Textos tomados del Misalito «Sobre tu Palabra» septiembre-octubre de 2024
27.º domingo del Tiempo Ordinario (B)
3.ª sem. salterio
PRIMERA LECTURA
Del libro del Génesis (Gén 2,18-24)
El Señor Dios dijo: «No está bien que el hombre esté solo; voy a hacerle una ayuda adecuada». Entonces el Señor Dios modeló de la tierra toda clase de animales salvajes y todos los pájaros del cielo, y se los llevó al hombre para ver cómo los llamaba; y cada ser vivo que el hombre llamara tendría ese nombre. Así el hombre puso nombre a todo el ganado, a los pájaros del cielo y a todos los animales salvajes, pero no encontró para sí una ayuda adecuada. Entonces el Señor Dios hizo caer un sueño profundo sobre el hombre, que se durmió; le quitó una de las costillas y cerró la carne en su lugar. El Señor Dios formó una mujer con la costilla que había quitado al hombre y se la presentó al hombre. Entonces el hombre dijo: «¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne! Su nombre será mujer, porque ha sido tomada del hombre». Por eso el hombre abandonará a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán una sola carne. – Palabra de Dios.
Comentario a la primera lectura
Seguimos siempre en la línea de la colaboración del hombre en la obra de Dios, vista ayer en el Evangelio. Dios crea el mundo, pero el hombre aporta su parte dando nombre a las cosas. Las criaturas reciben su identidad cuando son conocidas, nombradas y, por tanto, también amadas. Pero la plenitud se alcanza con la llegada de la «ayuda adecuada». Dios podía crear a Eva solo, pero esta vez el hombre entrega una parte de sí mismo (la costilla) para significar que los dos son complementarios, llamados a vivir la misma vida, a formar una pareja, constituyendo una «sola carne». El hombre, por tanto, es un ser complementario, orientado hacia la otra criatura, llamado a la comunión y a la entrega de sí mismo; por eso realiza su propia vida únicamente al entregarse y amar. «Nadie vive para sí mismo» (Rom 14,7), dirá después el apóstol Pablo, y esta afirmación tiene su antigua raíz en la costilla entregada y recibida. Cada vez que nos entregamos y nos sacrificamos por el otro, y sobre todo en la relación conyugal entre marido y mujer, hacemos presente el principio divino de la creación, reconocemos a Dios creador y exaltamos su obra.
SEGUNDA LECTURA
De la carta a los Hebreos (Heb 2,9-11)
Hermanos, a aquel Jesús que fue hecho inferior a los ángeles por un poco de tiempo, lo vemos coronado de gloria y honor a causa de la muerte que padeció, para que, por la gracia de Dios, experimentara la muerte en beneficio de todos. Convenía, en efecto, que Dios, para quien y por medio de quien existe todo, y que conduce a muchos hijos a la gloria, perfeccionara mediante el sufrimiento al que debía guiarlos a la salvación. Pues el que santifica y los que son santificados proceden todos de un mismo origen; por eso no se avergüenza de llamarlos hermanos. – Palabra de Dios.
Comentario a la segunda lectura
¿Pensamos alguna vez que Aquel que santifica (el Señor Jesús por medio del Espíritu Santo) y aquellos que son santificados (nosotros, pobres hombres) pueden considerarse «hermanos»? Ciertamente, Jesús es Dios y nosotros somos hombres, pero ¡cuánto consuelo puede darnos esta conciencia en nuestro combate espiritual! A veces podemos caer en el desánimo cuando vemos nuestra vida sacrificada de diversas maneras, pero nada debe turbarnos si, remontándonos a las raíces de nuestro ser, nos sentimos creados por Dios Padre y redimidos por Dios Hijo, quien con su sufrimiento nos sacó de las tinieblas del pecado. San Ignacio de Antioquía decía que somos consanguíneos y consustanciales con Cristo... Da la impresión de que nosotros mismos no creemos del todo en nuestra grandeza y quizá preferimos volar bajo para poder arrullarnos en nuestras miserias. No: somos gorriones llamados a volar a la altura de las águilas. No temamos: Aquel que «no se avergüenza de llamarnos hermanos» está siempre con nosotros, porque con su sufrimiento ofrecido es el «guía que nos conduce a la salvación».
EVANGELIO DEL DÍA
Del Evangelio según san Marcos (Mc 10,2-16)
En aquel tiempo, algunos fariseos se acercaron y, para ponerlo a prueba, preguntaban a Jesús si está permitido a un marido repudiar a su mujer. Pero él les respondió: «¿Qué les ordenó Moisés?». Ellos dijeron: «Moisés permitió escribir un acta de repudio y repudiarla». Jesús les dijo: «Por la dureza de su corazón les dejó escrita esta norma. Pero desde el principio de la creación [Dio] los hizo hombre y mujer; por eso el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne. De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Por tanto, que el hombre no separe lo que Dios ha unido». En casa, los discípulos volvieron a preguntarle sobre esto. Él les dijo: «El que repudia a su mujer y se casa con otra comete adulterio contra la primera; y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio». Le presentaban unos niños para que los tocara, pero los discípulos los reprendían. Al verlo, Jesús se indignó y les dijo: «Dejen que los niños se acerquen a mí; no se lo impidan, porque el Reino de Dios pertenece a quienes son como ellos. Les aseguro que quien no reciba el Reino de Dios como un niño, no entrará en él». Y tomándolos en brazos, los bendecía imponiéndoles las manos. – Palabra del Señor.
Comentario al Evangelio del día
La ley sobre el matrimonio ha tenido, a lo largo de la historia sagrada, una evolución y un crecimiento. En el Antiguo Testamento estaba permitida la poligamia (Abrahán, Jacob y el rey David tenían varias esposas) y también estaba previsto el repudio de la esposa en ciertos casos determinados. Estas fueron concesiones de Dios para educar poco a poco al hombre, después del pecado original, a volver a la condición prevista por Dios, es decir, el hombre y la mujer complementarios y constructores de una única familia, en la entrega recíproca, casta y fecunda. En este plano, la ley divina admitió algunas excepciones, como se ha dicho, pero con vistas a que fueran superadas y eliminadas definitivamente con la venida de Cristo. La «dureza de su corazón» significa una escasa capacidad para comprender el valor de la familia como amor perenne y fiel hacia una sola persona, para ver en el matrimonio la presencia de Dios y respetar y amar al esposo y a la esposa con un amor paciente, sacrificado y absoluto. Para llegar a esto fue necesaria una escuela que duró siglos. Sin embargo, ya en el Antiguo Testamento se había dado una señal clara del pensamiento de Dios: «Yo detesto el repudio» (Mal 2,16), dice Dios en el libro del profeta Malaquías. ¿Quizá los fariseos habían olvidado este versículo?


