2.º domingo del tiempo ordinario (B)
Liturgia de las horas, 2.ª semana del salterio.
Las lecturas de hoy nos presentan a un Dios que busca nuestra colaboración. A nosotros nos corresponde descubrir qué quiere Dios de nosotros y decir como Samuel: «Habla, que tu siervo escucha».
Textos tomados del Misalito “Sobre tu Palabra”, enero-febrero de 2021.
PRIMERA LECTURA
Del primer libro de Samuel (1 Sam 3,3b-10.19)
En aquellos días, Samuel dormía en el templo del Señor, donde se encontraba el arca de Dios. Entonces el Señor llamó: «¡Samuel!», y él respondió: «Aquí estoy»; luego corrió adonde estaba Elí y le dijo: «¡Me has llamado, aquí estoy!». Él respondió: «No te he llamado, vuelve a dormir». Volvió y se puso a dormir. Pero el Señor llamó de nuevo: «¡Samuel!»; Samuel se levantó y corrió adonde estaba Elí, diciendo: «¡Me has llamado, aquí estoy!». Pero él respondió de nuevo: «No te he llamado, hijo mío, vuelve a dormir». En realidad, Samuel todavía no conocía al Señor, ni se le había revelado aún la palabra del Señor. El Señor volvió a llamar: «¡Samuel!» por tercera vez; este se levantó nuevamente y corrió adonde estaba Elí, diciendo: «¡Me has llamado, aquí estoy!». Entonces Elí comprendió que el Señor llamaba al joven. Elí dijo a Samuel: «Ve a dormir y, si te llama, dirás: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”». Samuel fue a dormir a su sitio. Vino el Señor, se detuvo junto a él y lo llamó como las otras veces: «¡Samuel, Samuel!». Samuel respondió enseguida: «Habla, que tu siervo escucha». Samuel creció y el Señor estuvo con él, y no dejó caer por tierra ninguna de sus palabras. – Palabra de Dios.
Comentario a la primera lectura
Este pasaje de la Sagrada Escritura nos impulsa a preguntarnos si realmente conocemos al Señor: «En realidad, Samuel todavía no conocía al Señor, ni se le había revelado aún la palabra del Señor». Durante cuántos años yo mismo seguí preguntándome: «Pero ¿realmente he conocido al Señor o no?»; «¿Qué significa conocer al Señor?»; «¿Qué cambia en la vida de quien ha conocido al Señor?». Lo busqué en los afectos familiares, percibiendo que faltaba algo. Intenté buscar conocer al Señor en la actividad frenética, pero no estaba allí. Me compadecí de mí mismo y eso solo me alejó de la intimidad con él. En la enfermedad me quedé sin palabras y me parecía que había un muro entre el Creador y Redentor y yo. Finalmente, no sé cómo, se me concedió saborear las cosas pequeñas: las amistades, los vínculos, el silencio de la oración, la sonrisa y los ojos de los niños. Y allí comprendí, con grandísima profundidad, que había algo diferente: la presencia y el conocimiento de Jesús, «mi Señor y mi Dios». Muchas veces se ha dicho, y es bueno seguir repitiéndolo, que «conocer», en el lenguaje bíblico, significa gozar de la intimidad más profunda y fecunda. Intentemos vivir así nuestra relación con el Señor.
SEGUNDA LECTURA
De la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (1 Cor 6,13c-15a.17-20)
Hermanos, el cuerpo no es para la impureza, sino para el Señor, y el Señor es para el cuerpo. Dios, que resucitó al Señor, también nos resucitará con su poder. ¿No saben que sus cuerpos son miembros de Cristo? El que se une al Señor forma con él un solo espíritu. ¡Aléjense de la impureza! Cualquier pecado que el hombre comete queda fuera de su cuerpo; pero quien se entrega a la impureza peca contra su propio cuerpo. ¿No saben que su cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en ustedes? Lo han recibido de Dios y ustedes no se pertenecen. Han sido comprados a un precio muy alto: ¡glorifiquen, pues, a Dios en su cuerpo! – Palabra de Dios.
Comentario a la segunda lectura
¡Cuántas banalidades y cuánta ignorancia se encuentran a veces al hablar de la relación del cristiano con su propio cuerpo! Muchos han intentado afirmar un rechazo y una visión negativa al respecto. Sin embargo, cabe preguntarse si alguna vez hemos escuchado la segunda lectura de hoy: «¡Glorifiquen, pues, a Dios en su cuerpo!». Toda nuestra persona, incluida la corporeidad, es templo del Señor, está habitada por él. Quizá también muchos cristianos se sorprenden de ello, afirmando una rígida separación entre cuerpo y alma; o despreciando irracionalmente el cuerpo; todo esto no es auténticamente cristiano. Pensemos en una pareja de patinadores sobre hielo con sus piruetas; en un escalador completamente entregado durante una ascensión que parece diseñada especialmente para él; en los saltos desde el trampolín más alto; en los atletas que se desatan en las piscinas nadando como delfines… Todo esto, y el cuerpo de cada uno de nosotros, ¿no es acaso gloria de Dios? Reconozcámoslo y demos gracias por el cuerpo que el Señor nos ha dado; en cada edad y etapa de la vida, démosle gracias.
EVANGELIO DEL DÍA
Del Evangelio según san Juan (Jn 1,35-42)
En aquel tiempo, Juan estaba con dos de sus discípulos y, fijando la mirada en Jesús que pasaba, dijo: «¡Este es el Cordero de Dios!». Los dos discípulos, al oírlo hablar así, siguieron a Jesús. Jesús se volvió y, al ver que lo seguían, les dijo: «¿Qué buscan?». Ellos le respondieron: «Rabbí -que traducido significa maestro-, ¿dónde vives?». Él les dijo: «Vengan y lo verán». Fueron, pues, y vieron dónde vivía y aquel día se quedaron con él; eran alrededor de las cuatro de la tarde. Uno de los dos que habían oído las palabras de Juan y lo habían seguido era Andrés, hermano de Simón Pedro. Él encontró primero a su hermano Simón y le dijo: «Hemos encontrado al Mesías» -que se traduce como Cristo-, y lo llevó a Jesús. Fijando la mirada en él, Jesús dijo: «Tú eres Simón, hijo de Juan; te llamarás Cefas» -que significa Pedro-. – Palabra del Señor.
Comentario al Evangelio del día
«Vengan y lo verán». De estas palabras se comprende cuán justo es pensar en el Evangelio como Buena Noticia y en Jesús como aquel que la hace viva. ¡Esta invitación del Señor es de una precisión y una claridad sorprendentes! Ser cristianos no significa solo estudiar una doctrina, sino -como repitió muy a menudo el papa Benedicto XVI- encontrarse con una Persona. No se trata de una fórmula mágica ni de una receta farmacéutica; el único camino consiste en cuestionarnos a nosotros mismos y seguir la línea trazada por las huellas de Jesús. ¡Sigan a Jesús y verán maravillas! Pongan sus pasos detrás de los suyos y verán el mundo, la existencia y las personas… con una perspectiva completamente nueva. En una ocasión Jesús dirá a Simón Pedro: «Ven detrás de mí, Satanás». En otras palabras: «Oh tú, que divides al hombre en sí mismo; oh tú, que separas al hombre de Dios, no pretendas caminar delante de mí, preceder al Señor. Más bien, ¡ven detrás de mí! No camines siguiendo tus propios criterios, sino adáptate a los míos. Ven y abre tus ojos; podrás conocer la alegría».

