Textos extraídos del Misalito «Sobre tu Palabra» julio-agosto de 2023
13.º domingo del tiempo ordinario (A)
1.ª sem. salterio
PRIMERA LECTURA
Del segundo libro de los Reyes (2 Re 4,8-11.14-16a)
Un día Eliseo pasaba por Sunem, donde había una mujer distinguida, que lo invitó a comer. Después, cada vez que pasaba, se detenía a comer en su casa. Ella dijo a su marido: «Sé que es un hombre de Dios, un santo, el que pasa siempre por nuestra casa. Hagamos una pequeña habitación en la parte superior, de mampostería, pongamos allí una cama, una mesa, una silla y un candelabro; así, cuando venga a nuestra casa, podrá retirarse allí». Un día que pasó por allí, se retiró a la habitación superior y se acostó. Eliseo [dijo a Guejazí, su criado]: «¿Qué se puede hacer por ella?». Guejazí dijo: «Por desgracia, no tiene hijos y su marido es anciano». Eliseo dijo: «Llámala». La llamó; ella se detuvo en la puerta. Entonces dijo: «El año próximo, por esta misma época, abrazarás a un hijo». – Palabra de Dios.
Comentario a la primera lectura
La hospitalidad de la mujer de Sunem es recompensada más allá de toda expectativa. Jesús dice en el Evangelio: «Quien recibe a un profeta por ser profeta, recibirá recompensa de profeta». Estos hombres de Dios, que han entregado toda su vida al Señor, que ya no viven ni un minuto para sí mismos, que están completamente dedicados a su misión, también necesitan ayuda y asistencia. La mujer y su anciano marido reconocen en Eliseo a un hombre de este tipo y le construyen un lugar donde pueda refugiarse y descansar, en un hermoso ambiente familiar. ¿Has acogido al profeta como tal? Recibirás la «recompensa de profeta», que en este caso es el don de la vida. Nacerá, pues, un niño tan esperado, que será signo de la generosidad de los padres que amaron a Eliseo. El mismo razonamiento podemos y debemos aplicar nosotros respecto de nuestros sacerdotes: también ellos se identifican con su misión, viven para su gente y también necesitan estima y amor. No tienen una familia natural, porque su familia son ustedes. Al amarlos, tendrán la «recompensa de profeta».
SEGUNDA LECTURA
De la carta del apóstol san Pablo a los Romanos (Rom 6,3-4.8-11)
Hermanos, ¿no saben que todos los que fuimos bautizados en Cristo Jesús fuimos bautizados en su muerte? Por medio del bautismo, pues, fuimos sepultados con él en la muerte para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, también nosotros podamos caminar en una vida nueva. Pero si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él, sabiendo que Cristo, resucitado de entre los muertos, ya no muere; la muerte ya no tiene poder sobre él. Porque él murió, y murió al pecado de una vez para siempre; ahora, en cambio, vive, y vive para Dios. Así también ustedes considérense muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús. – Palabra de Dios.
Comentario a la segunda lectura
En pocas líneas, el apóstol Pablo nos explica admirablemente el hecho de la muerte. Con este término entendemos el cese de la vida biológica, el fin de nuestro tiempo en esta tierra, la separación violenta del mundo de los afectos. Todos sabemos cuán dramático es el momento de la muerte de nuestros seres queridos, y cómo también nosotros pensamos en nuestra muerte con un sentimiento de consternación y temor. Desde la perspectiva divina y cristiana, las cosas son diferentes. Cuando una persona muere, en realidad sigue viviendo, porque el alma es inmortal; simplemente entra en otra dimensión, y solo el cuerpo biológico es enterrado. En sentido cristiano, la verdadera muerte es el pecado, la separación de Dios. Por tanto, poco a poco debemos acostumbrarnos a esta dimensión de verdadera vida, que ya está dentro de nosotros con la gracia y que se manifestará plenamente cuando salgamos del tiempo. Esto significa mirar al futuro como realización plena y definitiva, y no como el fin de todo. La vida eterna ya está en nosotros, con la gracia, porque Cristo resucitó por nosotros. ¡Esta es la verdadera «buena noticia»!
EVANGELIO DEL DÍA
Del Evangelio según san Mateo (Mt 10,37-42 )
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; el que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí. El que conserve su vida para sí, la perderá, y el que pierda su vida por mi causa, la encontrará. El que los recibe a ustedes me recibe a mí, y el que me recibe a mí recibe al que me envió. El que recibe a un profeta por ser profeta, recibirá recompensa de profeta, y el que recibe a un justo por ser justo, recibirá recompensa de justo. El que dé de beber, aunque solo sea un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños por ser discípulo, en verdad les digo que no perderá su recompensa». – Palabra del Señor.
Comentario al Evangelio del día
Seguir a Jesús significa literalmente «perder la propia vida». No es una forma de hablar: el cristiano ya no se pertenece, porque vive en Otro. La expresión nos da miedo, porque cuando oímos decir que hay que perder la vida por Cristo, pensamos inmediatamente en una muerte violenta o en que debemos sufrir quién sabe qué cosa grave. No es así. Pongamos un ejemplo, por analogía: cuando se dice de un joven enamorado que «ha perdido la cabeza», usamos una imagen; en realidad, la cabeza sigue en su sitio, pero está «perdida» para las cosas normales porque él piensa siempre en la joven, día y noche, hace todo lo posible por agradarle, todo parece perder valor y daría el mundo entero por recibir una sonrisa suya, su atención y su amor correspondido. Lo mismo significa «perder la vida» por Jesús: significa no poder dar un gran valor a las cosas pasajeras, ni siquiera a las preocupaciones del día, porque nuestro verdadero interés, nuestra verdadera vida, es Cristo, como dice san Pablo: «Para mí, vivir es Cristo». Para vivir esta pasión por Cristo es necesario sentirse perdidamente amado por él, que fue el primero en «salir de sí mismo» para conquistarnos. Entonces nos resultará fácil «perder la cabeza» por el Señor.


