Textos extraídos del Misalito «Sulla Tua Parola» mayo-junio de 2025
Domingo de Pentecostés (s)
propia
PRIMERA LECTURA
De los Hechos de los Apóstoles (Hch 2,1-11)
Al cumplirse el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar. De repente, vino del cielo un estruendo, como de un viento impetuoso, y llenó toda la casa donde se encontraban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego, que se dividían, y se posaron sobre cada uno de ellos; todos quedaron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse. Residían entonces en Jerusalén judíos devotos de todas las naciones que hay bajo el cielo. Al oír aquel ruido, la multitud se congregó y quedó desconcertada, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua. Estaban asombrados y, fuera de sí por la admiración, decían: «¿Acaso no son galileos todos esos que están hablando? ¿Cómo es que cada uno de nosotros los oye hablar en su lengua nativa? Somos partos, medos y elamitas; habitantes de Mesopotamia, Judea y Capadocia, del Ponto y Asia, de Frigia y Panfilia, de Egipto y de las regiones de Libia próximas a Cirene; romanos aquí residentes, judíos y prosélitos, cretenses y árabes, y los oímos hablar en nuestras lenguas las grandes obras de Dios». – Palabra de Dios.
Comentario a la primera lectura
El fenómeno, ampliamente carismático, después ya no volvió a producirse en la Iglesia. Aunque también hoy está presente el «don de lenguas», no es el descrito en los Hechos de los Apóstoles. Aquí los apóstoles hablan normalmente (se supone que en su lengua, que era el arameo), pero todos entienden perfectamente, aunque hablen lenguas diferentes. Se cuenta algo parecido del padre Pío, cuando un alemán fue a confesarse con él: el penitente le hablaba en alemán y el padre lo entendía todo; el padre hablaba en italiano y el hombre entendía perfectamente. El hecho tan explosivo de las lenguas rompió todo esquema de división entre cultura, etnia y raza: con el Espíritu Santo todos se entendían. Pero lo interesante es qué se decía y se entendía: se oían las «grandes obras de Dios». Se deduce entonces que ese acontecimiento carismático no fue dado para asombrar a las multitudes ni para hablar de cualquier cosa: se hablaba de Dios para que, finalmente, Dios fuera conocido, amado y adorado a través de sus obras. Quien recibe el Espíritu Santo, por tanto, da a conocer al mundo las grandes obras de Dios, no los hechos de actualidad.
SEGUNDA LECTURA
De la carta del apóstol san Pablo a los Romanos (Rm 8,8-17)
Hermanos, los que se dejan dominar por la carne no pueden agradar a Dios. Pero vosotros no estáis bajo el dominio de la carne, sino del Espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. Si alguien no tiene el Espíritu de Cristo, no le pertenece. Ahora bien, si Cristo está en vosotros, vuestro cuerpo está muerto a causa del pecado, pero el Espíritu es vida a causa de la justicia. Y si el Espíritu de Dios, que resucitó a Jesús de entre los muertos, habita en vosotros, el que resucitó a Cristo de entre los muertos dará vida también a vuestros cuerpos mortales por medio de su Espíritu que habita en vosotros. Así pues, hermanos, no somos deudores de la carne para vivir según los deseos carnales, porque, si vivís según la carne, moriréis. En cambio, si por medio del Espíritu dais muerte a las obras del cuerpo, viviréis. En efecto, todos los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Y vosotros no habéis recibido un espíritu de esclavos para recaer en el temor, sino que habéis recibido el Espíritu que os hace hijos adoptivos, por medio del cual clamamos: «¡Abbá! ¡Padre!». El Espíritu mismo, junto con nuestro espíritu, da testimonio de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, también somos herederos: herederos de Dios y coherederos de Cristo, si realmente participamos de sus sufrimientos para participar también de su gloria. -Palabra de Dios.
Comentario a la segunda lectura
Hay una manera de existir que lleva a la perdición: vivir «según la carne». Quien recibe el Espíritu Santo entra en otra dimensión y, aunque permanece en el mundo, vive todo de manera diferente, «según el Espíritu». Esto significa que el motor que nos mueve interiormente no está corrompido, sino sano, porque es Dios mismo quien nos anima. «Sin el Espíritu Santo -escribe el metropolita de Latakia, Ignacio Hazim-, Dios está lejos, el Evangelio es letra muerta, la Iglesia es una simple organización, la autoridad es dominio, la misión es propaganda, el culto es una evocación, el comportamiento cristiano es una moral de esclavos. Pero, en él, el cosmos es elevado de nuevo y gime con dolores de parto por el Reino, Cristo resucitado está presente, el Evangelio representa una misión trinitaria, la autoridad es una acción liberadora, la misión es un Pentecostés, la liturgia es memorial y anticipación, el obrar humano es deificado». Lo suscribimos al cien por cien. Pidamos, pues, a viva voz el Espíritu Santo, para entrar realmente en la vida nueva y, en el Espíritu, renovar todo el mundo, dejándolo actuar como él quiere.
EVANGELIO
Del Evangelio según san Juan (Jn 14,15-16.23b-26)
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Si me aman, observarán mis mandamientos; y yo rogaré al Padre y él les dará otro Paráclito para que permanezca con ustedes para siempre. Si alguien me ama, observará mi palabra y mi Padre lo amará, y nosotros vendremos a él y haremos morada en él. El que no me ama no observa mis palabras; y la palabra que ustedes escuchan no es mía, sino del Padre que me envió. Les he dicho estas cosas mientras todavía estoy con ustedes. Pero el Paráclito, el Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre, él les enseñará todo y les recordará todo lo que yo les he dicho». - Palabra del Señor.
Comentario al Evangelio
La venida del Espíritu Santo es el cumplimiento de la encarnación divina y del deseo supremo de Dios: que el ser humano pueda ser «como él», no en el plano de la naturaleza (Dios es Dios y nosotros somos simples criaturas), sino en el del amor. Si hemos sido hechos a imagen y semejanza de Dios, significa que podemos elevarnos a su nivel y vivir de algún modo su vida. El pecado había interrumpido la comunicación del amor; la ley mosaica había preparado el terreno para el regreso a esta comunión, pero solo con el don del Espíritu Santo puede el ser humano entrar en la vida divina y respirar su mismo amor. El secreto es observar las palabras de Jesús, obedecerle en todo, dejarse guiar por él y participar en todo lo que Jesús vivió e hizo. Así, con el Espíritu Santo, ya no somos simples hombres y mujeres que apenas se elevan por encima de la naturaleza animal, sino que nos hacemos «capaces de Dios». Es algo inmenso. Dios lo desea, porque el amor -como escribe san Juan de la Cruz- o encuentra iguales o hace iguales. Así Dios, al amarnos, nos llena de su Espíritu y nos hace capaces de amarlo como él quiere ser amado. El cristianismo ni siquiera es tanto una religión cuanto una historia de amor.
