Textos extraídos del Misalito «Sobre tu Palabra» mayo-junio de 2023
11.º domingo del Tiempo Ordinario (A)
3.ª sem. del salterio
PRIMERA LECTURA
Del libro del Éxodo (Éx 19,2-6a)
En aquellos días, los israelitas, levantando el campamento de Refidín, llegaron al desierto del Sinaí y acamparon allí; Israel acampó frente al monte. Moisés subió hacia Dios, y el Señor lo llamó desde el monte, diciendo: «Esto dirás a la casa de Jacob y anunciarás a los israelitas: “Vosotros mismos habéis visto lo que hice a Egipto y cómo os llevé sobre alas de águila y os traje hasta mí. Ahora, si escucháis mi voz y guardáis mi alianza, seréis para mí una propiedad particular entre todos los pueblos; pues toda la tierra es mía. Seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa”». – Palabra de Dios.
Comentario a la primera lectura
Dios elige una nación entre todas las demás no porque sea la mejor en absoluto, sino porque, para venir a la tierra, habría tenido que nacer en algún lugar, formar parte de un tiempo histórico y de una cultura. Sin embargo, el motivo de la elección de Israel no es solo una «necesidad» práctica: también es para que se aprenda y se comprenda que entre Dios y el hombre existe una historia de amor, una alianza. Dios elige a un pueblo, establece una alianza con él y lo somete a las pruebas más increíbles (el paso del mar Rojo, la vida en el desierto comiendo pan que llovía del cielo y bebiendo agua que brotaba de una piedra, etc.) para obtener de él una confianza total. Israel, por tanto, se dispone a acoger al Mesías creciendo en pequeñez, no en grandeza. Por desgracia, no logró ser un buen aliado; de hecho, no acogió a Jesús como Mesías y lo rechazó. Esto nos enseña a permanecer siempre humildes, a nosotros que, como Iglesia, somos «reino de sacerdotes» y «nación santa». El poder de Dios hoy es mayor que en los tiempos de Israel, porque el Espíritu Santo ha sido derramado en nuestros corazones. ¡Cuánta humildad más necesitamos!
SEGUNDA LECTURA
De la carta del apóstol san Pablo a los Romanos (Rom 5,6-11)
Hermanos, cuando aún éramos débiles, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos. Ciertamente, apenas habrá alguien dispuesto a morir por un justo; quizá alguien se atrevería a morir por una persona buena. Pero Dios demuestra su amor hacia nosotros en que, siendo todavía pecadores, Cristo murió por nosotros. Con mayor razón, ahora que hemos sido justificados por su sangre, seremos salvados de la ira por medio de él. Pues, si cuando éramos enemigos fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, una vez reconciliados, seremos salvados por su vida. Y no solo eso, sino que también nos gloriamos en Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo, gracias al cual hemos recibido ahora la reconciliación. – Palabra de Dios.
Comentario a la segunda lectura
El razonamiento de Pablo es muy sencillo: entre los hombres se puede encontrar a alguien capaz de realizar un acto grandioso y morir en lugar de una persona amada; aún más: puede haber quien esté dispuesto a sacrificarse por personas desconocidas, como, por ejemplo, fue el caso de Salvo D’Acquisto, quien durante la guerra pidió ser fusilado en lugar de otras diez personas; nunca había conocido antes a ninguna de ellas, y por eso su gesto tuvo una connotación aún mayor de heroísmo. Pero morir en lugar de una persona malvada, de alguien que incluso te ha deseado y te ha hecho daño, que te ha perjudicado, eso parece estar fuera de toda perspectiva. Jesús es el único que hizo esto: murió por nosotros «cuando aún éramos pecadores». Por tanto, lo suyo no fue un gesto simplemente heroico, sino un acto de amor sobrehumano, impensable, más allá de todo límite. Acostumbrémonos: este es el amor de Dios. Él ama también a los enemigos, incluso a quien le hace daño. No ama como respuesta y reacción a nuestra acogida, no ama a los buenos y soporta a los malos, sino que simplemente ama, porque Dios es amor y nada más que amor.
EVANGELIO DEL DÍA
Del Evangelio según san Mateo (Mt 9,36 – 10,8)
En aquel tiempo, al ver a las muchedumbres, Jesús sintió compasión de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor. Entonces dijo a sus discípulos: «La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies.». Llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad sobre los espíritus inmundos para expulsarlos y curar toda enfermedad y toda dolencia. Los nombres de los doce apóstoles son estos: primero, Simón, llamado Pedro, y Andrés, su hermano; Santiago, hijo de Zebedeo, y Juan, su hermano; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago, hijo de Alfeo, y Tadeo; Simón el Cananeo y Judas Iscariote, el que luego lo entregó. A estos Doce los envió Jesús con estas instrucciones: «No vayáis a tierra de paganos ni entréis en las ciudades de Samaría, sino id a las ovejas descarriadas de Israel. Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, expulsad demonios. Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis». – Palabra del Señor.
Comentario al Evangelio del día
La Iglesia necesita pastores, porque las ovejas, por muy buenas y «equipadas» que estén, necesitan a alguien que las guíe, las proteja y las cuide. No somos nosotros, los hombres, quienes nos hemos dado la organización de la Iglesia: Dios la quiso así, y Dios quiso a los sacerdotes. Después de pedir oraciones para que el dueño de la mies mande trabajadores, Jesús nombra inmediatamente a doce personas concretas y precisas: esos hombres, y no otros. Sin sacerdotes, la Iglesia no puede seguir adelante. Ciertamente, puede haber períodos de ausencia de clero, como ocurrió en varias partes del mundo en el pasado, pero normalmente el pueblo de Dios se reconoce en su sacerdote, lo necesita y le suplica. ¿Quién nos da el Cuerpo de Cristo, si no el sacerdote? ¿Quién absuelve los pecados en nombre de Cristo, si no el sacerdote? Y cuanto más santos sean nuestros sacerdotes, más santa será la parroquia. «El sacerdote solo se conocerá a sí mismo en el cielo -decía el santo Cura de Ars-; si se viera tal como es aquí en la tierra, moriría; no de espanto, sino de amor». Recemos, pues, no solo para que el dueño mande trabajadores a su mies, sino para que actúen con los poderes de Cristo, curando a los enfermos y expulsando a los demonios, como Jesús ha pedido y desea.


