Textos extraídos del Misal «Sulla Tua Parola», marzo-abril de 2025
IV domingo de Cuaresma (C) «Laetare»
4.ª sem. salterio
PRIMERA LECTURA
Del libro de Josué (Jos 5,9a.10-12)
En aquellos días, el Señor dijo a Josué: «Hoy he quitado de vosotros la infamia de Egipto». Los israelitas acamparon en Guilgal y celebraron la Pascua el día catorce del mes, al atardecer, en las estepas de Jericó. Al día siguiente de la Pascua comieron los productos de la tierra, panes ácimos y trigo tostado, ese mismo día. Y a partir del día siguiente, después de haber comido los productos de la tierra, cesó el maná. Los israelitas ya no tuvieron maná; aquel año comieron los frutos de la tierra de Canaán. – Palabra de Dios.
Comentario a la primera lectura
Hemos llegado al IV domingo de Cuaresma. Se trata de una especie de pausa para centrar la orientación de nuestro camino hacia la Pascua. Es semejante a la pausa que se hace cuando se va a la montaña: después de una subida exigente, al llegar a la primera meseta se recupera un poco el aliento, se observa el tramo recorrido, se disfruta de la etapa alcanzada y, fijando la mirada en la meta, uno se recarga, listo para afrontar el último tramo. Así es el camino litúrgico que hoy nos ofrece esta «pausa», durante la cual también para nosotros resuenan las palabras de Josué: «Hoy he quitado de vosotros la infamia de Egipto»; «gustad y ved qué bueno es el Señor», cantamos con el salmo. La alegría es el hilo conductor de este domingo y de los textos bíblicos. Una alegría que no nos construimos nosotros, sino que Dios nos dona, porque él cuida de cada uno de nosotros: «Al día siguiente de la Pascua comieron los productos de la tierra… Y a partir del día siguiente… cesó el maná… aquel año comieron los frutos de la tierra». Una alegría que es solo un anticipo de la alegría plena que Jesús nos dará, haciéndonos partícipes del banquete del cielo, que ya pregustamos hoy en la Eucaristía, hasta poder decir también nosotros con las palabras del salmista: «Gustad y ved qué bueno es el Señor».
SEGUNDA LECTURA
De la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios (2 Cor 5,17-21)
Hermanos, si alguno está en Cristo, es una nueva criatura; las cosas antiguas han pasado; he aquí que han nacido otras nuevas. Y todo esto proviene de Dios, que nos reconcilió consigo por medio de Cristo y nos encomendó el ministerio de la reconciliación. Porque era Dios quien reconciliaba consigo al mundo en Cristo, sin imputar a los hombres sus culpas, y nos confiaba la palabra de la reconciliación. Por tanto, en nombre de Cristo somos embajadores: por medio de nosotros es Dios mismo quien exhorta. Les suplicamos en nombre de Cristo: déjense reconciliar con Dios. A aquel que no conoció el pecado, Dios lo hizo pecado en favor nuestro, para que en él pudiéramos convertirnos en justicia de Dios. – Palabra de Dios.
Comentario a la segunda lectura
Como se ha mencionado en la primera lectura, la alegría es un don de Dios que se ofrece indistintamente a todos y nadie debe sentirse excluido: «Las cosas antiguas han pasado; he aquí que han nacido otras nuevas. Y todo esto proviene de Dios, que nos reconcilió consigo por medio de Cristo». Las cosas antiguas, nuestros viejos pecados, han pasado: Dios no imputa «a los hombres sus culpas». Pablo se dirige a la comunidad de Corinto, pero hoy a cada uno de nosotros, y nos invita a participar de esta alegría, a experimentar cuán bueno y misericordioso es el Señor Jesús: «Les suplicamos en nombre de Cristo: déjense reconciliar con Dios». Pablo suplica a la comunidad que se deje amar, que se deje perdonar, que se deje envolver por la misericordia divina de Dios. Y hoy dirige a cada uno de nosotros el mismo llamado, con la misma pasión y el mismo asombro: «Les suplicamos… déjense reconciliar con Dios». Solo así experimentaremos la alegría de la fiesta.
EVANGELIO
Del Evangelio según san Lucas (Lc 15,1-3.11-32)
En aquel tiempo, se acercaban a Jesús todos los publicanos y pecadores para escucharlo. Los fariseos y los escribas murmuraban diciendo: «Este acoge a los pecadores y come con ellos». Y él les dijo esta parábola: «Un hombre tenía dos hijos. El menor de los dos dijo al padre: “Padre, dame la parte de la herencia que me corresponde”. Y él repartió entre ellos sus bienes. Pocos días después, el hijo menor, reuniendo todas sus cosas, partió a un país lejano y allí derrochó su patrimonio viviendo desenfrenadamente. Cuando lo hubo gastado todo, sobrevino en aquel país una gran carestía y él comenzó a pasar necesidad. Entonces fue a ponerse al servicio de uno de los habitantes de aquella región, que lo mandó a sus campos a apacentar cerdos. Habría querido saciarse con las algarrobas que comían los cerdos; pero nadie le daba nada. Entonces recapacitó y dijo: “¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, y yo aquí me muero de hambre! Me levantaré, iré junto a mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el Cielo y ante ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo. Trátame como a uno de tus jornaleros”. Se levantó y volvió junto a su padre. Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio, se compadeció, corrió a su encuentro, se echó a su cuello y lo besó. El hijo le dijo: “Padre, he pecado contra el Cielo y ante ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo”. Pero el padre dijo a sus servidores: “¡Pronto! Traed aquí el mejor vestido y vestidlo; ponedle un anillo en el dedo y sandalias en los pies. Traed el ternero cebado, matadlo, comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado”. Y comenzaron a celebrar la fiesta. El hijo mayor estaba en el campo. Al regresar, cuando se acercaba a la casa, oyó la música y las danzas; llamó a uno de los servidores y le preguntó qué era todo aquello. Este le respondió: “Tu hermano ha llegado y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado sano y salvo”. Él se indignó y no quería entrar. Su padre salió a suplicarle. Pero él respondió a su padre: “Mira, yo te sirvo desde hace tantos años y nunca he desobedecido una orden tuya, y tú nunca me has dado un cabrito para celebrar una fiesta con mis amigos. Pero ahora que ha vuelto ese hijo tuyo, que ha devorado tus bienes con prostitutas, para él has matado el ternero cebado”. Él le respondió: “Hijo, tú estás siempre conmigo y todo lo mío es tuyo; pero era necesario celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado”». – Palabra del Señor.
Comentario al Evangelio
El banquete está listo y la fiesta ha comenzado, como se nos recordó en la primera lectura. Ese banquete fue preparado por el Padre para todos: tanto para el hijo menor, que regresó a casa, como para el hijo mayor, que se empeña en no entrar porque se siente herido en su orgullo, en el hecho de haber respetado las reglas, pero no comprende que no ha entendido el amor. Este cuarto domingo, una pausa en el camino hacia la Pascua, nos sirve a todos para dejarnos atraer por el amor misericordioso de Dios, Padre bueno, que sale al encuentro de todos, tanto de quien regresa de un viaje lejano como de quien se ha quedado en casa, pero sin comprender el valor del amor. Y para todos el Padre tiene palabras de afecto: «Deprisa, traed aquí el vestido más hermoso y vestidlo; ponedle el anillo en el dedo y sandalias en los pies. Traed el ternero cebado… celebremos un banquete». Y tanto para el hijo menor como para el mayor: «Su padre salió entonces a suplicarle… Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero era necesario celebrar un banquete y alegrarse». Todos estamos llamados a participar en la fiesta del Padre, a compartir su alegría.
