liturgia della domenica 4 maggio 2025

Editrice Shalom

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Autore: Editrice Shalom

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Liturgia del domingo: 4 de mayo de 2025

La pesca milagrosa

Textos tomados del Misalito “Sobre Tu Palabra”, mayo-junio de 2025

Vestidito blanco

3.er domingo de Pascua (C)
3.ª sem. sal.

PRIMERA LECTURA

De los Hechos de los Apóstoles (Hch 5,27b-32.40b-41)
En aquellos días, el sumo sacerdote interrogó a los apóstoles diciendo: «¿No os habíamos prohibido expresamente enseñar en este nombre? Y, sin embargo, habéis llenado Jerusalén con vuestra enseñanza y queréis hacernos responsables de la sangre de ese hombre». Pedro y los apóstoles respondieron: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis colgándolo de una cruz. Dios lo exaltó a su derecha como jefe y salvador, para conceder a Israel la conversión y el perdón de los pecados. Y de estos hechos somos testigos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios ha dado a quienes le obedecen». Hicieron azotar a [los apóstoles] y les ordenaron no hablar en nombre de Jesús. Después los dejaron en libertad. Ellos se marcharon del Sanedrín, contentos de haber sido considerados dignos de sufrir ultrajes por el nombre de Jesús. – Palabra de Dios.

Comentario a la primera lectura

Los apóstoles demuestran una gran libertad frente al sanedrín, que constituía la principal autoridad de la religión judía. Pero ha llegado el momento de predicar el cumplimiento del mismo judaísmo: el Mesías ha venido, es Jesús; el Hijo de Dios continúa viviendo en la Iglesia, donando su Espíritu Santo, que nos hace vencer las tentaciones, rechazar al demonio y el mal, y vivir en la alegría espiritual de la resurrección. ¡No es posible callar estas cosas! También hoy debemos gritar desde los tejados estas verdades, y no importa si nos toman por fanáticos o exagerados. Ciertamente, hay maneras y maneras de evangelizar, pero la necesidad de proclamar la verdad apremia realmente, porque sin Jesús no podemos hacer nada. Observemos que los apóstoles se marcharon contentos del sanedrín, aunque habían sido severamente maltratados; de hecho, ¡los azotaron a conciencia! ¿Cómo es posible ser feliz si se acaba de sufrir una terrible flagelación? Es posible si el Espíritu Santo vive en nosotros. Por tanto, no debemos temer nada, porque el verdadero mal no son los azotes, sino el pecado.

SEGUNDA LECTURA

Del libro del Apocalipsis de san Juan apóstol (Ap 5,11-14)
Yo, Juan, vi y oí la voz de muchos ángeles alrededor del trono, de los seres vivientes y de los ancianos. Su número era de miríadas de miríadas y miles de miles, y decían con voz potente: «El Cordero que ha sido inmolado es digno de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría y la fuerza, el honor, la gloria y la bendición». Y oí que todas las criaturas del cielo y de la tierra, de debajo de la tierra y del mar, y todos los seres que allí se encontraban, decían: «Al que está sentado en el trono y al Cordero, la alabanza, el honor, la gloria y el poder, por los siglos de los siglos». Y los cuatro seres vivientes decían: «Amén». Y los ancianos se postraron en adoración. - Palabra de Dios.

Comentario a la segunda lectura

Cuando Juan ve lo que sucede en el cielo, nos hace entrar en una grandiosa liturgia: postraciones, tronos, altares, incienso, oraciones, cantos… Reina una gran solemnidad, cada uno tiene su propio papel y todos adoran al único Señor, que es Jesús, Cordero sacrificado por amor a nosotros. En el Paraíso eso es lo que también haremos nosotros. La liturgia que celebramos en nuestras iglesias, de hecho, reproduce la del cielo y así nos acostumbra, nos introduce y nos educa para vivir la realidad futura, la definitiva. ¿Han escuchado alguna vez el canto coral de las vísperas en un monasterio benedictino? Los monjes se mueven al unísono, se levantan, se sientan, se inclinan, incensan, elevan cantos sublimes… Y la gente dice: «¡Parece que uno está en el Paraíso!». Y, de hecho, lo estamos, aunque todavía estamos agobiados por la materia y por las cosas del mundo. Entre la vida terrena y la vida eterna, entre la vida corruptible y la vida gloriosa, por tanto, hay continuidad. Se desprende entonces que la verdadera actividad, la concreción de las cosas, la realidad es la que experimentamos en la iglesia durante la liturgia. Si la vivimos bien, participamos plenamente en la vida del cielo.

EVANGELIO

Del Evangelio según san Juan (Jn 21,1-19)
En aquel tiempo, Jesús se manifestó de nuevo a los discípulos junto al mar de Tiberíades. Y se manifestó así: estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado Dídimo, Natanael, de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos. Simón Pedro les dijo: «Voy a pescar». Ellos le respondieron: «Vamos también nosotros contigo». Salieron y subieron a la barca, pero aquella noche no pescaron nada. Al amanecer, Jesús estaba en la orilla, pero los discípulos no se daban cuenta de que era Jesús. Jesús les dijo: «Muchachos, ¿no tenéis nada para comer?». Ellos le respondieron: «No». Él les dijo: «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis». La echaron y no podían sacarla por la gran cantidad de peces. Entonces el discípulo a quien Jesús amaba dijo a Pedro: «¡Es el Señor!». Simón Pedro, al oír que era el Señor, se ciñó la túnica, porque estaba desnudo, y se arrojó al mar. Los otros discípulos se acercaron en la barca, arrastrando la red llena de peces, pues no estaban lejos de tierra, sino unos cien metros. Al bajar a tierra, vieron unas brasas con pescado encima, y pan. Jesús les dijo: «Traed algunos de los peces que acabáis de pescar». Simón Pedro subió a la barca y sacó a tierra la red llena de ciento cincuenta y tres peces grandes. Y aunque eran tantos, la red no se rompió. Jesús les dijo: «Venid a comer». Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: «¿Quién eres?», porque sabían bien que era el Señor. Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio, y lo mismo hizo con el pescado. Esta fue la tercera vez que Jesús se manifestó a los discípulos después de resucitar de entre los muertos. Cuando terminaron de comer, Jesús dijo a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?». Él le respondió: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Jesús le dijo: «Apacienta mis corderos». Por segunda vez le preguntó: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?». Él le respondió: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Jesús le dijo: «Pastorea mis ovejas». Por tercera vez le preguntó: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?». Pedro se entristeció porque por tercera vez le preguntara: «¿Me quieres?», y le respondió: «Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero». Jesús le dijo: «Apacienta mis ovejas. En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras». Esto lo dijo para indicar con qué muerte habría de glorificar a Dios. Y, dicho esto, añadió: «Sígueme». – Palabra del Señor.

Comentario al Evangelio

Es evidente que la triple afirmación de amor por Jesús tiene como propósito reparar la triple negación de la que Pedro se había hecho culpable en el patio del sumo sacerdote. Esta conexión ha sido muy comentada por los Padres. Pero ¿qué tiene que ver el discurso posterior? Pedro proclama su renovada fidelidad a Jesús y este le responde diciéndole que, cuando sea viejo, ya no podrá vestirse solo y que tendrá que ser llevado por un ayudante. La explicación del evangelista («esto lo dijo para indicar con qué muerte habría de glorificar a Dios») nos pone sobre la pista… Evidentemente, para Pedro no basta con declarar de palabra su amor. Hace falta una prueba más profunda: la de la humildad. El anciano ya no puede vestirse solo; debe dejar que otra persona haga las cosas y le ponga las manos encima, algo bastante humillante. Del mismo modo, el anciano ya no puede subir escaleras ni salir solo de casa: debe ser acompañado en todo como un niño de preescolar. Este deterioro de la naturaleza es una verdadera humillación, que nos hace totalmente humildes, despojados y necesitados. Es ahí adonde debe llegar Pedro. Abandonado así plenamente en las manos de Dios, podrá entonces morir como Jesús, por Jesús, por amor.

Liturgia del domingo: 4 de mayo de 2025

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