Textos extraídos del Misalito «Sobre tu Palabra» septiembre-octubre de 2021
31.º domingo del Tiempo Ordinario (B)
3.ª sem. del salterio
PRIMERA LECTURA
Del libro del Deuteronomio (Dt 6,2-6)
Moisés habló al pueblo diciendo: «Teme al Señor, tu Dios, observando durante todos los días de tu vida, tú, tu hijo y el hijo de tu hijo, todas sus leyes y todos sus mandamientos que yo te doy, y así se prolongarán tus días. Escucha, Israel, y procura ponerlos en práctica, para que seas feliz y os multipliquéis mucho en la tierra donde manan leche y miel, como te ha dicho el Señor, Dios de tus padres. Escucha, Israel: el Señor es nuestro Dios, el Señor es uno solo. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Estas palabras que hoy te mando estarán en tu corazón». Palabra de Dios.
Comentario a la primera lectura
Imagino a una madre que, con tono severo, amonesta a su hijo que no quiere escuchar: «Si no escuchas lo que te digo, acabará mal». En esencia, eso es lo que Dios dice al pueblo judío por boca de Moisés antes de entrar en la tierra prometida, después de cuarenta años de vida en el desierto. «Escucha, Israel: el Señor es nuestro Dios, el Señor es uno solo. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas». Escuchar es sinónimo de obedecer y también implica «no olvidar» y ponerlo en práctica. Si observamos la situación de nuestra nación y de las naciones del mundo, vemos que los problemas existentes se deben a que hemos olvidado a Dios y sus enseñanzas, que prometen, en cambio, bendiciones y libertad. En el Bautismo recibimos el Espíritu Santo, que transforma nuestra vida en la conciencia de la presencia de Dios. Recordemos, entonces, y actuemos en consecuencia con lo que se nos ha enseñado. ¿Qué sucede cuando no se escucha lo que dice el Señor? Que acabará mal, exactamente como en la advertencia de la madre.
SEGUNDA LECTURA
De la carta a los Hebreos (Heb 7,23-28)
Hermanos, [en la primera alianza] hubo muchos sacerdotes, porque la muerte les impedía permanecer durante mucho tiempo. Cristo, en cambio, como permanece para siempre, posee un sacerdocio que no pasa. Por eso puede salvar perfectamente a quienes se acercan a Dios por medio de él: pues está siempre vivo para interceder por ellos. Este es el sumo sacerdote que necesitábamos: santo, inocente, sin mancha, separado de los pecadores y elevado por encima de los cielos. Él no necesita, como los sumos sacerdotes, ofrecer sacrificios cada día, primero por sus propios pecados y después por los del pueblo: lo hizo una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo. La Ley constituye sumos sacerdotes a hombres sujetos a debilidad; pero la palabra del juramento, posterior a la Ley, constituye sacerdote al Hijo, hecho perfecto para siempre. Palabra de Dios.
Comentario a la segunda lectura
El discurso sobre el sacerdocio se centra en el valor del sacrificio que Cristo hizo «una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo», todo de una vez y para siempre. Se sacrificó por nosotros, pues se ofreció a Dios exponiéndose al rechazo de los hombres y, sin embargo, se entregó completamente a los hombres, a pesar de su hostilidad. Rechazado por nosotros, Jesús muere por nosotros. La cruz es la máxima revelación, más allá de toda imaginación y de toda espera, de quién es verdaderamente Dios. Es el gesto del Padre que entrega al Hijo y del Hijo que se entrega a sí mismo al Padre para salvarnos. Para Jesús fue un gran honor aceptar el sacrificio de la cruz por amor al Padre. Ese sacrificio hará nuevas todas las cosas y finalmente cambiará el corazón del hombre. Es un sacrificio de valor eterno, es «perfecto» y lo realiza aquel que está «siempre vivo» e intercede en favor de los hombres. Jesucristo es el eterno Sumo Sacerdote que salva a todos aquellos que, por medio de él, se acercan al Padre: él es el Sumo Sacerdote de todos los hombres y de todos los tiempos.
EVANGELIO DEL DÍA
Del Evangelio según san Marcos (Mc 12,28b-34)
En aquel tiempo, uno de los escribas se acercó a Jesús y le preguntó: «¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?». Jesús respondió: «El primero es: “Escucha, Israel: el Señor, nuestro Dios, es el único Señor; amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas”. El segundo es este: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. No hay otro mandamiento mayor que estos». El escriba le dijo: «Muy bien, Maestro, y con verdad has dicho que él es único y no hay otro fuera de él; amarlo con todo el corazón, con toda la inteligencia y con toda la fuerza, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios». Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo: «No estás lejos del reino de Dios». Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas. – Palabra del Señor.
Comentario al Evangelio del día
Uno de los escribas se acercó a Jesús para preguntarle: «¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?». En aquel tiempo, los judíos tenían una enorme cantidad de preceptos para observar la ley de Dios: nada menos que seiscientos trece. Jesús responde citando un pasaje de la Biblia para decir que el primero de los mandamientos es «amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y con todas las fuerzas». Y añade: «el segundo es: amarás a tu prójimo como a ti mismo». Es el resumen de todo lo que Jesús enseña sobre Dios y sobre la vida. ¿Cómo vivir este mandamiento del Señor? Hablar, llamar por teléfono, escuchar, ayudar, estudiar, comer, dormir, vivir su voluntad sin desviarnos; realizar acciones perfectas con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente, teniendo como motivo de cada una de nuestras acciones el amor. Amar a Dios y amar al prójimo son las dos caras de una misma moneda. No se puede amar a Dios sin amar al prójimo y no se puede amar al prójimo sin amar a Dios. Así, en cada momento del día, diremos: «Sí, Dios mío, en este instante, en esta acción, te he amado con todo el corazón». Jesús pone el corazón en el centro porque todo debe partir de él, volver a él y tenerlo como referencia.

