Textos extraídos del Misalito «Sobre tu Palabra», julio-agosto de 2023
17.º domingo del tiempo ordinario (A)
1.ª semana del salterio
PRIMERA LECTURA
Del primer libro de los Reyes (1 Re 3,5.7-12)
En aquellos días, en Gabaón, el Señor se apareció a Salomón en sueños durante la noche. Dios le dijo: «Pídeme lo que quieras que te conceda». Salomón respondió: «Señor, mi Dios, tú has hecho reinar a tu siervo en lugar de David, mi padre. Pues bien, yo soy solo un muchacho; no sé cómo conducirme. Tu siervo está en medio de tu pueblo, el que has elegido, un pueblo numeroso que, por su cantidad, no se puede calcular ni contar. Concede a tu siervo un corazón dócil, para que sepa hacer justicia a tu pueblo y sepa distinguir entre el bien y el mal; pues ¿quién puede gobernar a este pueblo tuyo tan numeroso?». Al Señor le agradó que Salomón hubiera pedido esto. Dios le dijo: «Por haber pedido esto y no haber pedido para ti muchos días, ni haber pedido para ti riquezas, ni haber pedido la vida de tus enemigos, sino haber pedido para ti discernimiento para juzgar, mira, voy a actuar según tus palabras. Te concedo un corazón sabio e inteligente: nadie fue como tú antes de ti ni surgirá después de ti». – Palabra de Dios.
Comentario a la primera lectura
La traducción literal de la expresión «corazón dócil» es «corazón que escucha». ¡Qué petición tan extraña! Tal vez nosotros habríamos pedido cosas muy distintas, aunque fueran buenas para el bien de la nación. ¿Qué necesidad hay de tener un corazón que escucha? ¿Acaso no sabemos escuchar por nosotros mismos? Evidentemente, no. Para comprender bien la voluntad de Dios hay que escuchar no con los oídos, sino con el corazón. Esto significa no sacar conclusiones inmediatamente cada vez que escuchamos una palabra de la Biblia o creemos tener alguna inspiración. Hay que hacer que las palabras desciendan al corazón, meditarlas y suplicar al Señor que entren en nuestro entendimiento y en nuestra voluntad. Para decidir cosas importantes -Salomón reinaba sobre un Estado y cada uno de nosotros, en pequeño, tiene su propio «Estado»- pidamos humildemente que todo suceda según la voluntad de Dios, para su mayor gloria. Por tanto, también nosotros necesitamos un corazón que escucha. Cerremos los oídos a los falsos maestros y a las sugestiones del demonio, y escuchemos con reverencia la divina Palabra. Y que ella, cada día, se convierta para nosotros en una palabra traducida en vida.
SEGUNDA LECTURA
De la carta del apóstol san Pablo a los Romanos (Rom 8,28-30)
Hermanos, sabemos que todo contribuye al bien de quienes aman a Dios, de quienes han sido llamados según su designio. Porque a los que conoció de antemano, también los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que él fuera el primogénito entre muchos hermanos; y a los que predestinó, también los llamó; a los que llamó, también los justificó; y a los que justificó, también los glorificó. – Palabra de Dios.
Comentario a la segunda lectura
La expresión «todo contribuye al bien de quienes aman a Dios» es una verdadera piedra angular de la espiritualidad cristiana. Deberíamos escribirla con letras enormes en las paredes de nuestra casa y leerla continuamente, sobre todo cuando nos sentimos abrumados por el peso de las diversas pruebas. No es fácil creer que contribuyan al bien la muerte de un ser querido, una desgracia repentina, un revés económico o un conflicto de cualquier tipo. Y, sin embargo, si el Apóstol escribe «todo», debemos creer que todo, absolutamente todo, contribuye al bien, aunque yo solo vea la parte exterior y dolorosa, que me parece ser un mal. También la crucifixión es, en sí misma, algo horrible, pero del sacrificio de Cristo vino un bien para todos los hombres. En esta breve vida se sufre, y mucho, pero precisamente a esto hemos sido llamados: a ser conformes a la imagen del Hijo de Dios. Miremos hacia lo alto: Jesús crucificado es nuestro ejemplo de vida; conformados a él, primero seremos justificados y después glorificados con él. Esta es la secuencia de nuestra vida, si realmente todo contribuye al bien.
EVANGELIO DEL DÍA
Del Evangelio según san Mateo (Mt 13,44-52)
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra y lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va, vende todo lo que tiene y compra el campo. El reino de los cielos se parece también a un comerciante que busca perlas preciosas; al encontrar una perla de gran valor, va, vende todo lo que tiene y la compra.] También se parece el reino de los cielos a una red que se echa al mar y recoge toda clase de peces. Cuando está llena, los pescadores la sacan a la orilla, se sientan, reúnen los peces buenos en cestos y tiran los malos. Así será al final del mundo. Saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno encendido, donde habrá llanto y rechinar de dientes. ¿Habéis comprendido todo esto?». Ellos le respondieron: «Sí». Y él les dijo: «Por eso, todo escriba que se ha hecho discípulo del reino de los cielos se parece a un padre de familia que saca de su tesoro cosas nuevas y antiguas». – Palabra del Señor.
Comentario al evangelio del día
Cuando Jesús habla de su reino, expresa conceptos que evocan una separación, una elección clara: para adquirir algo precioso, primero debes vender todo lo demás; los peces capturados deben dividirse, unos en el cesto y otros de nuevo en el mar. Y después: «Vendrán los ángeles y separarán a los malos de los buenos». Este criterio de elección hace comprender que no se pueden mantener juntas las cosas cuando son diferentes entre sí. Las tinieblas no pueden coexistir con la luz: donde está una, no está la otra. Si estamos acostumbrados a mantenerlo todo unido, para no hacer daño a nadie ni a nosotros mismos, significa que todavía no hemos elegido el reino de Dios. «Dar un golpe al barril y otro al aro» no es un proverbio de los cristianos. Jesús dijo que quien no está con él está contra él. En los dichos de los Padres del desierto se cuenta que un discípulo solía acudir muchas veces a su padre espiritual diciendo que quería separarse del mundo y liberarse de las cosas mundanas, e insistía siempre en estos conceptos. Al final, el padre le dijo: «No te agites tanto: si vives como un verdadero cristiano, no serás tú quien se separe del mundo, sino que será él quien se separe de ti».

