Triduo pascual - Resurrección del Señor
propia
Textos extraídos del Misalito «Sobre tu Palabra» marzo-abril de 2021
Cristo ha resucitado, aleluya. Este debería ser el anuncio que todo cristiano debe difundir con el testimonio de su propia vida.
Desde el amanecer de Pascua, una nueva primavera de esperanza invade el mundo; desde aquel día, nuestra resurrección ya ha comenzado: Jesús ha resucitado no para que su memoria permanezca viva en el corazón de sus discípulos, sino para que Él mismo viva en nosotros y en Él podamos ya saborear la alegría de la vida eterna.
Dice san Agustín: «La resurrección del Señor es nuestra esperanza». La muerte no tiene la última palabra, porque al final triunfa la Vida. Jesucristo, crucificado y sepultado, ha resucitado con su cuerpo glorioso. Su resurrección también nos concierne, porque creyendo en Él podemos tener la vida eterna. ¡Feliz Pascua!
PRIMERA LECTURA
De los Hechos de los Apóstoles (Hch 10,34a.37-43)
En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo: «Vosotros sabéis lo que ha sucedido en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo predicado por Juan; es decir, cómo Dios ungió con el Espíritu Santo y con poder a Jesús de Nazaret, que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él. Y nosotros somos testigos de todo lo que hizo en la región de los judíos y en Jerusalén. A él lo mataron, colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día e hizo que se manifestara, no a todo el pueblo, sino a los testigos designados de antemano por Dios: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección de entre los muertos. Y nos encargó predicar al pueblo y dar testimonio de que él es el juez de vivos y muertos, constituido por Dios. De él dan testimonio todos los profetas: todo el que cree en él recibe, por su nombre, el perdón de los pecados».
Comentario a la primera lectura
«Dios lo resucitó al tercer día»: este es el corazón de la Pascua, la resurrección de Jesús, que transforma a cada uno de nosotros y hace posible la eternidad de Dios en nosotros y entre nosotros. ¿Cuál es la particularidad de la resurrección de Jesús? ¿Cuál es la diferencia con las numerosas resurrecciones realizadas por él mismo a lo largo de su vida en la tierra? Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre; su resurrección lleva consigo la divinidad y la humanidad enteras. Cuánto cambiarían nuestras vidas si asumiéramos la conciencia de ser hijos del Dios resucitado. Las viae Crucis se transformarían y multiplicarían en viae Lucis de un sabor extraordinario. Del sufrimiento a la luz de la resurrección. Jesús resucitado no habita en el pasado: está vivo y vivificante también hoy. La resurrección comprende y eleva al cielo cada una de nuestras lágrimas, cada gota de esfuerzo cuyo significado quizá ahora no vemos. La resurrección elimina toda duda de un apego patológico al dolor: este último no es la palabra definitiva; puede ser terrible, desgarrador, devastador..., pero siempre es un paso hacia la resurrección.
SEGUNDA LECTURA
De la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses (Col 3,1-4)
Hermanos, si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de allá arriba, no a los de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida vuestra, entonces también vosotros apareceréis gloriosos juntamente con él.
O bien:
De la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (1 Cor 5,6b-8)
Hermanos, ¿no sabéis que un poco de levadura fermenta toda la masa? Quitad la levadura vieja para ser una masa nueva, ya que sois ácimos. Pues Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado. Celebremos, pues, la fiesta, no con la levadura vieja, ni con la levadura de la malicia y la perversidad, sino con los panes ácimos de la sinceridad y la verdad.
Comentario a la segunda lectura
«Hermanos, si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios»: resucitados con Cristo, estamos llamados a no detenernos en los intereses terrenales. Como cristianos, ¿qué buscamos? ¿El bienestar, el éxito, la ausencia de preocupaciones..., o cumplir la voluntad de Dios? Esta última es la que me acompaña a las cumbres más altas. Es más, hasta no hace muchos años yo también imaginaba a Dios como una montaña altísima y el camino espiritual como una escalada. ¿Y si pusiéramos en primer plano no nuestro esfuerzo, nuestro cansancio, nuestro caminar orgulloso, sino más bien recibir de Dios? Entonces, con una imagen quizá un poco diferente de lo habitual, propongo utilizar la metáfora de la cascada. Que cada uno lleve consigo un recipiente y se coloque bajo el don del Resucitado: desde el dedal más pequeño, pasando por el vaso y la jarra, hasta llegar a un barril; cada recipiente rebosará, devolviendo alegría en el cielo y en la tierra.
O bien:
«¡Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado! Celebremos, pues, la fiesta, no con la levadura vieja, ni con la levadura de la malicia y la perversidad, sino con los panes ácimos de la sinceridad y la verdad». San Pablo se dirige a cristianos que se «hinchan de orgullo», mientras viven en una situación de grave pecado. Afirma incluso que ciertas actitudes y conductas ni siquiera se encuentran entre los paganos. Y, sin embargo, tales discípulos viven tranquilos y satisfechos de sí mismos, sin considerar en absoluto sus propias faltas. También nosotros hemos pasado de una religiosidad cristiana católica extendida, que se transmitía con bastante facilidad en la familia, de generación en generación..., a la situación actual. De una actitud que podía rozar la obligación y el miedo, a otra que «glorifica» una libertad que absolutamente no tiene ningún límite: ambas son equivocadas. En la tradición judía, los mandamientos se consideran setos que protegen a la persona del mal que quisiera introducirse en el ser humano: entonces, la levadura vieja consiste en el pecado, también dentro de nosotros. Dejemos que venza, sobre nuestra resistencia a dejarnos amar verdaderamente en la verdad, la novedad de Cristo resucitado.
EVANGELIO DEL DÍA
Del Evangelio según san Juan (Jn 20,1-9)
El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro de madrugada, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto». Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro. E, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.
En lugar de este Evangelio puede utilizarse el proclamado en la Vigilia pascual. Donde se celebra la misa vespertina puede proclamarse el Evangelio siguiente:
Del Evangelio según san Lucas (Lc 24,13-35)
Y he aquí que aquel mismo día, [el primero de la semana,] dos [de los discípulos] iban de camino a una aldea llamada Emaús, distante unos once kilómetros de Jerusalén, y conversaban entre ellos sobre todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo. Él les dijo: «¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?». Ellos se detuvieron con aire entristecido, y uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: «¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?». Él les preguntó: «¿Qué?». Ellos le contestaron: «Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel. Y ya ves, hace tres días que sucedió esto. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues fueron muy de mañana al sepulcro y, al no encontrar su cuerpo, volvieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron». Entonces él les dijo: «¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?». Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras. Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos le apremiaron, diciendo: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída». Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista. Y se dijeron el uno al otro: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?». Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: «Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón». Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.
Comentario al Evangelio del día
«Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó». Vio y creyó. Juan reconoce, con humildad y franqueza, que antes de entonces, aunque era el discípulo amado, no había creído verdaderamente, no había comprendido hasta el fondo. Quizá la cuestión no consiste en encontrar muchas tumbas vacías, sino en mirarlas con fe. ¿Hacia qué se dirige nuestra mirada? ¿En qué se basa nuestra fe? Después de que Jesús ha resucitado, cada día tenemos la posibilidad de encontrarnos con él y reconocerlo. ¿Estamos dispuestos? Vio la Eucaristía celebrada y creyó. Vio la Reconciliación y el perdón ofrecido, y creyó. Vio precisamente aquel acto de caridad y creyó. ¿Qué significa -cristianamente- ver y creer? Pensemos en nuestra mirada: ¿de qué tipo es? ¿Acepta, valora y respeta a las personas, o las reduce a un objeto material? ¿Y nuestra fe? ¿Se renueva cada día mediante los sacramentos, la oración, la caridad..., o permanece siempre bloqueada y fija, quizá, en las creencias de un niño? Sí, un niño tiene mucha más fe que nosotros los adultos, pero este hecho no puede transformarse en un acto de pereza para quienes somos jóvenes o adultos. El discípulo amado tuvo dificultades para creer y creció en la fe. ¿Y nosotros?

