Textos extraídos del Misal “Sobre tu Palabra”, noviembre-diciembre de 2023
31.er domingo del Tiempo Ordinario (A)
3.ª sem. salterio
PRIMERA LECTURA
Del libro del profeta Malaquías (Ml 1,14b – 2,2b.8-10)
Yo soy un rey grande -dice el Señor de los ejércitos- y mi nombre es temible entre las naciones. Ahora, sacerdotes, este mandato es para vosotros. Si no me escucháis y no os preocupáis de dar gloria a mi nombre -dice el Señor de los ejércitos-, os enviaré la maldición. Pero vosotros os habéis desviado del camino recto y habéis hecho tropezar a muchos con vuestra enseñanza; habéis destruido la alianza de Leví -dice el Señor de los ejércitos-. Por eso también yo os he hecho despreciables y abyectos ante todo el pueblo, porque no habéis seguido mis caminos y habéis actuado con parcialidad en vuestra enseñanza. ¿No tenemos todos un solo padre? ¿No nos ha creado un solo Dios? ¿Por qué, entonces, obramos con perfidia unos contra otros, profanando la alianza de nuestros padres? -Palabra de Dios.
Comentario a la primera lectura
Cuando un sacerdote obra mal, la repercusión negativa recae necesariamente sobre el pueblo de Dios, que naturalmente confía en su sacerdote. El santo Cura de Ars tenía muy vivo este sentido de la responsabilidad y prestaba mucha atención a no escandalizar a su gente, ni siquiera en las cosas más pequeñas. Por el contrario, cuando un sacerdote es santo, también el pueblo es santificado y elevado, porque ve en su pastor un ejemplo de lo que él (el pueblo) debe hacer, ya que quien guía es el primero en obedecer a Dios. La gente sabe compadecer a su pastor, sabiendo que también él es un hombre, pero lo que no soporta es la incoherencia. Que los sacerdotes se preocupen, pues, de ser sacerdotes. No se les pide otra cosa. Dicho en pocas palabras, esta es también la llamada de atención de Dios, a través de la voz del profeta Malaquías, a los sacerdotes de su tiempo. El escritor católico Domenico Giuliotti afirmaba: «Cualidades indispensables para los apóstoles, para ser seguidos por las multitudes: pobreza, firmeza, sencillez, sacrificio». Todos necesitamos este tipo de sacerdotes, que debemos pedir con nuestra oración.
SEGUNDA LECTURA
De la primera carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses (1 Tes 2,7b-9.13)
Hermanos, fuimos afectuosos con vosotros, como una madre que cuida de sus hijos. Así, llenos de cariño por vosotros, deseábamos entregaros no solo el evangelio de Dios, sino también nuestra propia vida, porque os habíais hecho queridos para nosotros. Recordáis, hermanos, nuestro duro trabajo y nuestro esfuerzo: trabajando noche y día para no ser una carga para ninguno de vosotros, os anunciamos el evangelio de Dios. Por eso también nosotros damos continuamente gracias a Dios porque, al recibir la palabra de Dios que os hicimos oír, la acogisteis no como palabra de hombres, sino como lo que es realmente: palabra de Dios, que actúa en vosotros, los creyentes. -Palabra de Dios.
Comentario a la segunda lectura
Todo el secreto del éxito está en esto: acoger la palabra de Dios no como palabra de hombres, sino como palabra de Dios. Tiene una eficacia que no esperaríamos... Puede suceder que, en la predicación o en el comentario del Evangelio, nosotros, los sacerdotes, nos quejemos de esto o de aquello, denunciemos situaciones que no funcionan y cosas por el estilo. A menudo, esas palabras quedan estériles y no conmueven a nadie. Pablo anuncia el Evangelio con la sencilla verdad que contiene: cuenta lo que hicieron Pedro y los demás apóstoles, repite la parábola del buen samaritano, dice que Jesús sufrió por nuestros pecados, que resucitó de entre los muertos y que, por tanto, al estar ahora vivo, da sentido a todos nuestros sufrimientos y a nuestros actos. Cosas muy sencillas, repetidas una y otra vez. Y fueron estas palabras las que edificaron, construyeron y crearon la cristiandad en el mundo, que hasta ese momento era pagano. No tenemos que inventarnos muchas historias ni añadir muchas cosas. Prediquemos el Evangelio tal como es, “sine glossa”, decía san Francisco de Asís, es decir, “al pie de la letra”, sin tantos rodeos inútiles.
EVANGELIO DEL DÍA
Del Evangelio según san Mateo (Mt 23,1-12)
En aquel tiempo, Jesús se dirigió a la multitud y a sus discípulos diciendo: «En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. Practicad y observad todo lo que os digan, pero no actuéis según sus obras, porque dicen y no hacen. Pues atan cargas pesadas y difíciles de llevar y las ponen sobre los hombros de la gente, pero ellos no quieren moverlas ni con un dedo. Todas sus obras las hacen para que la gente los admire: ensanchan sus filacterias y alargan las borlas; les gustan los primeros puestos en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, los saludos en las plazas y que la gente los llame “rabí”. Pero vosotros no os dejéis llamar “rabí”, porque uno solo es vuestro Maestro y todos vosotros sois hermanos. Y no llaméis “padre” a nadie en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre, el del cielo. No os dejéis llamar “guías”, porque uno solo es vuestro Guía, el Cristo. El que sea más grande entre vosotros será vuestro servidor; quien se ensalce será humillado y quien se humille será ensalzado». -Palabra del Señor.
Comentario al Evangelio del día
La Iglesia está constituida desde lo alto; no es una invención de las democracias modernas. No: la recibimos tal como Dios nos la ha mostrado. La cabeza de este cuerpo místico es una sola: Dios, y precisamente Jesús, que es el Juez y la palabra viva sobre todo. Por tanto, no hay muchos guías ni muchos padres, sino un solo Padre y un solo maestro, el Cristo. Si llamamos “padre” al sacerdote o al fraile franciscano no cometemos un error: simplemente reconocemos en esa persona a quien nos representa al único Dios y al único maestro. Pero solo lo representa, lo hace presente; desde luego, no lo sustituye. De este modo, todos se sienten hijos y discípulos, incluso los sabios y los grandes eruditos de la Iglesia. ¡Qué bella familia es entonces la Iglesia! Todos, sin distinción, se reconocen hijos de un solo Padre y oyentes de un solo Maestro. Esto nos hace hermanos entre nosotros, sin que nadie pretenda imponer la ley al otro. Si vivimos esta profunda unidad, haremos circular por el Cuerpo la savia vital del Espíritu Santo y estaremos realmente unidos entre nosotros. En el fondo, la Iglesia ya es un anticipo del Paraíso, el verdadero reino del amor divino, donde cada uno prefiere el bien del otro al suyo propio.


