Textos extraídos del Misalito “Sobre tu Palabra” noviembre-diciembre de 2024
Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María (s)
propio
PRIMERA LECTURA
Del libro del Génesis (Gn 3,9-15.20)
[Después de que el hombre hubo comido del fruto del árbol,] el Señor Dios lo llamó y le dijo: «¿Dónde estás?». Él respondió: «Oí tu voz en el jardín y tuve miedo, porque estoy desnudo, y me escondí». Él replicó: «¿Quién te hizo saber que estabas desnudo? ¿Acaso has comido del árbol del que te había ordenado no comer?». Respondió el hombre: «La mujer que me diste por compañera me dio del árbol y yo comí». El Señor Dios dijo a la mujer: «¿Qué has hecho?». Respondió la mujer: «La serpiente me engañó y comí». Entonces el Señor Dios dijo a la serpiente: «Por haber hecho eso, maldita tú entre todo el ganado y entre todos los animales salvajes. Sobre tu vientre caminarás y polvo comerás todos los días de tu vida. Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y su descendencia: esta te aplastará la cabeza y tú la acecharás en el talón». El hombre llamó a su mujer Eva, porque ella fue la madre de todos los vivientes. – Palabra de Dios.
Comentario a la primera lectura
La primera consecuencia del pecado es que el hombre siente miedo ante Dios. Antes no había problemas; al contrario, Adán daba continuamente gracias al Señor por todo lo que tenía y por el don de una vida tan hermosa, y era feliz. El pecado lo arruina y le hace perder el sentido de la bondad de Dios; ya no logra verlo como amor, como un padre bueno y atento. El segundo efecto es que inmediatamente descarga la culpa en el exterior: Adán se la atribuye a Eva, y Eva culpa a la serpiente. No logramos admitir humildemente nuestro error porque el veneno inoculado por la serpiente se llama “orgullo”. El hombre pecador se ha vuelto orgulloso como Satanás. La serpiente, Satanás, no culpa a nadie, porque sabe bien lo que ha hecho. Parece el cuadro de una derrota total, pero en realidad no es más que el comienzo de la recuperación, del camino de la gracia que culminará con el don del Espíritu Santo el día de Pentecostés. Y quien conducirá al género humano a la plena redención será una mujer, la Virgen María, cuya victoria se anuncia en el Génesis y cuyo camino se llama “el camino de la humildad”.
SEGUNDA LECTURA
De la carta del apóstol san Pablo a los Efesios (Ef 1,3-6.11-12)
Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bendiciones espirituales en los cielos. En él nos eligió antes de la creación del mundo para que fuéramos santos e irreprochables ante él por el amor, destinándonos de antemano a ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo, según el designio amoroso de su voluntad, para alabanza del esplendor de su gracia, con la que nos colmó en el Amado. En él también hemos sido constituidos herederos, predestinados -según el proyecto de aquel que lo realiza todo conforme a su voluntad- a ser alabanza de su gloria, nosotros, que ya antes habíamos esperado en Cristo. – Palabra de Dios.
Comentario a la segunda lectura
Cuando santa Isabel de la Trinidad, carmelita canonizada en 2016, escribía sus cartas, de vez en cuando las firmaba «Laudem gloriae». De este modo recordaba a sí misma y a los demás el sentido de su existencia y de la nuestra. ¿Por qué hemos nacido, por qué vivimos, por qué existimos? Para ser «alabanza de la gloria de Dios», como dice Pablo hoy a los Efesios y como reafirma en otras de sus cartas: «Ya coman, ya beban, ya hagan cualquier otra cosa, háganlo todo para la gloria de Dios» (1 Cor 10,31). En efecto, vivimos para él, pues somos sus hijos. Y Dios vive para nosotros, pues es Padre. Todo esto lo realiza en grado sumo la Virgen María, quien nunca interpone entre ella y Dios ninguna imperfección u obstáculo. Desde el primer instante, ella es y vive para alabanza de la gloria de Dios. Mirarla hoy y rezar con ella significa para nosotros ser encaminados por la misma senda, ser ayudados en el camino, participar un poco de su santidad y, por tanto, encontrar el sentido de nuestras acciones. Entonces, antes de realizar cualquier acción, preguntémonos si la hacemos «para alabanza de la gloria de Dios».
EVANGELIO DEL DÍA
Del Evangelio según san Lucas (Lc 1,26-38)
En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen prometida en matrimonio a un hombre de la casa de David, llamado José. La virgen se llamaba María. El ángel entró donde ella estaba y le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Ella se turbó mucho ante estas palabras y se preguntaba qué sentido tenía un saludo como aquel. El ángel le dijo: «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás y darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús. Será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, y reinará para siempre sobre la casa de Jacob, y su reino no tendrá fin». María dijo al ángel: «¿Cómo será eso, pues no conozco varón?». El ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios. También tu parienta Isabel ha concebido un hijo en su vejez, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible». María dijo: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Y el ángel se retiró. – Palabra del Señor.
Comentario al Evangelio del día
La Virgen María no podía imaginar que había sido concebida sin pecado original, ni podía suponer que estaba llamada a convertirse en la Madre de Dios. La sorpresa es enorme, pero «para Dios nada hay imposible» y María entra dócilmente en este proyecto y misterio que no solo la concierne a ella, sino a todos los hombres y, naturalmente, a Dios mismo. Si Dios se hace hombre, no solo está presente entre nosotros, sino que es uno de nosotros; se hace posible el amor por él, la reciprocidad, vivir el uno para el otro, porque el amor exige la persona, la corporeidad. Con aquella expresión «hágase en mí según tu palabra», toda la humanidad da un salto adelante; desde ese momento podemos decirle a Dios: «Yo te amo», porque es la santa Virgen quien se lo dice primero a su Dios-niño. El diálogo eterno que se realiza en la Santísima Trinidad (el Padre que dice: «Hijo mío», y el Verbo que responde: «Padre mío») ahora reverbera en la creación y se hace posible entre una criatura y el Creador. «¡Hágase!» y Dios se hace hombre. Así sucede también cada vez que nosotros, pobres pecadores, dejamos que Dios actúe en nosotros. Nosotros decimos: «Hágase» y llega el Señor Jesús. La Inmaculada es la primera que hace posible para Dios su ser el Dios-con-nosotros.


