Hoy queremos simplemente despertar de nuevo el amor y el asombro por ese grandioso milagro que es la Eucaristía, en el que muchos no creen y al que quizá muchos otros se han acostumbrado. A través de este sacramento, Jesús se hace presente entre nosotros, es más, entra incluso dentro de nosotros para unirnos a él y darnos su vida divina. Creemos en la Eucaristía porque creemos en Jesús, que es Dios, y para Dios nada es imposible; y los milagros eucarísticos, más de 140 en todo el mundo, simplemente «confirman» esta verdad. «¡Si pudiéramos comprender quién es ese Dios que recibimos en la Comunión, con qué pureza de corazón lo recibiríamos!», exclamaba santa María Magdalena de Pazzi. Renovemos, pues, en nosotros el asombro, el respeto y el amor por la Eucaristía: Dios con nosotros, Dios en nosotros, Dios por nosotros.
Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo (s) (B)
propia
Textos extraídos del Misalito «Sobre tu Palabra» mayo-junio de 2021
PRIMERA LECTURA
Del libro del Éxodo (Éx 24,3-8)
En aquellos días, Moisés fue a comunicar al pueblo todas las palabras del Señor y todas las normas. Todo el pueblo respondió a una sola voz, diciendo: «Cumpliremos todos los mandamientos que el Señor nos ha dado». Moisés escribió todas las palabras del Señor. Se levantó de madrugada y erigió un altar al pie del monte, con doce estelas por las doce tribus de Israel. Encargó a algunos jóvenes de los israelitas que ofrecieran holocaustos y sacrificaran novillos como sacrificios de comunión para el Señor. Moisés tomó la mitad de la sangre y la puso en varias vasijas, y derramó la otra mitad sobre el altar. Después tomó el libro de la alianza y lo leyó en presencia del pueblo. Ellos dijeron: «Cumpliremos todo lo que ha dicho el Señor y lo obedeceremos». Moisés tomó la sangre y roció con ella al pueblo, diciendo: «Esta es la sangre de la alianza que el Señor ha concertado con vosotros, de acuerdo con todas estas palabras».
Comentario a la primera lectura
Dios y su pueblo Israel establecen un pacto de alianza. Este deseo mutuo de comunión, cercanía y colaboración queda ratificado mediante un sacrificio cruento, al pie del monte Sinaí. Moisés es el sacerdote que, en nombre de todo el pueblo, derrama sobre el altar parte de la sangre de los novillos sacrificados mientras lee el libro de la alianza. La sangre, en la mentalidad judía, era la sede de la vida. Por este motivo, en el sacrificio que Moisés ofrece por todo el pueblo hay mucho más que la simple estipulación nominal de una alianza. Dios mismo, mediante este rito, da la vida al pueblo dispuesto a observar el pacto establecido con él. Sin embargo, esta alianza es simplemente la imagen simbólica de otra alianza eterna: la que Dios estableció con toda la humanidad por medio de la sangre de su Hijo Jesús. Él es el verdadero cordero inmolado que nos redime y nos da la vida por medio de su sangre. Hoy, en esta celebración, hacemos memoria del amor de Dios, que se hizo tangible como el pan para permanecer para siempre con nosotros.
SEGUNDA LECTURA
De la carta a los Hebreos (Heb 9,11-15)
Hermanos, Cristo ha venido como sumo sacerdote de los bienes futuros, a través de una tienda más grande y más perfecta, no construida por mano de hombre, es decir, no perteneciente a esta creación. Entró una vez para siempre en el santuario, no mediante la sangre de machos cabríos y becerros, sino en virtud de su propia sangre, obteniendo así una redención eterna. Pues si la sangre de machos cabríos y becerros y la ceniza de una novilla, esparcida sobre los contaminados, los santifican purificándolos en la carne, ¡cuánto más la sangre de Cristo -que, movido por el Espíritu eterno, se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios- purificará nuestra conciencia de las obras de muerte, para que sirvamos al Dios vivo! Por eso él es mediador de una alianza nueva, porque, al intervenir su muerte como rescate por las transgresiones cometidas bajo la primera alianza, los llamados reciben la herencia eterna prometida.
Comentario a la segunda lectura
En la carta a los cristianos de origen judío, el autor nos advierte que ya no es Moisés, sino Jesús, el sacerdote que ofrece el sacrificio. La sangre derramada ya no es la de los animales, sino la del mismo Cristo. Si el antiguo sacrificio purificaba a los judíos, cuánto más el sacrificio de Cristo puede purificar a los hombres y hacerlos santos. Jesús entra en una tienda no hecha por manos humanas y no en el santuario de los sacrificios. Esta es una diferencia importantísima, porque nos sitúa en una diversidad sustancial respecto de todas las demás religiones. Todas las religiones, en efecto, intentan «abrir» el cielo desde abajo, es decir, buscan llegar a Dios mediante el esfuerzo de la voluntad, los sacrificios y una vida heroica. Pero desde abajo el paso está cerrado; solo puede abrirse desde arriba, y eso es lo que hizo Cristo: «abrió» el cielo y descendió, haciendo posible la relación con Dios Padre. Esta es la tienda en la que entró: es su vida, la única tienda que puede darnos la salvación. Con la encarnación, el cuerpo de Cristo es la «tienda», el templo viviente en el que ofrece su sangre como sacrificio nuevo y perfecto. Cristo es templo, sacerdote y sacrificio: es el mediador de una alianza nueva entre nosotros y Dios.
EVANGELIO DEL DÍA
Del Evangelio según san Marcos (Mc 14,12-16.22-26)
El primer día de los Ácimos, cuando se inmolaba el cordero pascual, los discípulos dijeron a Jesús: «¿Dónde quieres que vayamos a preparar para que puedas comer la Pascua?». Entonces envió a dos de sus discípulos, diciéndoles: «Id a la ciudad y os saldrá al encuentro un hombre que lleva un cántaro de agua; seguidlo. Allí donde entre, decid al dueño: “El Maestro dice: ¿Dónde está mi sala, en la que pueda comer la Pascua con mis discípulos?”. Él os mostrará en el piso superior una sala grande, amueblada y ya dispuesta; preparad allí la cena para nosotros». Los discípulos se marcharon, entraron en la ciudad, encontraron todo como les había dicho y prepararon la Pascua. Mientras comían, tomó pan y pronunció la bendición, lo partió y se lo dio, diciendo: «Tomad, esto es mi cuerpo». Después tomó un cáliz, dio gracias, se lo dio y todos bebieron de él. Y les dijo: «Esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos. En verdad os digo que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día en que lo beba nuevo en el reino de Dios». Después de cantar el himno, salieron hacia el monte de los Olivos.
Comentario al Evangelio del día
Estamos en la cumbre de la historia de la humanidad. Jesús vive en el rito lo que poco después vivirá en los hechos: anticipa la entrega de su vida, ofreciéndose a los suyos como alimento y bebida. Estamos tan acostumbrados a oír hablar del misterio de la Eucaristía que casi ya no nos conmueve, pero es algo increíble. ¿Cómo puede Dios ofrecerse en sacrificio por nosotros? ¿Cómo puede Dios, que es el Eterno, el Inefable, darse a nosotros como alimento? En la Eucaristía se celebra el misterio de lo concreto de nuestra fe, que es verdaderamente tangible, no teórica ni abstracta. Al alimentarnos del Pan de vida, es Jesús quien nos transforma: nos transforma en él, nos ayuda a ser como él, a pensar como él y a amar como él. La Comunión, en efecto, no es solo un encuentro con Jesús en nuestro corazón; es algo más, es un momento que nos envía a entrar en comunión con todos, nos envía a vivir nuestra vida como la vivió Jesús, nos envía a «ir» para dar. Aquí nos encontramos con la concreción de la vida humana y de la vida cotidiana. El cuerpo y la sangre de Jesús, en efecto, son los signos de una presencia real que también proclama la sacralidad de la vida de cada persona: Cristo encarnado vive en cada ser humano. Que cada uno de nosotros intente pensar en algo que hoy, al volver a casa después de la misa, podría dar para hacer feliz a alguien.

