Textos extraídos del Misalito “Sobre tu Palabra” julio-agosto de 2023
Transfiguración del Señor (f) (A)
propia
PRIMERA LECTURA
Del libro del profeta Daniel (Dn 7,9-10.13-14)
Yo seguía mirando, cuando colocaron unos tronos y un anciano se sentó. Su vestido era blanco como la nieve y su cabello, como lana purísima; su trono era llamas de fuego, y sus ruedas, fuego ardiente. Un río de fuego brotaba y corría ante él. Miles y miles lo servían, millones estaban de pie ante él. El tribunal se sentó y se abrieron los libros. Seguí mirando en las visiones nocturnas y vi venir una figura humana entre las nubes del cielo. Se acercó al anciano y fue presentada ante él. Le dieron poder, honor y reino. Todos los pueblos, naciones y lenguas lo sirven. Su poder es eterno, no cesará. Su reino no será destruido. - Palabra de Dios.
Comentario a la primera lectura
La referencia a la profecía de Daniel se refiere a un misterioso “hijo del hombre” que es presentado ante Dios y recibe el poder sobre los pueblos y las naciones, un poder eterno que nunca será destruido. Por tanto, no puede tratarse de un simple hombre, sino que hay algo más. En el Antiguo Testamento, este hijo del hombre también tiene un significado colectivo y se identifica con el mismo Israel: es toda la nación la que recibe, en su conjunto, la misión de Dios de presentar la Ley divina y salvar al mundo entero. Pero la interpretación más verdadera y definitiva la da Jesús, cuando en el Evangelio se define varias veces a sí mismo precisamente con las palabras “Hijo del hombre”. ¡Es él, entonces, ese hijo del hombre del que hablan las Escrituras! Es él, por tanto, quien recibe el poder eterno y cuyo reino jamás será destruido. Jesús es, pues, Dios perfecto («¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Dios bendito?». «Yo soy», cfr. Mc 14,61-62) y hombre perfecto (título de hijo del hombre que se atribuye varias veces). En la Transfiguración, esta divino-humanidad resplandece de modo evidente y maravilloso.
SEGUNDA LECTURA
De la segunda carta del apóstol san Pedro (2 Pe 1,16-19)
Queridos hermanos, no les dimos a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo basándonos en fábulas ingeniosamente inventadas, sino como testigos oculares de su grandeza. Él recibió de Dios Padre honor y gloria, cuando desde la magnífica gloria le llegó esta voz: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco». Esta voz la oímos nosotros, venida del cielo, mientras estábamos con él en el monte santo. Y tenemos también la palabra profética, más firme todavía, a la que hacen bien en prestar atención como a una lámpara que brilla en un lugar oscuro, hasta que despunte el día y salga en sus corazones la estrella de la mañana. - Palabra de Dios.
Comentario a la segunda lectura
San Pedro, como primer papa, se dirige a todos los fieles, no a una Iglesia en particular (corintios, gálatas u otros), y afirma que no se inventó nada, porque él, en el monte Tabor, tuvo la enorme sorpresa de ver a Jesús transfigurado y oyó la voz del Padre eterno que glorificaba al Hijo. Años después de esta experiencia, Pedro vincula la voz del Padre con las demás palabras de la Sagrada Escritura, poniéndolas al mismo nivel. La Palabra de Dios es siempre de Dios, ya venga de lo alto o se lea en los rollos del profeta Isaías, y por eso puede ser escuchada como una luz que brilla en los lugares oscuros. Los lugares oscuros son nuestras tinieblas interiores, pensamientos e impresiones erróneas que se depositan en nuestro corazón por diversos motivos. La imagen final de la estrella de la mañana tiene un intenso aliento poético: cuando el alba se impone sobre la noche, la primera estrella que aparece en el cielo se llama “estrella de la mañana”: es el faro que hay que seguir, la orientación. En Pedro, esta expresión se refiere a la palabra de Dios, pero en la Tradición este título también se atribuye a la Virgen María.
EVANGELIO DEL DÍA
Del Evangelio según san Mateo (Mt 17,1-9)
En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, su hermano, y los llevó aparte a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos: su rostro resplandecía como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías, conversando con él. Pedro tomó la palabra y dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bien se está aquí! Si quieres, haré aquí tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra. Y una voz desde la nube decía: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco. Escúchenlo». Al oír esto, los discípulos cayeron rostro en tierra, llenos de temor. Jesús se acercó, los tocó y les dijo: «Levántense y no teman». Al levantar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo. Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: «No hablen a nadie de esta visión, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos». - Palabra del Señor.
Comentario al Evangelio del día
Pedro es engreído e ingenuo cuando, al ver a Moisés, que había vivido 1200 años antes que él, y a Elías, que había venido ocho siglos antes, propone construir tres tiendas. ¿De verdad pensaba que servirían para la estancia de los dos santos personajes en el monte Tabor? Pero cuando la nube se abalanza sobre él y oye la voz del Padre eterno, se llena de terror y cae rostro en tierra. En tierra uno se vuelve humilde y toma conciencia de que nuestro pecado todavía nos mantiene alejados. Pero Dios muestra su gloria y su grandeza (la transfiguración) no tanto para aterrorizarnos como para consolarnos. «Levántense y no teman», dice Jesús, pues los discípulos ya no se atrevían a levantar los ojos al cielo. «La verdadera humildad -escribe el filósofo francés Fabrice Hadjadj- no consiste en postrarse, sino en dejarse poner de pie por Dios». Los tres apóstoles pasan de la exaltación a la postración y, finalmente, se vuelven humildes porque se dejan levantar por Dios. Así podrán reanudar el camino sin sus ideas equivocadas sobre la gloria de Dios, porque la visión que tuvieron servirá -dirá después Pedro en su Carta- para encontrar el valor necesario para superar las pruebas de la vida.


