5.º domingo del Tiempo Ordinario (B)
Liturgia de las horas, 1.ª semana, salt.
Textos extraídos del Misalito «Sobre tu Palabra», enero-febrero de 2021.
El Evangelio de Marcos continúa la descripción de un día típico de Jesús, que puede resumirse en tres palabras: sanar, orar, anunciar. El domingo pasado encontramos a Jesús en la sinagoga, donde enseña con autoridad y libera a un endemoniado. Hoy, Jesús sale de la sinagoga y se dirige a la casa de la suegra de Pedro; ella yace enferma en la cama, con fiebre. Los discípulos hablan de ella a Jesús y se convierten en un puente entre Jesús y el sufrimiento de esta mujer, que es sanada. Cuando encontramos personas que sufren, necesitadas, enfermas o solas, confiamos en el poder de la oración de intercesión y presentamos a Jesús las necesidades y carencias de los demás. Mientras aún estaba oscuro, salió a un lugar desierto y allí oraba. La oración solitaria de Jesús nos enseña, en cambio, que debemos poner nuestro corazón dentro del corazón de Dios.
PRIMERA LECTURA
Del libro de Job (Jb 7,1-4.6-7)
Job tomó la palabra y dijo: «¿No es acaso una dura servidumbre la vida del hombre sobre la tierra, y sus días no son como los de un jornalero? Como el esclavo suspira por la sombra y el jornalero espera su salario, así a mí me han tocado meses de ilusión y me han asignado noches de sufrimiento. Si me acuesto, digo: “¿Cuándo me levantaré?”. La noche se hace larga y me canso de dar vueltas hasta el alba. Mis días corren más rápidos que una lanzadera, se desvanecen sin un hilo de esperanza. Recuerda que mi vida es un soplo: mis ojos no volverán a ver el bien».
Comentario a la primera lectura
El personaje de Job nos presenta esta aparente contradicción entre el deseo, el hambre de eternidad y la conciencia de que la vida parece durar un solo día. Los días pasan rápidamente y con ellos la vida del ser humano, pero detenerse en esta consideración significaría no tener un «hilo» de esperanza, y tal situación significaría la «nada». A pesar de la enfermedad, la pérdida de las riquezas y de los afectos, Job, aunque expresa toda su angustia a Dios, no pierde la esperanza. En efecto, si es imposible detener el tiempo, sí es posible, sin embargo, darle valor, y para eso estamos llamados. Cada instante puede adquirir un valor de eternidad solo si se vive para amar: el amor, en efecto, no tiene ni tendrá fin; es el amor el que nos salva y nos conduce a la eternidad. El amor de Aquel que dio la vida por nosotros y nos abrió las puertas de una vida sin fin. Ciertamente, es ante todo el amor de Cristo el que adquiere un valor eterno. Pero también su reflejo en la escucha, en la paciencia, en la acogida mutua y en la entrega total... goza de un valor de alegría sin fin.
SEGUNDA LECTURA
De la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (1 Cor 9,16-19.22-23)
Hermanos, anunciar el Evangelio no es para mí un motivo de orgullo, sino una necesidad que se me impone: ¡ay de mí si no anuncio el Evangelio! Si lo hago por propia iniciativa, tengo derecho a la recompensa; pero si no lo hago por propia iniciativa, es un encargo que se me ha confiado. ¿Cuál es, entonces, mi recompensa? Anunciar gratuitamente el Evangelio, sin hacer uso del derecho que me confiere el Evangelio. En efecto, siendo libre de todos, me hice esclavo de todos para ganar al mayor número posible. Me hice débil con los débiles, para ganar a los débiles; me hice todo para todos, para salvar a algunos a toda costa. Y todo lo hago por el Evangelio, para participar yo también de él.
Comentario a la segunda lectura
El pasaje de la carta de san Pablo a los Corintios nos dice, ante todo, que un corazón que se alegra lo proclama al mundo: no se puede guardar la alegría para uno mismo, se transmite, consciente o inconscientemente. Eso le sucede a quien vive el Evangelio: toda su vida anuncia la esperanza. En un mundo que hace todo lo posible por apagar los deseos, hoy más que nunca se necesitan mensajeros de belleza. Sería inútil convocar un concurso para profesionales de la esperanza, porque, como nos demostró Aquel que encarnó el Evangelio, el Evangelio solo puede anunciarse viviéndolo. Jesús también nos dijo que su mensaje y su testimonio están dirigidos a todo ser humano, y que todo bautizado está llamado a vivirlos. No renunciemos, pues, a acoger y transmitir la alegría. San Pablo, en su vida entregada al Evangelio, se muestra como un hombre de libertad extrema. La suya es una libertad no entendida como hacer lo que uno quiere, sino precisamente en el sentido de gratuidad, de servicio que proviene del Evangelio o, más exactamente, de haber sido conquistado por Cristo. La libertad, entonces, adquiere un valor completamente distinto del que nos han acostumbrado a considerar: es auténtica cuando se pone al servicio de Jesús, que es camino, verdad y vida.
EVANGELIO DEL DÍA
Del Evangelio según san Marcos (Mc 1,29-39)
En aquel tiempo, Jesús salió de la sinagoga y fue enseguida a la casa de Simón y Andrés, acompañado de Santiago y Juan. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y enseguida le hablaron de ella. Él se acercó, la tomó de la mano y la hizo levantarse; se le pasó la fiebre y ella se puso a servirles. Al anochecer, después de la puesta de sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados. Toda la ciudad estaba reunida delante de la puerta. Curó a muchos que padecían diversas enfermedades y expulsó muchos demonios; pero no les permitía hablar, porque lo conocían. De madrugada, cuando todavía estaba oscuro, se levantó, salió y se retiró a un lugar desierto; allí oraba. Simón y sus compañeros fueron en su busca. Al encontrarlo, le dijeron: «¡Todos te buscan!». Él les respondió: «Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para que predique también allí; pues para eso he venido». Y recorrió toda Galilea, predicando en sus sinagogas y expulsando los demonios.
Comentario al Evangelio del día
Jesús sana, ora (intercede), anuncia. Al leer los Evangelios, vemos que estas son sus acciones habituales entre las aldeas de Palestina. Sin embargo, podemos experimentar un asombro inmenso si reflexionamos sobre el hecho de que la sanación, la oración y el anuncio son precisamente los gestos que el Señor continúa realizando todavía hoy, en ese territorio a menudo escabroso, desierto, cubierto de zarzas, atrincherado y cerrado, que es el corazón de cada ser humano. Jesucristo no se cansa de llamar e invitar. No se resigna ante las puertas cerradas porque nos quiere libres, nos quiere felices, y acoger el Evangelio significa precisamente vivir y transmitir la alegría y la esperanza. Dejémonos tomar de la mano como la suegra de Pedro, y todo miedo desaparecerá: el Señor no espera otra cosa que nuestro consentimiento para sanarnos, para liberarnos de cualquier tipo de prisión en la que nos encontremos. En particular, resulta muy significativa la escena en la que interviene la suegra de Pedro: la mediación hermosa y positiva de la comunidad conduce al acercamiento de Jesús y a la sanación mediante un contacto físico con la mano (no permitido en la cultura judía); después de la experiencia de salvación, viene el servicio vivido por parte de la suegra.

