Textos extraídos del Misalito «Sobre tu Palabra» enero-febrero de 2022
5.º domingo del Tiempo Ordinario (C)
1.ª sem. salterio
PRIMERA LECTURA
Del libro del profeta Isaías (Is 6,1-2a.3-8)
El año de la muerte del rey Ozías, vi al Señor sentado sobre un trono alto y elevado; las orlas de su manto llenaban el templo. Por encima de él había serafines; cada uno tenía seis alas. Y se gritaban uno a otro, diciendo: «¡Santo, santo, santo es el Señor de los ejércitos! Toda la tierra está llena de su gloria». Temblaban las jambas de las puertas al clamor de aquella voz, mientras el templo se llenaba de humo. Yo dije: «¡Ay de mí, estoy perdido!, pues soy un hombre de labios impuros y habito en medio de un pueblo de labios impuros; y, sin embargo, mis ojos han visto al Rey, el Señor de los ejércitos». Entonces uno de los serafines voló hacia mí; llevaba en la mano un carbón ardiente que había tomado del altar con unas tenazas. Tocó mi boca y dijo: «Esto ha tocado tus labios, por eso ha desaparecido tu culpa y está expiado tu pecado». Después oí la voz del Señor, que decía: «¿A quién enviaré? ¿Y quién irá por nosotros?». Contesté: «Aquí estoy, mándame».
Comentario a la primera lectura
Isaías es indudablemente el profeta más importante del Antiguo Testamento, autor del libro bíblico más citado y comentado del judaísmo. En el Antiguo Testamento es lo que san Pablo es en el Nuevo. Pues bien, para hablar de Dios de una manera tan profunda y universal, Isaías «necesita» tener un impacto inicial muy poderoso, como le sucederá después a Pablo en el camino de Damasco. ¿Qué le ocurre? Se encuentra en el templo para orar cuando, de repente, «ve» al Señor; es decir, tiene una experiencia grandiosa y, al mismo tiempo, dramática de la majestad de Dios. Ante semejante espectáculo, el profeta se siente perdido, pero Dios, para concederle el poder de hablar de él de manera adecuada, lo socorre inmediatamente, y un ángel serafín (palabra que en hebreo significa «ardiente») le toca los labios con un carbón ardiente para purificar su palabra. Desde ese momento, el profeta tendrá palabras de fuego. En el fondo, también es así para nosotros, los cristianos: cuando el Señor nos toca los labios (pensad en la santa Comunión), las llamas divinas entran en nosotros y Dios puede servirse de nuestra humanidad para hablar a los hombres en su nombre.
SEGUNDA LECTURA
De la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (1 Cor 15,1-11)
Os anuncio, hermanos, el Evangelio que os proclamé y que recibisteis, en el que permanecéis firmes y por el cual os salváis, si lo conserváis tal como os lo anuncié. A no ser que hayáis creído en vano. Porque yo os transmití, en primer lugar, lo que también yo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; y que se apareció a Cefas y luego a los Doce. Después se apareció a más de quinientos hermanos juntos: la mayoría de ellos vive todavía, pero algunos han muerto. Después se apareció a Santiago, más tarde a todos los apóstoles. Por último, como a un aborto, se me apareció también a mí. Porque yo soy el menor de los apóstoles y no soy digno de ser llamado apóstol, porque perseguí a la Iglesia de Dios. Pero por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia para conmigo no ha sido estéril. Al contrario, he trabajado más que todos ellos, aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios que está conmigo. Por tanto, tanto ellos como yo predicamos así, y así lo habéis creído.
Comentario a la segunda lectura
El apóstol no debe inventar nada para hacer más agradable y atractivo el anuncio cristiano: simplemente debe transmitir la verdad de los hechos. Y la verdad es esta: Cristo murió por nuestros pecados y resucitó para abrirnos el reino de los cielos. Esta es la cosa más importante y primordial que hay que anunciar a todos; después vendrán las consecuencias, es decir, cómo deberemos vivir para participar de la muerte y resurrección del Señor (las enseñanzas de la vida moral). Una moral sin este fundamento no ayuda a nadie; al contrario, puede deprimir, y alguien podría objetar siempre que tiene una moral mejor. Nosotros, en cambio, actuamos según el Espíritu Santo y podemos hacerlo porque Jesús murió en la cruz y resucitó por nosotros. No debemos temer: san Pablo es un gran pecador - él mismo lo dice con mucha humildad -, pero creyó y fue al mundo para decir a todos que Jesús lo había salvado. Este es todo el Evangelio: Dios con nosotros, Dios por nosotros, Dios en nosotros. La verdad, que es Jesús, precede a la caridad, la fundamenta y la crea. No hay otro Salvador del mundo fuera de Cristo.
EVANGELIO DEL DÍA
Del Evangelio según san Lucas (Lc 5,1-11)
En aquel tiempo, la gente se agolpaba alrededor de Jesús para escuchar la palabra de Dios. Estando él junto al lago de Genesaret, vio dos barcas que estaban en la orilla. Los pescadores habían bajado de ellas y estaban lavando las redes. Subió a una de las barcas, que era de Simón, y le pidió que la apartara un poco de tierra. Se sentó y enseñaba a la gente desde la barca. Cuando terminó de hablar, dijo a Simón: «Rema mar adentro y echad vuestras redes para pescar». Simón respondió: «Maestro, hemos trabajado toda la noche y no hemos recogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes». Así lo hicieron y recogieron tal cantidad de peces que las redes comenzaban a romperse. Entonces hicieron señas a los compañeros de la otra barca para que vinieran a ayudarlos. Vinieron y llenaron las dos barcas, hasta el punto de que casi se hundían. Al ver esto, Simón Pedro se echó a las rodillas de Jesús, diciendo: «Señor, apártate de mí, que soy un pecador». Y es que el estupor se había apoderado de él y de los que estaban con él, por la pesca que habían conseguido; y lo mismo les ocurría a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Jesús dijo a Simón: «No temas; desde ahora serás pescador de hombres». Y después de llevar las barcas a tierra, lo dejaron todo y lo siguieron.
Comentario al Evangelio del día
Un gran milagro y signo convence a Pedro de que el hombre que tiene delante no es una persona cualquiera, un maestro como los demás: los peces se multiplican prodigiosamente en el mar (tal multiplicación de los peces precedió a la de los panes) y Pedro se rinde inmediatamente. Ante la santidad de Jesús, el pescador de Galilea advierte su infinita distancia, como le ocurre a Isaías seis siglos antes: «Estoy perdido porque soy un pecador». Esta humilde confesión agrada al Señor, que tranquiliza a Pedro y lo atrae hacia sí: «No temas». En sí mismo, el pecado debería aniquilarnos, pero si somos humildes, el Señor está siempre dispuesto a perdonar. Nunca debemos temer. Es más, hay algo adicional: además de la cercanía con el Todo Santo, también está la tarea que se recibe: trabajar para él, ser sus colaboradores. ¡Qué gran premio! «Dios te hace un gran honor - escribía Divo Barsotti - no cuando te da algo, sino cuando te pide algo». Sí, porque si pide, pide que seamos como él: pescadores de hombres para el cielo, partícipes de su misión divina. Con él por los caminos del mundo, con él también en la cruz, para estar con él en la gloria. Nunca debemos temer, de verdad nunca, si estamos con Jesús.

