtener la fe en Dios. Se pasa de una fe imperfecta a una fe pura y perfecta; se pasa de la curación del cuerpo a la del espíritu.


Suscripción al Misalito
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