Textos extraídos del Misalito “Sobre tu Palabra” septiembre-octubre de 2022
23.er domingo del Tiempo Ordinario (C)
3.ª sem. del salterio
PRIMERA LECTURA
Del libro de la Sabiduría (Sab 9,13-18)
¿Qué hombre puede conocer la voluntad de Dios? ¿Quién puede imaginar qué quiere el Señor? Los razonamientos de los mortales son tímidos y nuestras reflexiones, inseguras, porque un cuerpo corruptible pesa sobre el alma y la tienda de arcilla oprime una mente llena de preocupaciones. Apenas imaginamos las cosas de la tierra y descubrimos con esfuerzo las que están a nuestro alcance; pero ¿quién ha investigado las cosas del cielo? ¿Quién habría conocido tu voluntad, si tú no le hubieras dado la sabiduría y desde lo alto no le hubieras enviado tu santo espíritu? Así fueron enderezados los caminos de quienes están en la tierra; los hombres fueron instruidos en lo que te agrada y se salvaron por medio de la sabiduría». – Palabra de Dios.
Comentario a la primera lectura
¿Quién puede comprender cuál es la voluntad de Dios en su propia vida? ¿Con qué medios podemos realizar lo que es bueno? ¿Cómo podemos actuar con sabiduría en todos los acontecimientos de nuestra vida? A menudo también nosotros nos planteamos estos interrogantes sobre la voluntad de Dios en nuestra vida y, en consecuencia, sobre la manera correcta de actuar en nuestras acciones cotidianas. Hoy la liturgia nos indica la forma adecuada de situarnos ante estas preguntas. En efecto, el pasaje que nos propone la liturgia presenta una parte de la oración que Salomón eleva a Dios para obtener precisamente la sabiduría. ¡La respuesta a nuestras preguntas es única y también puede ayudarnos hoy! La sabiduría es el único medio entre Dios y el hombre que nos revela su voluntad. Precisamente por eso la sabiduría se convierte en una personificación de Cristo, que es la verdadera sabiduría del Padre. La sabiduría viene de Dios como don gratuito. Para tener la sabiduría del corazón debemos pedir al Señor que nos envíe el Espíritu Santo, para que nos ayude a saber recibir, acoger y consentir la voluntad de Dios, incluso cuando no coincide con nuestras expectativas, y a tomar las decisiones correctas para nuestra vida de creyentes.
SEGUNDA LECTURA
De la carta del apóstol san Pablo a Filemón (Flm 9b-10.12-17)
Queridísimo: te exhorto yo, Pablo, tal como soy, anciano y ahora también prisionero de Cristo Jesús. Te ruego por Onésimo, hijo mío, a quien engendré en la prisión. Te lo devuelvo, a él, que tanto quiero. Me habría gustado retenerlo conmigo para que me ayudara en tu lugar, ahora que estoy encadenado por el Evangelio. Pero no he querido hacer nada sin tu parecer, para que el bien que haces no sea forzado, sino voluntario. Por eso quizá se separó de ti por un tiempo: para que lo recobraras para siempre; ya no como esclavo, sino mucho más que esclavo, como hermano queridísimo, en primer lugar para mí, pero cuánto más para ti, tanto como hombre como hermano en el Señor. Así pues, si me consideras amigo, acógelo como a mí mismo. – Palabra de Dios.
Comentario a la segunda lectura
La carta a Filemón, la más breve de las escritas por san Pablo y posteriormente reunidas en el texto bíblico, aparece como un entramado de diversos temas y situaciones concretas. Ante todo, la prisión de Pablo, que escribe. Después, emerge una parte de la vastísima serie de relaciones que había tejido con los demás creyentes. Por último, y muy importante, el mensaje cristiano, absolutamente nuevo en el contexto de su época, sobre la esclavitud (véanse también 1Cor 12,13 y Col 3,22-25): si Jesús es el único y verdadero Señor del cielo y de la tierra (véase Ef 6,9), ya no tiene sentido hablar de amos y esclavos. Sin embargo, lo que realmente impresiona es el estilo que emplea Pablo al invitar a Filemón a tratar al esclavo Onésimo como verdadero hermano en Cristo, cuando escribe: «No he querido hacer nada sin tu parecer, para que el bien que haces no sea forzado, sino voluntario». La actitud de Pablo de presentarse con amor, ternura, sensibilidad, misericordia y muchísima oración debe ser adoptada también por la Iglesia en el tercer milenio: pequeña, pero pacificada en Cristo.
EVANGELIO DEL DÍA
Del Evangelio según san Lucas (Lc 14,25-33)
En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús. Él se volvió y les dijo: «Si alguno viene a mí y no me ama más que a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas e incluso a su propia vida, no puede ser discípulo mío. El que no lleva su propia cruz y viene detrás de mí, no puede ser discípulo mío. ¿Quién de vosotros, queriendo construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos y a ver si tiene medios para terminarla? No sea que, si echa los cimientos y no puede acabar la obra, todos los que lo vean comiencen a burlarse de él, diciendo: “Este hombre empezó a construir, pero no fue capaz de terminar la obra”. O ¿qué rey, al salir a la guerra contra otro rey, no se sienta primero a examinar si puede enfrentarse con diez mil hombres al que viene contra él con veinte mil? Y si no puede, cuando el otro está todavía lejos, le envía mensajeros para pedir la paz. Así pues, cualquiera de vosotros que no renuncia a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío». – Palabra del Señor.
Comentario al Evangelio del día
El pasaje comienza con la observación de Lucas sobre las muchas personas que, con motivaciones muy diferentes entre sí, siguen al Señor. Con los ejemplos posteriores, Jesús quiere aclarar las condiciones para poder seguirlo de manera auténtica y, en consecuencia, evaluar las motivaciones que el verdadero discípulo debe asumir en el camino que él le propone. Para ser discípulos es necesario el desapego, el abandono de aquello que para nosotros tiene la primacía. Esta es la condición indispensable para lograr seguirlo verdaderamente, para comenzar la obra y para conseguir terminarla. Seguir a Cristo debe tener la prioridad, la precedencia, sobre cualquier otra cosa. No debe haber nada, ningún obstáculo, entre él y nosotros. “Odiar” aquí no significa lo que generalmente significa en español, sino “amar más”, preferir, dar la precedencia. Por tanto, Jesús está diciendo: «Si quieres ser verdaderamente mi discípulo, debes ponerme a mí antes que a cualquier otra persona, ¡sin compromisos!». Quien sigue a Jesús debe estar totalmente libre de todo vínculo interior y exterior que le impida amarlo de manera absoluta y sin medias tintas. Multitudes enteras siguen, pues, a Jesús, pero para ser verdaderamente “de los suyos” debemos elegir a Cristo como único punto de referencia de la vida.

