liturgia della domenica 7 aprile 2024

Editrice Shalom

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Autore: Editrice Shalom

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Liturgia del domingo: 7 de abril de 2024

Domingo de la Divina Misericordia. Jesús misericordioso.

Textos extraídos del Misal “Sobre tu Palabra” marzo-abril de 2024

2.º domingo de Pascua o de la Divina Misericordia (B)
Octava de Pascua
– propia


PRIMERA LECTURA

De los Hechos de los Apóstoles (Hch 4,32-35)
La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma, y nadie consideraba suyo lo que le pertenecía, sino que todo lo tenían en común. Con gran poder los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús y todos gozaban de gran estima. No había entre ellos ningún necesitado, porque quienes poseían campos o casas los vendían, llevaban el dinero de lo vendido y lo depositaban a los pies de los apóstoles; luego se distribuía a cada uno según su necesidad. – Palabra de Dios.

Comentario a la primera lectura

La primera nota de la Iglesia apostólica es la extrema atención a las necesidades del prójimo. En una familia, los hermanos son hijos del mismo padre y de la misma madre, y así, en la caridad de Cristo, después de recibir el Bautismo, somos hermanos entre nosotros. La exigencia del Espíritu rompe las barreras de los egoísmos naturales; sentimos que no debemos defender nuestra pequeña vida, que no debemos guardar para nosotros las cosas que tenemos y que podemos compartir, sentimos que ya no vivimos para nosotros mismos. El Espíritu tiene la fuerza centrífuga que vemos actuar en nuestras lavadoras: el tambor gira a gran velocidad y la ropa, empujada contra las paredes, se seca; del mismo modo, la presencia del Espíritu Santo en nosotros nos impulsa fuera de nuestro centro y realizamos nuestra vida, somos felices, precisamente cuando nos ocupamos y nos interesamos por la felicidad de los demás. Por el contrario, quien piensa solo en sí mismo acaba siendo infeliz, porque el amor tiende hacia el otro, hacia el abrazo, el don, la sonrisa, la ayuda. El amor es «habitar en los demás», decía la beata Benedetta Bianchi Porro. 


SEGUNDA LECTURA

De la primera carta del apóstol san Juan  (1 Jn 5,1-6)
Queridísimos: todo el que cree que Jesús es el Cristo ha nacido de Dios; y quien ama al que ha engendrado ama también al que ha nacido de él. En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios: cuando amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos. En esto consiste el amor de Dios: en que guardemos sus mandamientos; y sus mandamientos no son pesados. Todo el que ha nacido de Dios vence al mundo; y esta es la victoria que ha vencido al mundo: nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios? Él es el que vino con agua y sangre: Jesucristo; no solo con agua, sino con agua y sangre. Y el Espíritu es quien da testimonio, porque el Espíritu es la verdad. – Palabra de Dios. 

Comentario a la segunda lectura

El verdadero drama del ser humano no es la enfermedad ni la muerte, sino la soledad. Estamos hechos a imagen y semejanza de Dios, que es amor, y si no amamos a nadie nuestra vida se vacía de todo. Todos quieren ser amados y ser objeto de la atención de los demás, pero el egoísmo del pecado nos ha llevado a esta convicción: queremos ser amados por los demás, pero nos cuesta enormemente amar al prójimo, como si el amor fuera de un solo sentido y nosotros estuviéramos en el centro de todo. San Juan nos dice que el amor de Dios consiste en cumplir los mandamientos, y estos nos impulsan a amar al prójimo como a nosotros mismos; de ello se deduce que, para ser amados, nuestra primera preocupación debe ser amar al prójimo. «Donde no hay amor, pon amor -escribe san Juan de la Cruz- y sacarás amor». En definitiva: no esperemos que los demás nos amen, no nos quejemos de que nadie nos considere, piense en nosotros o nos quiera, sino preocupémonos de ser nosotros los primeros en considerar, pensar en y querer a nuestro prójimo. Nuestra felicidad depende de nuestro amor por los demás.


EVANGELIO DEL DÍA

Del Evangelio según san Juanxx (Jn 20,19-31)
Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos por miedo a los judíos. Y llegó Jesús, se puso en medio y les dijo: «¡La paz esté con ustedes!». Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús les dijo de nuevo: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo». Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Reciban el Espíritu Santo. A quienes les perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos». Tomás, uno de los Doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: «¡Hemos visto al Señor!». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el lugar de los clavos y no pongo mi mano en su costado, no lo creo». Ocho días después, los discípulos estaban otra vez dentro de la casa y Tomás estaba con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «¡La paz esté con ustedes!». Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente». Tomás le respondió: «¡Señor mío y Dios mío!». Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que no han visto y han creído». Jesús hizo muchos otros signos en presencia de sus discípulos, que no están escritos en este libro. Estos, sin embargo, han sido escritos para que crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengan vida en su nombre. – Palabra del Señor.

Comentario al Evangelio del día

El don del Espíritu Santo en san Juan no sigue el esquema descrito por Lucas el día de Pentecostés (estruendo, viento impetuoso, lenguas como de fuego), sino que es más sencillo: Jesús sopla sobre los apóstoles e infunde el Espíritu Santo, como al principio de la creación: «Dios modeló al hombre con polvo del suelo y sopló en su nariz un aliento de vida» (Gn 2,7). Aquí el don se concede para que los apóstoles reciban el poder de perdonar los pecados en nombre de Dios. En efecto, solo Dios puede quitar los pecados, y el Espíritu Santo infundido sobre los apóstoles es el mismo Dios. En Pentecostés, en los Hechos de los Apóstoles, el fruto inmediato del Espíritu es, en cambio, la predicación, la franqueza de la palabra, el valor. Las dos modalidades no se contradicen, sino que se complementan: el Espíritu es el motor de nuestras acciones. En este primer Pentecostés, casualmente Tomás no está presente. Parece una culpa, y quizá lo sea (quién sabe dónde se había metido...), pero la declaración que hace después vale por todo el Evangelio: «¡Señor mío y Dios mío!». Aquí proclama, como pocos lo hacen, la divinidad de Cristo. Tomás es inicialmente hostil, pero como también es humilde, se rinde inmediatamente ante su Señor y su Dios.


Suscripción al Misal
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Liturgia del domingo: 7 de abril de 2024

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